lunes, 21 de noviembre de 2011

La Formación de los Catorce Departamentos Salvadoreños. Apuntes Histórico-Geográficos

Por el Dr. Enrique Magaña Menéndez
Figura 1.  2 provincias al final de la colonia hasta 1821

Muchas personas, especialmente los estudiantes, se preguntarán cómo y cuándo llegó nuestra República a estar formada por catorce departamentos, su ansia de saber tropezará con la dificultad de no encontrar  tan preciosos datos en las obras que corrientemente sirven de texto. Fue con el objeto de llenar ese vacío que nos dedicamos a sacar estos apuntes, haciendo algunas pequeñas correcciones, de las importantes obras: Monografías Departamentales del sabio maestro Santiago I. Barberena; Organización Administrativa  de la República de El Salvador, del doctor Hermógenes Alvarado, h.;Constituciones de 1824 y 1841, y otros documentos; confiados en el gran interés que puede tener para los salvadoreños la marcha de la historia de nuestra geografía.
Por los datos que expondremos se conocerá el desarrollo de la República a través de los años, en cuanto su división política, lamentando no poder precisar la extensión territorial de cada uno de los departamentos, ni su capacidad en cuanto a los pueblos que han comprendido, cosas difíciles de establecer a causa de los cambios frecuentes de los límites interdepartamentales.
Para mayor claridad de la exposición hemos tenido que considerar como invariables las capacidades de los departamentos  desde que quedaron  formados como entidades independientes  o al ya no serles segregado territorio alguno para constituir otros nuevos.
Este trabajo puede servir de base a estudios más amplios que pueden hacerse sobre la materia, y ojalá que quienes se encuentren en posesión de tan importantes datos, complementen este estudio para utilidad de nuestros jóvenes estudiantes y de los salvadoreños en general.
Durante los últimos años del régimen colonial, el territorio que ahora es República de El Salvador, estaba dividido en dos provincias: Sonsonate y San Salvador. La provincia de San Salvador se dividía a su vez en cuatro partidos: Santa Ana, San Salvador, San Vicente y San Miguel. Después de la Independencia cada partido en la provincia de San Salvador tomó el nombre de provincia o departamento, excepto el de Santa Ana, que en 1824 quedó agregado a la provincia o departamento de Sonsonate; de suerte que la primera Constitución del Estado del Salvador, promulgada en 1824 dice: “Artículo 6._ El territorio del Estado se dividirá en cuatro departamentos, a saber: el de San Salvador, Sonsonate, San Vicente y San Miguel; arreglándose la demarcación de cada uno de ellos por ley particular”.
La Constitución de 1841, dice: Artículo 1º. _ El Salvador se compone de las antiguas provincias de San Salvador, Sonsonate, San Vicente y San Miguel”; pero hay que advertir que en esa fecha ya existía el departamento de Cuscatlán erigido por decreto del Supremo Gobierno con fecha 22 de mayo de 1835, y compuesto por los distritos de Suchitoto, Cojutepeque, Ilobasco, Chalatenango, Tejutla y Opico. Este departamento se formo a expensas de San Salvador. Posteriormente por decreto legislativo de 5 de abril de 1842 el distrito de Opico se incorporó al departamento de San Salvador.
En esa época, 1841, el Estado de San Salvador estaba, pues, dividido en cinco departamentos. SONSONATE, que comprendía los actuales de Sonsonate, Santa Ana y Ahuashapán, su cabecera fue hasta 1836 la ciudad de Sonsonate, desde aquella fecha fue la de Santa Ana hasta la formación del departamento de Santa Ana, en que pasó la cabecera a la ciudad de Sonsonate otra vez; SAN SALVADOR, que comprendía los actuales de San salvador y La Libertad y parte de La Paz, cuya cabecera era la ciudad de San Salvador; SAN VICENTE que comprendía el de San Vicente actual, la mayor parte del de La Paz y parte del de Cabañas (Distrito de Sensuntepeque), cabecera de San Vicente; el de CUSCATLAN, que comprendía los departamentos actuales de Chalatenango y Cuscatlán y parte del de Cabañas (Distrito de Ilobasco), la cabecera fue desde su creación hasta 1862 la ciudad de Suchitoto, y después de esa fecha Cojutepeque; y el de SAN MIGUEL, que comprendía toda la zona oriental: Usulután, San Miguel, Morazán, y La Unión actuales y cuya cabecera era San Miguel.
Al designar por decreto de 28 de abril de 1865, el pabellón y el escudo nacional, se dice que en ellos habrá nueve estrellas, representativas de los 9 departamentos de que entonces se componía la República.
Los nuevos departamentos eran LA PAZ, creado definitivamente por decreto legislativo de 21 de febrero de 1852, tal como ahora existe, y tomado de parte de San Salvador y de gran parte del de San Vicente; SANTA ANA, por decreto de 8 de febrero de 1855, del de Sonsonate, formado por el actual de Santa Ana y las poblaciones de Ahuachapán, Atiquizaya, Tacuba, Ataco y Sn. Lorenzo; CHALATENANGO por decreto de 14 de febrero de 1855, del de Cuscatlán, y tal como ahora existe; y LA LIBERTAD, por decreto de 28 de enero de 1865, segregado del de San Salvador, y tal como existe en la actualidad. Los nueve departamentos eran, pues: Santa Ana, Sonsonate, La Libertad, San Salvador, Chalatenango, Cuscatlán, La Paz, San Vicente y san Miguel.
Posteriormente fueron erigidos los cinco restantes, en el orden siguiente: LA UNION y USULUTAN, por decreto de 22 junio de 1865, segregados del de San Miguel, con capacidad igual a la actual, aquellos; excepto Usulután que poseía el distrito de Chinameca, que el 1875 se agregó de nuevo al de San Miguel, y agregando al de Usulután los pueblos de Jucuarán y San Buenaventura; AHUACHAPAN, por decreto de 12 de febrero de 1869, igual al actual, y tomado de los departamentos de Santa Ana y Sonsonate, CABAÑAS , por decreto de  10 de febrero de 1873, tomando de San Vicente el distrito de Sensuntepeque, y de Cuscatlán el de Ilobasco; y finalmente el departamento de GOTERA, erigido por el decreto de 14 de julio de 1875, tomado del de San Miguel, y habiéndosele dado por decreto de 14 de marzo de 1887 el nombre de Morazán. Las cabeceras de los nuevos departamentos han sido las actuales, con excepción de Morazán o Gotera, que habiendo sido designada al efecto de villa de Osicala, estuvo siempre de hecho la cabecera hasta 1877 en Gotera o San Francisco, y desde aquella fecha de derecho.
El departamento de La Paz se creó por primera vez en el año de 1838, más habiendo desaparecido y aparecido repetidas veces hemos considerado como la fecha de su verdadera erección la que antes hemos citado.
                                                         Figura 2.   4 departamentos en 1824
 
                                                         Figura 3.   5 departamentos en 1841
                                                         Figura 4.   6 departamentos en 1852
                                                         Figura 5.   8 departamentos en 1855
                                                         Figura 6.   9 departamentos en 1865
                                                        Figura 7.   12 departamentos en 1870
                                          Figura 8.  Los 14 departamentos actuales desde 1875
Fuente: Magaña Menéndez, H. (1945, 5 de Noviembre). La Formación de los Catorce Departamentos Salvadoreños. Apuntes Histórico-Geográficos. Diario Latino, pp. 6-7

lunes, 7 de noviembre de 2011

El Salvador: historia mínima 1811-2011

                                               Secretaría de Cultura de la Presidencia

Presentación

Me complace presentar esta primera edición de El Salvador: Historia mínima, que tendrá, por primera vez en el país, un tiraje masivo para llegar a todos los públicos, pero en especial a los jóvenes salvadoreños. Tiene como objetivo principal ofrecer una síntesis de la historia de nuestros últimos 200 años de búsqueda de libertad y desarrollo, para que podamos acercarnos, comprender y reflexionar sobre nuestro pasado, evaluar y entender el presente y proyectar nuestras fuerzas y esperanzas hacia un mejor futuro.
El conocimiento de la historia del país es indispensable para que nos reconozcamos como unidad nacional y social frente a un mundo globalizado y cada vez con fronteras más fluidas y cambiantes, y también para reconocemos como personas y ciudadanos. Por eso, la historia no debe pensarse como crónicas o noticias pasadas y en proceso de olvido. La historia siempre es un presente, que está actualizada en lo que cada uno somos, en cada una de nuestras acciones; es decir, somos la historia de nuestra familia, de nuestra comunidad, de nuestros amigos, de nuestros centros de estudio, de las formas en que avanzamos en la construcción de nuestra vida, de los logros e, incluso, de las situaciones nada gratificantes del país; la historia es, entonces, parte de nuestra identidad, de lo que hemos llegado a ser como componentes de una gran acción colectiva que ha estado formándose por años y que llega a actualizarse en nosotros, en nuestra vida presente.
El Salvador: Historia mínima es un magnífico esfuerzo en esta línea. Es una extraordinaria iniciativa editorial y educativa de la Secretaría de Cultura de la Presidencia, enmarcada en el año del Bicentenario, que tiene como propósito proporcionamos una información breve y veraz de cómo ha avanzado la sociedad salvadoreña y de cómo hemos llegado hasta este momento en el que nos toca pensar y actuar hacia el porvenir. En una suma de ensayos especiales para esta edición, quince especialistas de diversas instituciones de investigación y enseñanza revisan, con admirable lucidez y capacidad para resumir en formatos accesibles y de fácil lectura, los distintos períodos de nuestra historia patria.
Con esta publicación, nuestro gobierno cumple así con su compromiso de difundir la historia nacional, incrementar el acervo cultural y científico de El Salvador. Estamos trabajando para fortalecer la investigación y la enseñanza de las ciencias sociales en general, la historia incluida, que en las últimas décadas no fueron atendidas como requiere el desarrollo de nuestro conocimiento integral. Ante la edición de esta obra, hacemos una aclaración muy importante: no estamos presentando una "historia oficial", una "historia de bronce", como se llama en otros países, de ninguna manera.
La Secretaría de Cultura de la Presidencia tuvo la encomiable iniciativa de impulsar este proyecto, pero dejó a los destacados intelectuales con entera libertad para exponer, con rigor académico, claridad y admirable brevedad, las conclusiones personales de sus investigaciones, experiencias y lecturas de otros libros. Cada una de las conclusiones aquí expresadas está sujeta al debate y a ser superada por una mejor argumentación y por los nuevos hallazgos en los distintos campos de la investigación social. Alguien decía que en la oscuridad de los tiempos, la historia es vista y escrita por las nuevas generaciones durante la iluminación de un relámpago; en otras palabras, cada generación reinterpreta y valoriza los diversos momentos a la luz de las evidencias novedosas del presente y debe hacerlo con libertad y transparencia. En el Bicentenario, eso es lo que hemos pedido a los autores invitados.
Felicitamos a la Secretaría de Cultura de la Presidencia, a los intelectuales que nos han ofrecido su tiempo, talento y creatividad, y a todos los que han hecho posible que los salvadoreños contemos con este importante libro. Hemos apoyado este esfuerzo para que nuestra población disponga, de una forma gratuita y masiva, con un texto de historia sencillo y de calidad que lo invite y conduzca a profundizar en las distintas etapas históricas del país en otras obras más extensas, y que nos oriente a construir mejores futuros de libertad y de igualdad para todas y todos los salvadoreños.

Mauricio Funes
Presidente
de la República de El Salvador


La importancia del estudio histórico
El ámbito en el que se da la plenitud de la realidad
y en donde ella
se revela es en la historia
IGNACIO ELLACURIA

Un país que dignifique su pasado a través de las dimensiones del análisis académico-científico y de la narración histórica está camino de encontrar el desarrollo, entendido este como colofón de la búsqueda de transformación humana positiva. En ese sentido, la reflexión, el estudio y el interés por la historia nos ayudan a comprendemos, a escarbar en la búsqueda de respuestas y a iluminar los caminos certeros para no repetir errores pasados y para buscar mejores objetivos como país. Esos objetivos están en eterna transformación, pues las sociedades cambian y rehacen sus condiciones constantemente. Hay una constante construcción de la esencia salvadoreña en la historia misma. Y esa construcción está íntimamente ligada con los acontecimientos que en el tiempo han forjado lo que hoy conocemos como patria. La historia cambia, y vive en el presente mismo...
La publicación El Salvador: historia mínima aporta a la discusión actual elementos valiosos como garantes del autodescubrimiento y como productos culturales del más alto nivel. Todos los autores de este libro poseen credenciales idóneas en el mundo intelectual contemporáneo. Han trabajado en la investigación, la historia, la literatura, los estudios culturales, la política, la economía, el estudio ideológico y otros tantos segmentos del saber académico y de la cultura en general.
La Secretaría de Cultura de la Presidencia ha dirigido la conmemoración del Bicentenario del Primer Grito de Independencia en este año 2011. La labor editorial ha sido ardua, y nos llena de orgullo poder legar un trabajo tan importante como este. Estudiantes y profesionales cuentan ya con una herramienta sencilla, pero digna. En ella, algunos de los intelectuales más importantes de este país plasman sus ideas sobre diversos momentos de nuestra historia, y nos dejan abierta la puerta a la interpretación y al debate constante.
La obra que presentamos al país recorre nuestro pasado desde los albores de los movimientos sociales que dieron origen a la Independencia, hasta la entrada del siglo XXI. La república como concepto y como momento histórico; la cultura y el arte; la infamia de la represión plasmada en 1932; el problema de las causas de la guerra con Honduras en 1969; la guerra civil que, aunque expuesta de 1981 hasta 1992, es analizada también desde el origen del conflicto y la incesante labor de los procesos sociales en los setenta; la negociación por la paz; la economía problematizada en el siglo XIX y con su papel desde el fin de la guerra; los factores ideológicos que estructuran la vida social, entre otros, son los temas que propone esta publicación y que servirán para proveer de mejores elementos de juicio a los salvadoreños.
La investigación académica ha sido uno de nuestros más importantes esfuerzos desde marzo de 2010. Creamos la Dirección Nacional de Investigación en Cultura y Artes, una entidad que busca satisfacer necesidades negativamente añejadas y producto de la poca visión del pasado. Y es ahora esta Dirección la que compila y produce este documento, desde ya uno de los mayores referentes que ha dado la academia salvadoreña desde el punto de vista de los estudios histórico-culturales.
Sajid Alfredo Herrera, Adolfo Bonilla, Xiomara Avendaño Rojas, Héctor Lindo-Fuentes, Roberto Valdés, Ricardo Roque Baldovinos, Carlos Gregario López Bernal, Erick Ching, Carlos Pérez Pineda, Ricardo Argueta, Rafael Guido Véjar, William Pleitez, Knut Walter y Luis Alvarenga inscriben su nombre como personajes que narran la historia nacional a través de diversos prismas, pero con el principal motivo de poner sobre la mesa el tema de nuestra identidad y de aquello que nos ha forjado como sociedad.
Somos lo que somos debido a lo que hemos sido. Pero para poder forjar una mejor nación, hay que aprender del país que hemos construido y fijar nuestra mirada a la humanización y a una sociedad con criterios diferentes, más justos, una sociedad más humana, una sociedad del trabajo y de la unión de todos los actores nacionales.
La historia y su estudio pueden contribuir a ello, porque nos hacen plantear metas diferentes y nos llaman constantemente a no repetir los errores que también están en nuestro presente.

Héctor Samour


Fuente: El Salvador, Secretaría de Cultura de la Presidencia. (2011). El Salvador: historia mínima. 1811-2011. San Salvador: Secretaría de Cultura de la Presidencia.
Secretario de Cultura de la Presidencia

sábado, 22 de octubre de 2011

Apuntamientos de Historia Patria Eclesiástica

                                        Canonigo Doctor Santiago Ricardo Vilanova


INTRODUCCION

Un historiador contemporáneo ha dicho "no es posible comprender el nuevo período de un pueblo, sin conocer bien el que le preceda porque de él nace y él es el que le ha engendrado."
La evidencia de este principio demuestra la necesidad de conocer bien el estado religioso en que se encontraba El Salvador, antes de su erección en Obispado, para comprender bien el movimiento y carácter de esta transición, así como también la razón de ser, el desarrollo y cualidades de sus actuales instituciones eclesiásticas. Por tanto, para que este trabajo sea completo, es necesario historiar:
I. El estado en que se encontraba el Salvador antes de su independencia política verificada en 1821.
II. Desde esa época, en qué propiamente hablando comenzó á prepararse y realizarse la erección del Obispado, hasta su consecución en 1842; y
III, Desde su establecimiento, hasta el año de 1885, en que la muerte de uno de sus más esclarecidos Prelados, el Ilmo. Señor Cárcamo, marca una época importante de su consolidación y desarrollo.

Fuente: Vilanova, S. R. (1911). Apuntamientos de Historia Patria Eclesiástica. San Salvador: Imprenta Diario del Salvador.

Filosofía ¿Para qué?

                                                                      Ignacio Ellacuría


             Filosofía ¿para qué?

Este articulejo va dirigido a quienes se ven obligados a dar filosofía sin saber bien por qué y para qué. En bachillerato, todavía se impone el estudio de la filosofía y también se impone en muchos de los planes de estudios de las más diversas universidades. Es estudio obligado, por ejemplo, en las universidades soviéticas en forma de materialismo dialéctico e histórico y es, asimismo, estudio obligado en la formación de los sacerdotes católicos aun después del Vaticano II. ¿Por qué este empeño por contar con una filosofía que defienda las propias posiciones? ¿Por qué esta continuada presencia de la filosofía en la base de la formación de la cultura occidental durante más de veinticinco siglos?
Uno o una pudiera pensar que se debe a un deseo de pura erudición. Es bastante claro y fácilmente admitido que hombres que pueden catalogarse entre los más inteligentes de la humanidad se han dedicado a la filosofía durante muchísimos siglos. ¿Cómo desconocer y despreciar lo que estos hombres han pensado y que solo ellos han podido llegar a pensar en el sentido de que sin ellos la humanidad nunca hubiera podido contar con esos puntos de vista? ¿Será, pues, cuestión de erudición y de "cultura"? Inmediatamente hay que responder que no. La filosofía como erudición y cultura no es filosofía -no se puede enseñar filosofía; lo único que se puede enseñar es a filosofar, decía Kant-; y, sobre todo, por qué no se le da vuelta al problema y se pregunta a qué se ha debido el que los hombres más inteligentes del mundo se hayan visto forzados a hacer eso que llamamos filosofía. Esto no quiere decir que la filosofía sea solo cosa de sabios; únicamente quiere significar que la humanidad se ha visto necesitada de filosofar y de que los hombres, casi todos los hombres, de una u otra forma en una u otra ocasión se ven forzados no a hacer una filosofía, pero sí a hacer algo que puede considerarse como el origen del filosofar.          
Si atendemos, aunque sea someramente, a este comienzo de filósofo que llevan muchos humanos dentro de sí, tal vez podremos decir algo sobre el por qué y el para qué de la filosofía, y también sobre del cómo filosofar. Un profesor norteamericano se quejaba ante Zubiri de la pregunta constante que le hacían sus discípulos: "¿Por qué estudiamos filosofía? y Zubiri le respondió inmediatamente: "Por lo pronto, para que no vuelvan a hacer esa pregunta". Quería decir con ello que quien se pone a filosofar inmediatamente entiende por qué debe haber filosofía y para qué sirve la filosofía. Unas breves reflexiones podrán, tal vez, ayudamos a comprender qué es esto del filosofar.

Fuente: Ellacuría, I. (2003). Filosofía ¿Para qué? San Salvador: UCA Editores

jueves, 20 de octubre de 2011

Un Golpe al Amanecer: la verdadera historia de la Proclama del 15 de Octubre de 1979

                                                           Rodrigo Guerra y Guerra

                      PROLOGO

Rafael Menjivar Ochoa

La escritura de la historia no va de la mano con su devenir. Se trata de una ley no escrita que es especialmente cierta para El Salvador: si buscamos la bibliografía necesaria para entender la historia del último siglo, nos encontraremos con ensayos, estudios y monografías que alcanzan a cubrir algunos periodos, y del resto, si acaso, retazos aislados.
Apenas tres cuartos de siglo después tenemos un panorama más o menos coherente del martinato (1932-1944), gracias a las obras, sobre todo, de académicos e investigadores salvadoreños y extranjeros que en su mayoría han trabajado desde el exterior. Poco, incluidos los libros de texto -la historia oficial, siempre incompleta y morosa- e investigaciones aisladas, puede encontrarse aún que satisfaga cualquier sed de conocimiento del pasado, una sed necesaria para satisfacer la necesidad de construirse en el presente y de proyectarse hacia el futuro, como individuos y como pueblo.
Durante los años de la guerra aparecieron, en especial de autores estadounidenses, recuentos y crónicas de acontecimientos que, sin embargo, estaban demasiado cercanos anímicamente a los autores, y la pasión de la ideología -cualquiera que esta fuera- hace que ahora sean materiales que deban tratarse con cuidado, con todo y su indudable valor. Lo mismo ocurre con los testimonios surgidos de las filas revolucionarias aunque tengan un valor documental e histórico, no debe olvidarse que su objetivo era constituirse en un arma más dentro de una guerra, que no provienen solo de la necesidad llana de dejar constancia de ciertos hechos. Están también los testimonios de las víctimas y de los participantes directos de la guerra, de los cuales fueron intermediarios diversos organismos de derechos humanos. Estos, como los anteriores, son materiales que aún deben ser procesados y colocados en el lugar que les corresponde, en el marco de una Historia que aún no se ha escrito.
Esa Historia, la de la mayúscula, es más elusiva en tanto más violenta y terrible haya sido el devenir de una nación, en tanto mayor sea el trauma social que haya provocado y en tanto el silencio pueda ser una forma de convivencia después de la tormenta que azotó a los salvadoreños de los diferentes bandos, ahora obligados a convivir en paz con sus antiguos enemigos a muerte. Lo anterior sería especialmente cierto en el caso salvadoreño si se recuerda el viejo aforismo de que la historia la escriben los vencedores: los Acuerdos de Paz de 1992 -fruto de un equilibrio político, militar y social que se veía inquebrantable- evitaron la presencia de un vencedor que pudiera imponer sus posiciones y de un vencido que debiera aceptadas. Cualquier recuento, cualquier interpretación, tendrá siempre una contraparte, y quizá sea la búsqueda de un equilibrio, junto con la emocionalidad aún fresca de hechos aún no tan remotos, lo que ha demorado la aparición de los textos que merecería un proceso tan apasionante, violento y terrible como el salvadoreño.
Hay otro punto importante: la Historia requiere, para escribirse, de las historias más pequeñas, las de los individuos, los partidos, los grupos sociales, las clases, las castas ... Si no existe una masa crítica de información, cualquier intento exhaustivo de elaboración quedará en nada. y la historia salvadoreña ha estado siempre llena de silencios, datos parciales, mitos que tratan de convertirse -y a veces se convierten- en realidades, de información que tarda décadas en salir a cuentagotas.
Es deseable, por ello, que los protagonistas de la Historia cuenten sus historias, y que contribuyan a un mejor entendimiento de nosotros mismos, que la vivimos al parejo de ellos o como consecuencia de sus decisiones. Uno de los medios más importantes es, desde luego, el testimonio. Pero no el testimonio forzado por los acontecimientos, sino el que deriva de la reflexión, de la noción del valor de los hechos colocados en su contexto, de la propia madurez personal.
El golpe de Estado del 15 de octubre de 1979 fue uno de los puntos de quiebre más importantes del siglo XX salvadoreño. Ocurrió cuando era imposible no solo negar la crisis del modelo instaurado en 1932 -otro punto de quiebre fundamental-, sino también cuando el país se veía ante una encrucijada fatal, precisamente a partir de dicha crisis: el estallido de una guerra civil de consecuencias que solo ahora podemos medir o el intento de instaurar un modelo democrático inédito en el país, que debió esperar aún una docena de años para comenzar a forjarse; es en medio de ello que nos encontramos en la actualidad.
La polémica está aún sobre el tapete: ¿pudo el golpe de Estado de 1979 detener la guerra que se vino? Políticamente se ve, aun ahora, como posible. Anímicamente, según demostraron los hechos, se había llegado a un punto de no retorno; las fuerzas sociales y económicas estaban demasiado candentes, cercanas al paroxismo que, según el Informe de la Comisión de la Verdad, sirvió de leña al fuego de la guerra.
Aun así, treinta años después, gracias al carácter de su Proclama, el golpe de 1979 se ve como un parámetro de lo que era posible -y para muchos deseable- para evitar el fratricidio, satisfacer necesidades fundamentales de las mayorías y desarticular un sistema de dominación económica y política obsoleto. Era una alternativa a la izquierda y la derecha más radicales, a los planeamientos de los militares tradicionales y de los propios militares jóvenes que la hicieron suya, y diferente sin duda de lo que hasta ese momento sostenían los partidos y grupos de poder. Incluso, en las épocas más crudas de la guerra, las fuerzas revolucionarias esgrimieron la Proclama del 15 de octubre como una plataforma válida y viable de negociación. Cómo se llegó a esa Proclama, de donde surgió, qué pretendía, es uno de los puntos centrales del libro que el lector tiene ante los ojos, y los hechos están narrados por el principal promotor y autor del documento, Rodrigo Guerra y Guerra.
Un golpe al amanecer es un libro importante en la medida en que el autor participó en la primera fila del golpe de 1979, desde el lado de los civiles que dieron sustento a las aspiraciones de la oficialidad joven que, dentro de sus posibilidades y las del país, buscaba un cambio de fondo como alternativa a un modo injusto de hacer las cosas. Es, pues, un fragmento de la historia viva que forma parte de los materiales de la Historia, esa que buscamos y que se esconde en los recovecos de la memoria aún no escrita.
No debe verse como superfluo el testimonio personal de Guerra y Guerra referente a sus experiencias familiares y políticas más tempranas; son una radiografía interesante de cómo los hechos y reflexiones de toda una vida pueden encontrar coherencia y, de manera natural, insertarse en un hecho trascendente para la vida de todo un país. Está el hecho, también, de que este testimonio político sea además un testimonio familiar: otro de los actores fundamentales del golpe de 1979 fue el teniente coronel Rene Guerra y Guerra, hermano del autor, y en estas páginas se da fe de ello. Según la lectura a posteriori de los acontecimientos, las iniciativas de ambos hermanos fueron detonantes del movimiento de octubre de 1979, aunque después los acontecimientos rebasaran a los protagonistas originarios.
Además del testimonio en sí, en este libro encontraremos valiosos materiales de estudio, como el borrador de la Proclama del 15 de octubre y el Plan Económico por el cual se guiaría el nuevo Gobierno, inédito hasta la fecha, también producto de los esfuerzos de civiles encabezados por Rodrigo Guerra y Guerra. Hay en ellos mucho material en el cual sumergirse, como lo hay en los detalles que el autor revela respecto de su elaboración, los hechos aledaños y su interpretación posterior.
Es este, también, el honesto testimonio de una derrota, la personal, la de un proyecto, la de las aspiraciones de paz que se convirtieron en una guerra atroz; la Junta Revolucionaría de Gobierno, basada en la Proclama del 15 de octubre, solo duró dos meses y medio, y después se dio paso a una escalada que terminaría en una guerra y, mucho después, en los Acuerdos de Paz de Chapultepec. Testimonia también la participación del arzobispo Óscar Arnulfo Romero como observador e incluso inspirador y mentor del corto proceso y sus intentos por sostener la Junta; el propio Romero desaparecería tres meses después, asesinado por quienes harían de la guerra un proyecto de país para la siguiente década.
Es aquí donde la visión de los vencidos (y hay derrotas que son solo transitorias) tiene sentido como parte de la Historia que queremos: las loas de los himnos no reflejan ni pueden reflejar la realidad, que es lo que necesitamos para entender quiénes somos.

Un golpe al amanecer es un libro que debe leerse y colocarse en su justo lugar dentro de la corriente de una Historia que aún está escribiéndose. Es un aporte que de ningún modo puede pasarse por alto.

Fuente: Guerra y Guerra, R. (2009). Un Golpe al Amanecer: la verdadera historia de la Proclama del 15 de Octubre de 1979. San Salvador: Indole.

Los Años de Plomo en El Salvador (1981-1992)

                                                                      Iosu Perales


                                  Los años de plomo en El Salvador

En el cuaderno ¿Por qué la guerra en El Salvador? explicamos que el conflicto armado fue el resultado de una realidad económica, social y política, expresada a través de un régimen que practicaba el crimen de Estado como modalidad sistemática y prolongada en el tiempo. Cuando ella de enero de 1981, la Comandancia General del pueblo en armas, del FMLN, dio la orden de iniciar la «ofensiva general» contra la dictadura, comenzó de manera declarada una guerra de liberación que las organizaciones político-militares del país venían preparando a lo largo de la década de los años setenta. Lo cierto es que en un escenario de luchas populares abiertas, un sector del pueblo venía construyendo en la clandestinidad estructuras milicianas y guerrilleras que tras la ofensiva ocuparían un lugar protagónico en la lucha por la justicia y la democracia, viéndose las organizaciones gremiales y los frentes de base obligados a un repliegue para protegerse de la represión gubernamental. Y lo que resulta hasta cierto punto sorprendente es cómo pudo ser que en un país llamado por la poetisa chilena Gabriela Mistral «el Pulgarcito de América», por su pequeño tamaño, pudiera formarse una fuerza guerrillera con miles de combatientes frente a un enemigo pertrechado de aviones bombarderos, de helicópteros artillados, y de toda suerte de armamento entregado por Estados Unidos; una fuerza guerrillera que, lejos de ser derrotada, impuso finalmente al enemigo una solución política negociada, algo que reclamó desde los primeros tiempos de la guerra, consciente de que era el pueblo llano quien más sufría los efectos de la contienda armada. Fue una imposición nada fácil, habida cuenta que el régimen, primero con el gobierno de José Napoleón Duarte y luego con Alfredo Cristiani, estuvo en todo momento apoyado por Estados Unidos, en el plano económico, militar y diplomático, que a toda costa quería impedir un segundo triunfo revolucionario en Centroamérica y se empeñaba en derrotar militarmente al FMLN. Este segundo cuaderno hace, por consiguiente, un recorrido por las distintas etapas de la guerra, explicando algunos elementos básicos: la alianza de la guerrilla con un amplio sector del pueblo; las etapas básicas de la guerra; la intervención norteamericana; el papel de la Iglesia Católica; la ofensiva de 1989 y sus efectos didácticos; y el escenario centroamericano de Esquipulas, que facilitó la apertura del proceso de paz.

Fuente: Perales, I. (2009). Los Años de Plomo en El Salvador (1981-1992). México: Ocean Sur

miércoles, 19 de octubre de 2011

Agua de Coco

                                                               Francisco Herrera Velado
PRESENTACION

La Narrativa de Herrera Velado

Este es un libro delicioso, ameno. Se retratan en él los personajes de un ayer que se niega a cambiar, de una sociedad rural con mucho de la picaresca colonial española, en la que pillos, gamonales, curas y campesinos se captan en estampas y acuarelas provincianas. Aunque los relatos tienen como escenario los pueblos de Sonsonate, la tierra de los cocoteros, hay mucho en estos cuentos de la idiosincrasia salvadoreña, que los torna piezas propias de una legítima literatura nacional.
Francisco Herrera Velado (1875-1968)*, poeta modernista se deja influir por los guatemaltecos José Milla y José Batres Montúfar, y recoge las tradiciones, leyendas y relatos del ambiente sonsonateco. Con gracia, con ironía, nos introduce en la vida pueblerina de fines del siglo XIX y principios del presente. De sus narraciones surgen, además de anécdotas simpáticas, figuras claves de una narrativa que ha persistido a 10 largo de varias décadas: los contrabandistas de licor, los sacristanes y sus discretas fechorías, los asiduos asistentes a velorios y entierros, los curanderos de Izalco y Nahuizalco, los oradores y literatos municipales, los buscadores de tesoros, los apachaclavos o gorrones, los caciques en la escala social (arriba y abajo) imponiendo su voluntad sobre la indiada pobre y supersticiosa. Sin proponérselo, el autor nos ubica en una sociedad semifeudal, donde el proceso de transculturación impone "una mezcla de tradiciones indígenas con formas religiosas católicas, de dudosa autenticidad. El agua de coco, título del libro, es un líquido con poderes mágicos: cura todos los males, hasta los del corazón si se le agrega un poco de aguardiente. En un mundo dramático, tal lo agrario feudal, el indígena tiene que agarrarse desesperadamente a una idea, a un pensamiento sobre-natural. La vida no puede explicarse, o sin el temor a la lluvia torrencial, a la sequía, a dioses inmisericordes, al fuego, a la ceniza y a la lava permanente del volcán, a cuyos pies crece el hambre y la injusticia. De ahí el nagualismo en La piedra; o la poetización pre-hispánica, leyenda impuesta por las clases hegemónicas, inocentemente narrada en El volcán.
Herrera Velado es un narrador culto, castizo en sus giros y construcciones. Maneja el diálogo y la descripción con perspicacia. Con leves pinceladas se introduce en las interioridades psicológicas, y con ironía de espectador se burla de hechos y situaciones de su tiempo. No profundiza en el carácter de los personajes. No es esa su intención. El quiere contar, con algún escepticismo y alguna verdad a medias, lo que sucede, lo que pasa en tomo suyo. Tampoco quiere moralizar. El colorido de sus relatos, la trama familiar -aldeana si se prefiere- nos recuerda un tanto al Decamerón en tanto los requiebros amorosos terminan en furtivas  citas, o bien en el triunfo de los jóvenes amantes sobre el rico y viejo pretendiente. Hay en el lenguaje, sin el abuso de regionalismos, mucho del habla salvadoreña. Un habla que tiende a perderse en razón del mismo desarrollo social y por la colonización sajona que abiertamente nos despoja de términos coloquiales, sabrosos, de pura raíz nacional. La obra, por otra parte, se acerca a las tradiciones indígenas con respeto y admiración. Describe en La fiesta de la raza los bailes del tunco, del panadero y del venado, las cuales provienen del pasado pre-hispánico y español. Herrera Velado, lo afirma con claridad: “A mí, francamente, las costumbres de los indios me gustan más que las aristocráticas".
Herrera Velado inserta en sus relatos algunas sentencias burlonas las más de las veces: "Cuando la están oyendo sus hijas habla como Herodoto; pero cuando no la oyen vale más; es mejor que el Aretino" (El velorio del gato). Para luego ironizar, en el mismo cuento, "porque todos, en nuestra tierra, políticos y literatos, grandes o chicos -respectivamente- charlamos siempre de cosas que no conocemos ni pizca. Yo mismo acabo de hablaros de Herodoto y de Aretino, sin haberlos leído nunca". Su estilete, su mordacidad, no perdona a la clase alta y sus representativos, ni a las clases subalternas y oprimidas. Un humor del redulce recorre las páginas de "agua de coco", con mucho del reflejo social, sus costumbres y contradicciones. Con sarcasmo Herrera Velado dice: "En este mundo todo pasa. Sólo algunos presidentes de la república son eternos", con lo cual crítica, precisamente el año 1926, a la familia Meléndez y al inefable Quiñónez Molina en el poder desde 1913.
Agua de coco es un material rico. Tal vez algunos de sus cuentos no estén del todo acabados, en cuanto a técnica narrativa, pero en cambio otros son propios de una antología, digna de leerse en cualquier país de habla española. Sin duda alguna, Las goteras, El cacique y El doctor, son obras de un valor indiscutible.
Herrera Velado publicó, Fugitivas (Tipografía La Unión, 1909) Mentiras y verdades (Tipografía La Unión, 1923), La torre del recuerdo (Talleres gráficos Cisneros, 1926).
Cuando lo conocí, en 1961, vivía en Izalco casi ciego, aunque conservaba la dignidad de los viejos tiempos. Hablamos de Rubén Darío y la influencia que éste ejerció en sus primeras obras. Me ofreció un café y se lamentó que no hubiese, a mano, "un poco de agua de coco". Las sobrinas, solícitas, le cuidaban con ternura. En uno de los rincones de la habitación había un reloj de pared, cuyas agujas se habían detenido largo tiempo atrás. El escritor, lúcido aún, sonreía al recordarle los asuntos de El padrastro y Las naranjas de la señora Paula. Y hasta se animó a contamos otros cuentos, tan picarescos, como los que aparecen en este libro.

ltalo López Vallecillos.

* Herrera Velado nació en Izalco el 8 de Enero de 1876 y murió en Izalco el 18 de febrero de 1966.

San Salvador, Mayo de 1976


Fuente: Herrera Velado, F. (1992). Agua de Coco. (5a. Ed.). San Salvador: UCA Editores.

lunes, 17 de octubre de 2011

Los Desastres no son Naturales

                                                           Asociación Equipo Maíz

INTRODUCCION

"Así ha sido, así es, así será: según se dice y se repite, la naturaleza es una madre despiadada que nos viene echando la maldición de sus catástrofes desde tiempos remotos. Pero, ¿hasta dónde son naturales las catástrofes naturales que están azotando al mundo? Las inundaciones y las sequías, ¿no se multiplican por el arrasamiento de los bosques y de los suelos, ejecutado en nombre del progreso? ¿Y no está enloqueciendo el clima esta civilización que envenena el aire?"
"Por si fueran pocas estas catástrofes fabricadas, que condenan a millones de personas al hambre y al éxodo, muchas son las catástrofes naturales que deberían ser llamadas, más bien, catástrofes sociales. El huracán Mitch dejó veinte mil muertos en los países centroamericanos, donde los pobres están librados a la buena de Dios. En cambio, casi no hubo víctimas cuando otros huracanes, tanto o más devastadores, han pasado por la Florida y Cuba."

Eduardo Galeano*

                                           Deslave de Montebello el 19 de septiembre de 1982

                                         "Casa Rosada", Montebello 19 de septiembre de 1982

*Solidaridad Internacional, Exposición Itinerante Sobre Vulnerabilidad 2001.

Fuente: Asociación Equipo Maíz. (2003). Los desastres no son naturales. San Salvador: Asociación Equipo Maíz.

sábado, 15 de octubre de 2011

El Salvador, 1932: Los Sucesos Políticos

                                                              Thomas R. Anderson

NOTA INTRODUCTORIA

Hay fechas del pasado que celebramos todos los años porque creemos que son dignas de recordarse y festejarse. Por lo general, concuerdan con los acontecimientos importantes que estudiamos en escuelas y colegios cuando se nos enseña acerca de nuestras raíces culturales y políticas: el descubrimiento europeo de América, la independencia de España, el natalicio de algún personaje insigne -estadista, pensador, literato- y así por el estilo. De origen más reciente, celebramos también la firma de la paz que puso fin al conflicto armado de la década de 1980.
Pero hay otras fechas que preferimos no celebrar, ya sea porque no las consideramos lo suficientemente relevantes o porque sus peculiares características no concuerdan con lo que valoramos como bueno o edificativo. Por ejemplo, no celebramos las luchas cívicas de abril y mayo de 1944 que antecedieron a la renuncia de Hernández Martínez, quizás porque no acabaron con la dictadura militar o porque buen número de personas todavía recuerdan con nostalgia el régimen martinista. (Distinto es el caso de Guatemala, donde todavía se celebra la caída del ubiquismo en octubre de 1944 y la instauración del régimen democrático.) Inclusive, hemos dejado de celebrar una fecha -la revolución de diciembre de 1948- que durante la década de 1950 fue parte del calendario festivo de los gobiernos del PRUD pero que después de 1960 pasó al olvido. Hasta el monumento que se erigió en su memoria, el más imponente de origen cívico en el país, se ha convertido en "el chulón" sin que se entienda qué significa ni por qué se construyó.
Lo anterior nos indica que cada generación escribe o narra su historia. Incluimos en ella aquello que nos parece conveniente y enaltecedor, mientras excluimos lo que resulta doloroso o cuestionable. Y no es que semejante práctica sea una exclusividad nuestra. Todas las naciones han buscado presentarse en sociedad con sus mejores galas históricas, ya sea para consumo interno o para lucirse en el exterior. No hace falta sino remontarse a la experiencia de la Unión Soviética bajo Stalin, donde personajes destacados de la revolución desaparecían del panteón bolchevique como por arte de magia cuando caían en desgracia frente al dictador. Hasta las democracias más connotadas del planeta han sufrido de amnesia cuando se trata de algún episodio censurable de su pasado; como ejemplo, la detención sumaria en campos de concentración de decenas de miles de ciudadanos norteamericanos de origen japonés durante los años de la Segunda Guerra Mundial sin más justificación que su ancestro nipón.
En nuestros tiempos, aún se escuchan voces que insisten en la necesidad de cubrir con un velo ciertos momentos del pasado como parte de una práctica de perdón y olvido (lo cual no deja de ser un contrasentido, porque no es posible perdonar y olvidarse a la vez de lo que se perdona). El perdón es necesario si se quiere lograr la reconciliación, pero el olvido no es siempre conveniente, como lo podrá atestiguar cualquier psicólogo que busca ayudar a un paciente a superar un trauma. Para una sociedad, lo saludable es lograr una explicación ecuánime y objetiva del pasado para comprender cómo es que hemos llegado a lo que somos ahora sin que ese conocimiento se convierta en motivo de recriminaciones y venganzas, sino que permita, precisamente, construir nuevas formas de convivencia democrática y pacífica.
Un acontecimiento que se mantuvo en el limbo histórico por mucho tiempo fue precisamente aquel que recordamos sencillamente por los últimos dos números del año en que sucedió: "el 32". Cuando pensamos en 1932, generalmente se nos viene a la mente la insurrección campesino-indígena del occidente de El Salvador, tal como la describen Claribel Alegría y Darwin Flakoll en su novela Cenizas de Izalco. Sin embargo, 1932 fue mucho más que el levantamiento. En el resto de El Salvador se habían dado procesos y acontecimientos políticos. y sociales, mucho antes de 1932, que contribuyeron a gestar el levantamiento. Si no se explican éstos, difícilmente se podrá comprender la instauración de la dictadura militar y la represión estatal que se desató a partir de la insurrección, amén de toda la historia posterior del país.
Es precisamente con el objetivo de contribuir al conocimiento del pasado reciente de El Salvador que se reedita en esta oportunidad la obra del historiador Thomas Anderson, aparecida por primera vez en inglés a finales de la década de 1960 y traducida al español y publicada por EDUCA en 1976 bajo el titulo El Salvador 1932. Desde entonces han aparecido otros trabajos sobre los acontecimientos de ese año, de los cuales se han escogido dos para acompañar el escrito de Anderson: el ensayo del historiador Héctor Pérez Brignoli, titulado Indio, comunista y campesino. La rebelión de 1932 en El Salvador, publicado como un cuaderno de investigación en 1991 por la Escuela de Historia de la Universidad Nacional de Costa Rica; y el artículo del historiador Erik Ching, "Una nueva interpretación de la insurrección del 32", aparecido originalmente en la revista Tendencias de septiembre de 1995.
Los tres escritos son complementarios. El de Anderson, basado en el estudio de documentos y en entrevistas a protagonistas del levantamiento, es un recuento de la historia de El Salvador desde la introducción del café a fines del siglo hasta la guerra entre El Salvador y Honduras en 1969. De esta manera, Anderson sitúa el levantamiento de 1932 como un episodio central de la historia salvadoreña del siglo XX.
Al destacar los procesos sociales, políticos y económicos que contribuyeron a gestar el levantamiento, Anderson se distancia de los autores que escribieron sobre la insurrección poco después que ocurrió, tales como Joaquín Mende: y Jorge Schlesinger, quienes asignaron gran importancia a la actividad del movimiento comunista como responsable directo del levantamiento. Sin subestimar el papel de los comunistas, Anderson insiste que el movimiento insurreccional tiene que entenderse como un acontecimiento enraizado en la realidad salvadoreña, producto de una dinámica política y social que se profundizó y aceleró durante los años de la gran crisis económica a partir de 1929.
El planteamiento de Anderson refuerza la tesis de que los movimientos revolucionarios del siglo XX no pueden explicarse fundamentalmente como resultado de una gran conspiración internacional comunista orquestada desde Moscú. Tampoco, como bien lo describe Anderson, puede entenderse la represión de dichos movimientos como parte de una gran ofensiva contrarrevolucionaria dirigida por los imperialistas desde Washington. Existen suficientes elementos de juicio -antecedentes, causas, detonantes- como para comprender la historia de El Salvador de este siglo sin necesidad de recurrir a actores externos como única o principal explicación de lo que ha pasado en nuestro propio territorio. Afirmar lo contrario le niega protagonismo a los actores sociales y políticos nacionales.
Por otra parte, es evidente que un país pequeño y pobre, como lo era El Salvador en 1932, no puede escapar de .las preocupaciones y los afanes intervencionistas de las potencias. La insurrección de ese año hizo sonar las alarmas en Londres y Washington y en cuestión de días se hizo presente una escuadra naval en las costas salvadoreñas con suficientes infantes de marina para apoyar a las fuerzas del gobierno en caso necesario.
Lo cierto es que un destacamento de tropas canadienses desembarcó en Acajutla y llegó hasta Sonsonate antes de replegarse a su navío sin haber entrado en combate.
El que Estados Unidos y Gran Bretaña no hayan intervenido militarmente es indicativo de la eficiencia de las fuerzas del gobierno en la supresión del levantamiento. En cuestión de pocos días un gran movimiento popular había sido desarticulado y sus dirigentes capturados y ejecutados sumariamente, lo mismo que muchos miles de campesinos.
¿Cómo se explica semejante desenlace?
En el escrito de Héctor Pere: Brignoli encontramos una caracterización de la insurrección que nos permite acercarnos a una respuesta. Pere: Brignoli, con ojo clínico, va separando la broza del grano, por así decirlo, para llegar a lo medular, a lo particular del levantamiento. No solamente eso: también analiza y valora las fuentes que alimentan nuestro conocimiento de los sucesos. De esa manera, cumple cabalmente con la labor del historiador, que es acercarse a la realidad pasada y explicar cuál es el camino que utiliza para lograrlo.
En primer lugar, el que haya ocurrido en 1932, y no antes o después, es significativo. El país estaba inmerso en ese momento en un intenso proceso político que se había iniciado con la campaña política que llevó a la presidencia a Arturo Araujo en enero de 1931 y que culminó con el golpe militar de diciembre del mismo año, un corto tiempo durante el cual se escucharon todas las reivindicaciones y propuestas políticas que se habían mantenido acalladas por largos años. Entre otras, la voz de los comunistas era llamativa: con suprimir a los terratenientes y capitalistas se podría construir una nueva sociedad, más justa y próspera. Lo que no quiere decir que los comunistas hayan sido indispensables para el estallido del movimiento. Las investigaciones recientes de Erik Ching en los archivos del Comintern en Moscú sugieren, tal como se aprecia en su escrito, que el Partido Comunista Salvadoreño era muy pequeño, de reciente creación y sumamente dividido por discrepancias internas como para haber liderado un movimiento de la magnitud de 1932. Sus palabras son categóricas: " ... el partido no fue el protagonista principal en 1932 y [ ... ] el estallido de la rebelión sorprendió al partido de la misma forma que al resto del país."
En segundo lugar, la insurrección se limitó básicamente al occidente del país, caracterizado por una alta proporción de población indígena y una gran densidad de producción cafetalera. La población indígena conservaba formas de organización en torno a cofradías y caciques, algunos de los cuales tuvieron un papel protagónico en el levantamiento. Asimismo, la producción cafetalera fue antecedida por un proceso de enajenación de las tierras ejidales y comunales que afectó sobre todo a los campesinos indígenas; la crisis de 1929 agudizó todavía más la precaria existencia de los pequeños agricultores. Había, pues, razones de sobra en el occidente del país para que la población rural estuviera sumamente insatisfecha con su situación. Y en tercer lugar, el descontento social finalmente estalló pero lo hizo de una manera muy peculiar, que Pere: Brignoli cataloga precisamente de "motín", de los cuales-hay una larga historia en toda la América española. Los motines son protestas sociales que no tienen ni objetivos ni métodos muy definidos y que, por lo tanto, pueden ser dominados con relativa facilidad por las fuerzas del régimen, las cuales, en todo caso, cuentan con recursos militares mucho más potentes que la masa campesina armada de machetes, piedras y palos. Ching describe los hechos del 32 en términos muy similares: "La rebelión tuvo más la apariencia de un conjunto de tumultos locales y aislados, producto de quejas particulares, que de una revolución grande con organización centralizada y objetivos nacionales."
Y así terminó el levantamiento en occidente: las ametralladoras y los rifles, en manos de unos pocos soldados, barrían con los miles de insurrectos, ya sea en los enfrentamientos o en los paredones de fusilamiento. Como sostiene Anderson, por cada persona que asesinaron los insurrectos, el ejército mató a cien campesinos. Sin embargo, el que la insurrección haya estallado y haya sido reprimida en cuestión de pocos días no disminuye su importancia o su significado para la historia de El Salvador. Si se acepta que este levantamiento campesino se montó sobre un cúmulo de problemas e injusticias sociales, de una serie de gobiernos que prestaron poca atención a los reclamos del pueblo, y de un liderazgo popular que 'tomó la decisión de enfrentar al Estado con violencia, entonces es evidente que anunciaba eventos todavía más tremendos medio siglo después.
Pero es también evidente que el círculo que se comenzó a dibujar en 1932 -con la instauración del régimen militar y la proscripción de la izquierda política- se cerró finalmente sesenta años después, en 1992, con la firma de los acuerdos de paz.
Claro, los tiempos han cambiado. El nombre y la imagen de Agustín Farabundo Martí están presentes en los actos políticos pero el Partido Comunista Salvadoreño ya no existe ni tampoco el movimiento internacional de inspiración bolchevique. El ejército figura en la Constitución como una institución permanente del Estado pero ya no tiene mayor participación en la conducción del gobierno. Incluso, muchos salvadoreños y salvadoreñas que se esfuerzan por mejorar sus condiciones de vida no lo hacen enfrentando al Estado sino que buscando cómo cruzar la línea fronteriza para comenzar una vida nueva en Estados Unidos.
Por otra parte, los indígenas sobrevivientes de los "sucesos" de 1932 -quienes según las versiones más usuales fueron asimilados a la cultura dominante bajo la amenaza de castigo si volvían a expresarse como indígenas- en realidad no desaparecieron del mapa social o étnico del país. De acuerdo a una reciente investigación muy acuciosa, la categoría de indígena siguió utilizándose durante varios lustros más en los registros de nacimientos de los municipios de la franja occidental del Pacífico salvadoreño; por ejemplo, en el departamento de Sonsonate, la categoría de "indígena" se le asignó en 1945 a más del 67% de los nacidos en Santo Domingo de Guzmán y a más del 77% de los nacidos en Santa Catarina Masahuat, mientras que en Nahuizalco la cifra comparable para 1950 es del 86%.
Todo lo cual sugiere que las explicaciones y razones sencillas muchas veces resultan atractivas pero insuficientes ante la complejidad de la historia. Ya no podemos entender el pasado echando mano de teorías mecanicistas o reduccionistas. Más bien, debemos hurgar hasta donde nos permita la información disponible para extraer conclusiones coherentes con la realidad de los hechos y los procesos. De lo contrario, estaremos intentando comprender nuestro presente sobre bases poco firmes o, en el peor de los casos, completamente equivocadas.

KNUT WALTER
La Antigua Guatemala
febrero de 2000

Fuente: Anderson, T. R. (2001). El Salvador, 1932: los sucesos políticos. (3ª. Ed.). San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos.