miércoles, 29 de junio de 2011

La Casa de Vidrio

                                                     Claudia Lars


                               NOTA EDITORIAL

Este breve libro permite un recorrido por el registro de tonalidades que habitó a Claudia Lars, la más importante poetisa salvadoreña, versos tomados de diversos poemarios; están aquí su vertiente infantil, su vertiente amatoria, y su confrontación con los arcanos cósmicos. En uno de sus poemas, que no se encuentra en este breviario, dice:
Poeta soy, y vengo por Dios mismo escogida
a soltar en el mundo mi canto de belleza...
Ella sabe la altura de su canto, y lo siente como una misión por Dios encomendada.
Clara es la voz de Claudia, y acude a las palabras y a los arraigas cotidianos. Un circo, un barrilete, le hacen soltar el vuelo al mismo título que el amor o la muerte. Por la sangre de su padre irlandés entran en su palabra las heladas islas de niebla, y las hadas; y por su madre y su vivencia entran las bellezas y las miserias de nuestra patria.
Pertenece a un momento en que la poesía femenina da grandes luces en las tierras de América: Alfonsina Storni, Juana de Ibarborou y Gabriela Mistral, de la cual fue amiga. En sus cartas, la gran escritora chilena hace patente su admiración por su homóloga salvadoreña.
Carmen Brannon, más conocida bajo el seudónimo literario de Claudia Lars, nace en Armenia, Sonsonate, en 1899, y fallece en San Salvador en 1974. Dejaba tras de sí numerosos libros de versos -Estrellas en el pozo, Canción redonda, Sobre el ángel y el hombre, Fábula de una verdad, Nuestro pulsante mundo, entre otros-, y un libro en prosa, Tierra de infancia, de carácter autobiográfico.

BARRILETE

Alta flor de las nubes
-lo mejor del verano-
con su tallo de música
en mi mano sembrado.
Regalo de noviembre,
nuevo todos los años:
para adornar el día,
para jugar un rato.
Banderola de fiesta
que se escapa, volando ...
Pandereta que agitan
remolinos lejanos.
Pececillo del aire
obstinado en el salto;
pájaro que se enreda
en su cola de trapo.
Luna de mediodía
con cara de payaso;
señor del equilibrio,
bailarín del espacio.
Ala que inventa el niño
y se anuda a los brazos.
Mensaje a lo celeste.
Corazón del verano.



Fuente: Lars, C. (1996). La Casa de Vidrio. San Salvador: Consejo Nacional Para la Cultura y El Arte, CONCULTURA.

Ensayos

                                              Alberto Masferrer


                 NOTA EDITORIAL


Alberto Masferrer fue un escritor que desató las más encontradas pasiones. Sus ideas reformistas, su tono mesiánico y su participación en la arena política le granjearon tremendas adhesiones, pero también furibundas antipatías. Periodista combativo, ensayista prolífico, escritor que incursiono en diversos géneros, Masferrer se ganó el respeto y admiración de la mayoría de escritores e intelectuales salvadoreños de este siglo: Claudia Lars lo llamó "maestro y director de multitudes ", en tanto que para Miguel Ángel Espino fue "el apóstol de la armonía social en El Salvador ", y Salarrué reconoció: "la atracción que este gran espíritu ejerce sobre mí es enorme”.
Nacido en la población de Alegría, en 1868, Masferrer tuvo una formación autodidacta.tla "universidad de la vida ", la llamaba él); vivió en varias capitales de Centroamérica, viajó por Chile, Nueva York y Europa. Fue cónsul en San José de Costa Rica y en Bélgica.
Su pensamiento se sintetiza en un concepto: el "vitalismo ", Significa que cada individuo tiene el derecho a un "mínimum vital" en lo que respecta a vivienda, alimentación, trabajo y educación. Abogó por la lucha pacífica -al igual que Gandhi-. Se consideraba un educador y utilizó el periodismo como un púlpito para predicar sus ideas; fundó y dirigió el diario Patria entre 1928 y 1930.
Fue el ideólogo de la campaña electoral que culminó con el triunfo del presidente Arturo Araujo; pero pronto se sintió traicionado por éste. Su prédica reformista y no violenta naufragó entre las fuerzas que se confrontarían en la insurrección campesina de 1932. Ese mismo año, el 8 de septiembre, Masferrer murió solo y derrotado.
Era un apasionado del libro - "pocas veces he visto un lector tan tremendo como Alberto ", escribió Arturo Ambrogi-, por lo que no sorprende que considerara a la educación como el eje para el cambio social; sus ensayos Leer y escribir y La cultura por medio del libro así lo demuestran. También fue un moralista. Publicó versos, una novela corta sorprendente -Una vida en el cine (1922)- y numerosos ensayos agrupados en diversos volúmenes: ¿Qué debemos saber?, El mínimum vital, Las siete cuerdas de la lira, Ensayo sobre el destino, El dinero maldito, El libro de la vida, Estudios y figuraciones sobre la vida de Jesús, La misión de América, entre otros. Masferrer fue el ensayista y filósofo salvadoreño más reconocido de su tiempo.

Fuente: Masferrer, A. (1996). Ensayos. San Salvador: Consejo Nacional Para la Cultura y El Arte, CONCULTURA.

martes, 28 de junio de 2011

INVENTARIO DE SOLEDAD

                                                         Ítalo López Vallecillos




                                  Nota Editorial

La poesía de Ítalo López Vallecillos, ha escrito Carlos Murciano en Poesía Española, está dotada de una bruñida y tersa luminosidad. En efecto, el poeta recoge a través de imágenes y metáforas la visión de un mundo en crisis, en el que el "hombre de carne y hueso" sufre la pérdida de su identidad, de su unicidad, de su mismidad, para ser sólo la fuerza de trabajo, el número anónimo en las fábricas, el desposeído en los campos, el solitario en la muchedumbre.

En esa desintegración alienadora, el poeta recupera para nuestro tiempo, y para mañana, la expresión terca y obstinada de la soledad. No la tristeza acartonada de principios de siglo, ni la agónica náusea del angustiado ante las alternativas del ser; no, en fin, la expresión del lobo estepario, sino del hombre en su sensible totalidad, ahíto de amor en un tiempo difícil, propio para la matemática, la física, la cibernética, la acumulación capitalista, la revolución de las masas, la exterminación de los pueblos por la vía del napalm y el poderío espacial.

"La bruñida y tersa luminosidad" de López Vallecillos lo conduce por extraños parajes sin que pierda, por un instante, la profundidad de pensamiento, la emoción recogida en una lágrima, el ayer recobrado en una secuencia que permite la introspección, mas no el escapismo. Los poemas vuelven una y otra vez al tema central: la destrucción humana en el tiempo. La búsqueda entre múltiples horizontes. El encuentro con la "ternura rastrera y cotidiana", el hallazgo del amanecer tras la dura vigilia y el desasosiego interior vuelto todo al revés en una sociedad carnívora, masificada, y en la cual el hombre verdadero emerge de los escombros sociales para levantar su amor, su alegría, su capacidad de vivir más allá de la opresión y la duda. Poesía, lírica, honda, zozobrante y lúcida, que afirma una vocación poética, una línea personal inconfundible. Desde su primer libro ("Biografía del Hombre
Triste", Madrid,
1954), señalado por Vicente Aleixandre como un bello y hermoso testimonio, hasta "Puro Asombro" (San Salvador, 1970), López Vallecillos ha manejado una serie de claves y signos propios, contrarios a la imitación y a la copia fácil. Esta insobornable lealtad a mismo, en temas y lenguajes, "lo salva de clasificaciones caprichosas y lo coloca en la corriente de la mejor poesía de habla española contemporánea", según el juicio crítico del uruguayo Ángel Rama.

Algunos poemas de López Vallecillos se han traducido al inglés, al francés, al italiano. Y antologías notables, como la de Mario Benedetti: Los Mejores Poemas de Amor de Hispanoamérica (Editorial Arca, Montevideo) destacan la obra de López Vallecillos por su singular simplicidad, economía de recursos, depurada y electiva expresión poética.

INVENTARIO DE SOLEDAD reúne poemas escritos entre 1970 y 1972, todos dentro de un clima amoroso, vivencial, en el que se descubre la madurez del hombre y del poeta. Un hombre que con la prosa es polémico, incisivo, irónico, y demoledor; y, en la poesía, tórnase espíritu sereno, luminoso, receptivo, abierto, pleno de humanidad.


RETORNO 

                                                       A Salarrué, amigo y maestro.

Regreso. Siempre vuelvo.
Doy vueltas a un Círculo. Búscome.
y extraño, solitario, no encuentro
la puerta de entrada ni salida. Pronuncio
nuevas palabras. Invento pájaros, primaveras.
Nieves y ciudades. Nada cambia. Advierto
múltiples planos, realidades sobrepuestas,
espejos, túneles,

ojos que retratan otros ojos,
labios que se abren
y se cierran
y, en la búsqueda, no me dicen nada.
Voy. Vengo. Retorno. Caigo de nuevo
en el vacío. Y, conforme, al fin
vuelvo a empezar.

Yo sé que el tiempo
me arrastra a alguna parte.
Sigo en el Círculo. Amanece. Pronto
será de noche, y de día otra vez.

Tal vez mañana vuelva
o esté en retorno todavía.

viernes, 24 de junio de 2011

El Nawat de Cuscatlán: apuntes para una gramática tentativa

                                            Pedro Geoffroy Rivas

Nota Editorial

El conocimiento de las lenguas aborígenes reviste en nuestra América una gran importancia, ya que sin tal conocimiento no nos es posible entender y explicar las particulares evoluciones sufridas por el castellano en los distintos países del Continente.
En el área centroamericana, dos notables lenguas indígenas ejercieron marcada influencia sobre el idioma de los conquistadores: el maya y los diversos dialectos de la lengua nahua. La primera se hablaba en el sureste mexicano, noreste de Guatemala, suroeste de Honduras y en algunas regiones de Nicaragua. Los dialectos nahuas se extendían por todo el altiplano de México y la costa meridional, desde el actual Estado de Sinaloa hasta la República de Costa Rica.

El dialecto hablado en Tenochtitlán a la llegada de Cortés, era de los terminados en "tl" y había sido difundido por los aztecas en las regiones conquistadas por ellos. Debido a esto los españoles lo convirtieron en una verdadera lingua franca, de la cual se sirvieron para
entenderse con todos los pueblos de la Nueva España.
A lo largo de la costa del Pacífico se hablaban dialectos terminados en "t", siendo el de Guatemala y El Salvador el llamado nahuat o pipil. La profunda aculturación sufrida por los núcleos indígenas de El Salvador; pero su influencia sobre el español ha sido inmensa, no sólo por la introducción de un abundante vocabulario, sino también por haber provocado importantes modificaciones morfológicas, sintácticas y fonéticas.

Conocer la lengua nahuat es, pues, para nosotros, de primordial importancia, si queremos saber por qué hablamos el castellano en una forma que casi constituye un dialecto de dicho idioma.
El análisis gramatical del nahuat de El Salvador por el doctor Pedro Geoffroy Rivas, será, por lo tanto, de gran utilidad para los estudiosos del idioma y, muy especialmente, para los maestros, que encontrarán en esta obra una explicación de nuestra peculiar manera de
hablar el español.


Fuente: Geoffroy Rivas, P. (1969). El Nawat de Cuscatlán: apuntes para una gramática tentativa. San Salvador: Dirección de Publicaciones

Todo el Códice

                                                  José Roberto Cea

                   PRESENTACIÓN

Nacido en Izalco, la capital del antiguo señorío indígena que dio combate a los conquistadores españoles, José Roberto Cea (1939) alcanzó con este libro el más alto rango de mestizaje poético: hizo de la poesía española instaurada en Mesoamérica un ritual nahua- pipil, con brujos y todo el códice del ancestro nacional.
Tiene el lector en sus manos la segunda edición de la obra maestra de Cea: Todo el códice, un libro que representa, para el autor y para su grupo – la famosa "Generación Comprometida"- un salto de calidad a planos internacionales. El libro se publicó en Madrid, en 1968, por Ediciones Cultura Hispánica, Colección Premio "Leopoldo Panera", y fue saludado por la crítica española y latinoamericana como un triunfo de la poesía salvadoreña.

Era el momento de plenitud de la generación de Cea, bautizada por ellos mismos como "Comprometida", en 1956, el año de su asunción en la historia literaria salvadoreña. A estas alturas -1968- se había visto claro que entre ellos, dos eran las voces de máxima competencia en el género poesía: la de Roque Dalton García (1935-1975) Y la de José Roberto Cea. Ambos precoces, prolíficos, radicalmente originales. Más intelectual Dalton, más intuitivo Cea; más para mestizos-blancos el primero, más para mestizos-indios el segundo. Cea es un ejemplo de vitalidad, así en su hacer profesional -editor, conferencista, embajador de la literatura nacional- como en su producción literaria: más de 30 libros en todos los géneros literarios, varios de ellos editados numerosas veces, sin contar revistas, fascículos, antologías, recitales, ponencias en eventos internacionales, y su presencia en el medio escolar a través de textos didácticos y ediciones de precio accesible. Incansable, optimista, crítico, propositivo, ejerce amplia influencia cultural en El Salvador y en Centroamérica, sobre todo en los sectores populares o "de izquierda ", donde se le ve como a un gurú poético o "gran lengua" de la escritura revolucionaria.

Entre sus obras mejor logradas podemos mencionar, por géneros: En poesía: Los días enemigos (1965); Mester de picardía (1977); Misa mitin (1977); Los pies sobre la tierra de preseas (1984); La guerra nacional (1992); Cantar de los cantares y otros boleros (1993).
En narrativa: Ninel se fue a la guerra (novela, 1984); En este paisito nos tocó y no me corro (novela, 1989); Dime con quién andas y... (novela, 1989); De la Guanaxia irredenta (cuentos, 1989); Sihuapil Taquetzali (novela, 1997). En teatro: Las escenas cumbres (1968); Memoria en carne propia (1990). En ensayo: De la pintura en El Salvador (1986); Teatro en y de una comarca centroamericana (1993).

Intuición y equilibrio formal: un milagro.

David Escobar Galindo ha dicho con respecto a Cea que "se trata de un poeta que no cuida la forma pero mantiene el vigor del contenido"; y Manlio Argueta, que su lenguaje es "no siempre bien cuidado, pero lleno de efectos que provienen de las entrañas del habla popular". En general, el señalamiento de cierto descuido en la forma parece admisible en varias de sus obras, digamos que como una huella del ímpetu creador o de lo que él mismo llamaría "un borbollón" de palabras y versos. Pero en Todo el códice, por inspiración de quién sabe qué dioses ancestrales, la intuición del poeta es tan alta que logra una plenitud de equilibrio entre forma y fuerza temática, es decir entre la estructuración bien cuidadosa del libro, de sus partes, y la contundencia de los contenidos de identidad (personal y nacional). Un primer rasgo de unidad y perfección orgánica es la división en tres libros: 1) "Luz en las piedras", 15 poemas; 11) "Reposo de tinieblas ", 15 poemas; Ill) "La ciudad en la luz ", 17 poemas. Los títulos mismos indican la oposición luz/tinieblas, que se corresponde con otras oposiciones temáticas: día y noche, hombre y mujer, códice y libro. Los tres libros quedan claramente hilados entre sí mediante prólogos y epílogos. Por ejemplo, el final del segundo libro es un epílogo titulado "Apunto de nacer" que es efectivamente el cierre de esta parte, pero también es un preludio de la parte o libro siguiente: conexiones lúcidas que arman un todo impecable.

Entre las virtudes de forma poética sorprende el ritmo ritual, la "música" limpia de los versos, que se asienta en fórmulas métricas de comprobada eficacia en la poesía española tales como el heptasílabo y el endecasílabo. El poeta logra una sonoridad ceremonial, con la cual se articulan los juegos de personas gramaticales, los tonos exhortativos o coloquiales, las elipsis y las yuxtaposiciones:

Tomad, es mi cantar. Os lo dejo. Os lo consagro.
Tomad, es mi oración, manantial de belleza,
si es que sirve el espejo donde se halla el anhelo ...

La metáfora justa para el pensamiento mágico es otro de los valores de estilo de Todo el códice: podrían llamarse toques de sinestesia cuscatleca: "Los tambores del agua se derriten. /Amanecen los cantos y suben -primaveras- por los cerros ... " Y pueden agregarse varias otras figuras típicas de la poesía realista, conversacional, de José Roberto Cea y los de su generación: ironías, personajes, variación de tonos, giros del habla popular, puntadas de humor... Poder de la poesía: mito y compromiso. Este es un litro de fuerza telúrica: a través del poeta hablan los más abuelos, los príncipes náhuat, mensajeros de la Madre Tierra. Su poder de significación y de convocatoria radica en la magia de los códices indígenas y en la virtud del canto, gracias al tejido vérsico personalísimo de José Roberto Cea, sobre todo en los dos primeros libros, los más ancestrales, se plasma una visión mitológica de Izalco y de Cuscatlán (El Salvador). En sus versos desfilan los símbolos arcaicos de la fauna y la flora sagradas de los nahua-pipiles: el venado, el caracol y los pumas; el amate, el bálsamo, el cacao, el maíz; las chirimías, los atabales, la luna, la danza ... Y esa deliciosa galería de brujos de Izalco, entre ellos la abuela y un tío del poeta.
Color local: Izalco. Color nacional: El Salvador. El libro evoluciona de lo antiguo indígena, cuyo santuario es /zaleo, hacia lo presente nacional: "Crónica salvadoreña ", el poema final, es una convocatoria y una profecía de la guerra que vendrá.
Otro de los ejes semánticos de Todo el códice es el fortísimo yo del poeta que se sabe a sí mismo un elegido. De ahí un cierto tono bíblico cuando se dice a él mismo en "Ritual del que recibe", versos que recuerdan versículos del Eclesiastés:

Templo para el amor. Templo fragante.
Templo para nacer. Templo de barro.
Templo para vivir. Templo de cifra dura.
Templo para morir. Templo de siempre.

Esa autoconciencia lo hace erigirse en la voz de la tribu, de la sociedad: por eso dictamina, exhorta, ritualiza. Es más: sabe que su voz deviene canto y la pone de piedra fundacional para una nueva ciudad. Así armado, de la palabra y del canto, va de lo ancestral a lo actual: por ello el tercer libro es el de mayor denuncia social, el más salvadoreño, frente a los dos anteriores que son los más izalqueños.
Su fuerza es el mito. Su sentido, el compromiso: con una raíz histórica, con los pobres de El Salvador, con los chamanes de Izalco, con los espejos de la identidad nacional. El crítico español César Aller afirma que Todo el códice "tiene en su modo de expresarse un rico léxico de palabras de allá, con las que abarca lo telúrico y lo mágico"," y el poeta chileno Miguel Arteche ve en este libro un planteamiento del "conflicto de dos civilizaciones, de dos culturas, de dos modos de aprehender la existencia sobre el territorio americano".
También en El Salvador la crítica ha consagrado esta obra como la ópera magna de José Roberto Cea. Su compañero de generación y hermano de luchas, Roberto Armijo (1937-1997) dice: "La belleza de sus poemas reside en su forma rica en matices, en tonos, en sinestesias.
Su sensibilidad dirige su inspiración... Poesía mágica". Y Matilde Elena López:
(1923) afirma del libro que "es el intento de hundirse en el pozo común del nahua, del alma colectiva de la tribu y emerger con la vena abierta del río antiguo para recoger la sangre sufriente de todas las víctimas del conflicto de hoy".
El propio poeta Cea, cierto acerca del peso de su poemario, aclara: “... no sólo es que asimila perfectamente ese tono que aún podemos percibir en la poesía maya, sino que lo traspone a una realidad mucho más próxima, a una supervivencia increíble de aquel estilo de vida."

Un libro de clara estirpe visto después de la guerra.

Para el lector que por primera vez se adentra en este códice total, modelo de sincretismo poético, será bueno recordar que fue escrito justo antes de la guerra de los doce años (1979-1991), cuando los poetas comprometidos no sólo la veían venir sino que platicaban con ella, con la guerra, como augurándola desde la parte popular, la de raíz indígena. Hay que leer, entonces, esta obra como un preludio de un huracán que ya pasó y que fue por ella no sólo perfectamente preludiado sino, más aún, trascendido hacia el momento actual de postguerra (finales del siglo XX): la ciudad del canto, que tiene hoy aún más vigencia como telón de fondo de la construcción de una verdadera paz.
A mi juicio, la clave principal de lectura de Todo el códice es la dialéctica nacional del ser y el no-ser: el conflicto entre tradición y modernidad, historia y utopía, indio y español: el mestizaje cruel de la "Crónica salvadoreña" en que viene a desembocar esta obra maestra. En una palabra: la identidad, el ser del poeta en función del ser nacional, y viceversa: un compromiso total:

El Salvador me duele.
Tanto me duele que lo quiero tanto.
y deseo vivido más, darle vuelta,
transformarlo de veras, ¡porque sí!
Porque se debe transformar.
Como está
ya no Sirve ...

Paradigma de la poética del compromiso, punto de encuentro del drama histórico con la revolución literaria que protagonizó la generación de Cea, Todo el códice es de la estirpe de los cantos mayores a la Madre Tierra. Sus pares contemporáneos son: Homenaje a los indios americanos, de Ernesto Cardenal (Nicaragua, 1925); Los nietos del jaguar, de Pedro Geoffroy Rivas (El Salvador, 1908); El jaguar y la luna, de Pablo Antonio Cuadra (Nicaragua, 1912); Los testimonios, de Roque Dalton, (El salvador, 1935-1975); obras que conjugan la raíz más profunda de nuestra nacionalidad mesoamericana. Regocijémonos, pues, de esta nueva edición de un libro tan total y tan nuestro.

Luis Melgar Brizuela


LA VASIJA SAGRADA
Que la vasija llora.
Que la vasija ríe.
Que copal.
O que los ríos se detienen, entran, se pasean
para adquirir memoria.
Tomo agua y la canto.
Esta música entra en un silencio
de barro congregado en una forma
para hallar el lenguaje de la sed.
Que no entre en silencio esa mirada.
Bramando sale un puma.
Que la sed.
Que vasija.
Que memoria.
Que no hay agua sagrada sin vasija sagrada.
Que los dioses tienen el recipiente puro.
Que se mira la vida en esta vida.
Que la vasija está donde se espera.

Fuente: Cea, J. R. (1998). Todo el Códice. (5ª. Ed.). San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos.

miércoles, 22 de junio de 2011

De Aquí en Adelante

                      Argueta, Armijo, Canales, Cea, Quijada Urias



Los Cinco ediciones, inicia sus labores con la publicación de esta obra llamada a constituir un jalón en la poética salvadoreña.
En el presente libro se recoge una selección de poemas de cinco poetas cuyos méritos son ya reconocidos en El Salvador, y forman parte del núcleo que fundó en el año 1956 el Círculo Literario Universitario.
DE AQUÍ EN ADELANTE, es un libro en el que están vertidos cinco estilos claramente diferenciados. Cada poeta tiene su modo de interpretar y expresar la vida. Pero cada una de estas individualidades es un elemento integrante de una tendencia poética definida y unificada, producto a su vez de una actitud de conducta específica.
Este aspecto es totalmente nuevo en la literatura salvadoreña, de ahí se desprende una de las características más sobresalientes de esta obra.
Los Cinco Ediciones, significa asimismo un esfuerzo que pretende llenar un vacío en nuestro medio. Por ello se espera que el lector acoja con la debida comprensión las aspiraciones de los editores.


                                                ENTREDICHO

CEA.- Esto es como incendiar las naves...
MANLIO.-... como quemar los puentes...
TIRSO.-... para no desandar lo caminado.
ARMIJO.- Porque si bien es cierto que habíamos

entrado a la literatura salvadoreña, ahora nos
quedamos definitivamente.

QUIJADA.- Aquí no hay retrocesos...
CEA.- Somos más responsables DE AQUI EN ADELANTE...
MANLIO.-- Por eso asumimos los riesgos.

TIRSO.-Atrás dejamos nuestras huellas...
CEA.-... y seguimos a lo desconocido que tanto conocemos.
QUIJADA.- En verdad, es difícil el quehacer literario...
MANLIO.-... pues ello implica la destrucción de nuestros pasos para construir los nuevos pasos.

ARMIJO.- En este país, para desentrañar las tendencias
de la literatura auténtica. es una necesidad rebelarse.

CEA.- Pero aquí no sólo hablamos de la rebelión literaria...
TIRSO.-Ni de la rebelión por la rebelión

MANLIO.- Que es otra manera de torremarfilismo.
ARMIJO.- El adjetivo es trascender...

CEA.-... para dejar la provincia, el mengalísmo. la cultura
oficial. ..

QUIJADA.-... sin valernos, en nuestra obra artística, del escritorio burocrático: (direcciones generales. ministerios. Etc.
TIRSO.- Sin etcéteras, hay que decirlo todo...
MANLIO.-... no hay necesidad. los aludidos se encontrarán
a flor de tinta.

ARMIJO·- Claro está.
CEA.- Si; porque hay buenas personas con mala literatura.
QUIJADA.- Buena literatura en buenas personas.
TIRSO. - Mala literatura en malas personas.
MANLIO.- Regular literatura en regulares personas
ARMIJO.-
y hay literatura entre comillas.
TIRSO. - Quedemos claros...
CEA.-... la literatura debe tener mucha vida.
QUIJADA.- Mucha pasión.

MANLIO.- Mucha sangre.
CEA.- Cojones para poner en evidencia la verdad.
ARMIJO.- en síntesis: Humanismo.

MANLIO.- Nosotros, cuando decimos cabroncitos, lo
decimos con el alma. "

QUIJADA.- Por eso nos damos el lujo de no gustar
a otros.

CEA.- Es que somos desenfadados, antísolemnes.
puros, llenos de laberintos.
TIRSO.- y serios, por sobre todas las cosas.
ARMIJO.- Como creadores de cultura, responsables.
MANLIO.- Vivimos en un medio donde el
bayunquísmo ha erigido su mejor monumento.
CEA.- Esto quiere decir, permiso para la mentira, la
falta de humor; para no dejar la máscara, así
como no dejar el cuello duro y engolado, ni en la
hora de dormir.

TIRSO.- Esa es una manera de seguir en el usufructo
de los bienes nacionales, una manera de

caer bien...
ARMIJO.-... a las minorías incultas que han
detentado el poder público hasta la fecha.

QUIJADA.- Nosotros sólo aspiramos a realizamos
por la obra literaria, y que nuestro país
trascienda en ella.

MANLIO.- Pues la obra de arte es un fin y un medio...
CEA. - ... y no un medio y un fin para saltar a

posiciones "altas".
TIRSO. - Lo anterior no es iconoclasia...
ARMIJO.-... desde luego.

TIRSO.- Es una manera de poner a cada quien
en su sitio...

CEA.- sin ponerle ni quitarle nada a nadie.
ARMIJO.- No sería racional, si no aspiramos a la
herencia de todo aspecto positivo que hay
en el anterior proceso de la literatura y
el arte nacionales...

MANLIO.- '" si no aprovechamos los actuales
hallazgos...

CEA. - '" si no nos sirviésemos de las experiencias
aportadas por el quehacer artístico de otros
pueblos, en las obras de sus escritores y
artistas.

TIRSO. - Estaríamos completamente en el aire -es
decir en la nada- si no supiéramos
apoyarnos en el precedente cultural. ..

QUIJADA.-... que es parte de la historia y del
espíritu de nuestro pueblo.

ARMIJO·- Queda claro, pues, que no es la negación
por la negación.

CEA. - ... sino la negación para servirnos de ella y
seguir adelante, es decir: destruir construyendo...

TIRSO. - Ley dialéctica necesaria en todo proceso de
desarrollo cultural.
QUIJADA. - Otra cosa...
MANLIO.- Como tenemos el tejado de vidrio.
CEA.- '" lanzamos la primera piedra.
ARMIJO.- No somos grandes...

EN CORO. - Pero somos.

Fuente:  Argueta, M., Armijo. R., Canales, T., Cea, J. R. y Quijada Urías, A. (1967). De Aquí en Adelante. San Salvador: Los Cinco Ediciones.

lunes, 20 de junio de 2011

Jícaras Tristes

                                                    Alfredo Espino



NOTA EDITORIAL



Sin duda Alfredo Espino es el poeta que más ha sabido cautivar el corazón del pueblo con perennidad, en íntima comunión con sus amarguras y alegrías. Todas las anteriores ediciones de Jícaras tristes -desde la primera, hecha por la Universidad de El Salvador en 1936- han sido agotadas en poco tiempo.

Alfredo Espino nació en Ahuachapán el 8 de enero de 1890 y murió en San Salvador el 24 de mayo de 1928. Su sensibilidad capta el paisaje y el ambiente salvadoreño y lo devuelve con fuerza expresiva, sin olvidar la ternura que más bien está en el trasfondo de cada uno de sus poemas. La temática de Alfredo Espino está hecha de todas las cosas con que el hombre se encuentra en su trajín por la geografía salvadoreña: el pájaro, el volcán, el cañaveral, la tarde, el valle, el río, los bueyes o el rancho.El  poeta es aquí un espectador atento a los detalles que le rodean. Es también un ojo que los captura y estampa, que los vuelca emocionado, con frescura y sencillez, con fidelidad fecunda. Integra en sus versos todo lo que es nuestro. Hace que el hombre de la ciudad recupere el verdor extraviado entre los horarios y el asfalto. Al hombre del agro logra devolverle poéticamente su ambiente cotidiano, duro las más de las veces. De este forma, la delectación del salvadoreño es la tierra, su tierra joven y antigua, tibia y alambrada; la tierra de donde todos procedemos.
He aquí, pues, una nueva edición de Jícaras tristes, una obra juvenil escrita junto al latido del corazón del pueblo en poemas que enternecen a nuevas y viejas generaciones. Poesía que no conoce tiempo...

Fuente: Espino, A. (2008). Jícaras Tristes. San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos.


LA SENSIBILIDAD LlRICA DE ALFREDO ESPINO

Para Alfredo Espino, el terruño era la fuente suprema de la inspiración. Dotado de excepcionales condiciones para el verso, escribió una obra de formas y contenidos irregulares, proclive en algún caso a la canción fácil, a la rima forzada cuando no a la descripción obvia del paisaje. Tal hecho se explica en razón de que toda su poesía es de adolescencia. El poeta vivió un poco más de los 28 años, muchos de los cuales los pasó en Ahuachapán y Santa Ana, y otros en San Salvador donde cursó la carrera de leyes en un ambiente de bohemia, como se estilaba en aquellos tiempos.
No obstante que Espino, hijo del poeta Alfonso Espino y de la educadora Enriqueta Najarro, escribió únicamente 96 poemas, algunos publicados en periódicos y revistas de la época, su obra constituye un importante punto de partida y análisis en la historia literaria del país. Gracias al entusiasmo de su padre, la generosidad de Masferrer que leyó la recopilación de trabajos sueltos, y el apoyo de un grupo de amigos y admiradores, sus poemas se reunieron en un pequeño libro al que se llamó JICARAS TRISTES en 1930 y el cual no se publicó sino hasta seis años después bajo el patrocinio de la Universidad de El Salvador, en los Talleres Gráficos Cisneros. Este poemario, dividido en seis partes: Casucas, Auras del Bohío, Dulcedumbre, Panoramas y Aromas, Pájaros de leyenda, El Alma del Barrio, causó tal impacto en los medios cultos del país que, en pocos años, se convirtió en el libro preferido de diversas capas de la sociedad salvadoreña. La oficialización de los poemas de Espino es un fenómeno aún no explicado por quienes se dedican a la crítica literaria.
Jícaras Tristes ha sido, y es, libro de referencia en la escuela primaria y secundaria de El Salvador. Diríase que en él hemos aprendido a leer la mayoría de salvadoreños, de 1936 a
esta fecha. Los poemas han sido popularizados al grado de que, en ocasiones diversas, como muestra de "poesía salvadoreña", se recitan los versos quizá de menor valía de Alfredo Espino. La culpa no es suya, ni de los recopiladores de la obra póstuma, sino del apego tradicional a la concepción romántico-vernacular que de las letras se ha tenido, con mayor énfasis en las esferas docentes. Más que a "imposición", el agrado por la poética de Alfredo Espino se deriva de la propia sensibilidad nacional, cuyos temas y desarrollos están plenamente satisfechos en Jícaras Tristes.
Hay que explicar, también, que los poemas juveniles de Alfredo Espino reflejan una situación personal, anímica, y que los mismos fueron escritos en un medio social muy próximo al feudalismo agrario. Su visión de la realidad rural no corresponde a la verdad plena: el poeta ve, siente, recoge "piedras preciosas" donde hay guijarros y hambre. El paisaje bellísimo de El Salvador, exhuberante, lleno de luces y colores, atrapa la sensibilidad lírica y romántica de Espino y lo sumerge en un mar de imágenes y metáforas, muchas de ellas de un extraordinario valor literario. Esta inversión del hecho social, el espacio y sus gentes, es conocido como la poetización de la realidad y no es que Espino deliberadamente haya ocultado el drama, sensible y cristiano como era; simplemente, para él todo debería ser belleza, pues si la naturaleza era pródiga, igual debería ser el alma humana y el sistema social. En uno de los poemas más divulgados, Ascensión, nos da su visión del hombre y el mundo: "Cumbres, divinas cumbres, excelsos miradores/ Qué pequeños los hombres. No llegan los rumores/ de allá abajo, del cieno; ni el grito horripilante/ con que aúlla el deseo, ni el clamor desbordante/ de las malas pasiones... lo rastrero no sube/ esta cumbre es el reino del pájaro y la nube/o La elevación espiritual es aquí el símbolo poético, no la cumbre en sí, sino el alcanzar un grado de perfección moral, ético, y desde allí ver y vivir de otro modo la existencia, siempre dolida de extraños paraísos. Espino, influido por Darío en los aspectos métricos, y, desde luego, por motivaciones románticas, panteístas, sensuales y a la vez místicas (recuérdense Los Motivos del Lobo), recogió a la inversa del gran poeta nicaragüense, no la estampa versallesca, sino la estampa criolla, salvaje, bárbara y hermosa.
Al igual que Darío para los nicaragüenses, Espino se ha tornado por el gusto popular, en "nuestro paisano inevitable". Llamado por Masferrer (el primero en señalar los versos mediocres) "una lira hecha hombre", ha recibido el elogio de casi todos los escritores salvadoreños: Claudia Lars, Trigueros de León, Hugo Lindo, Gallegos Valdés, Oswaldo Escobar Velado, Hernández Aguirre, Cristóbal Humberto Ibarra, para citar unos cuantos.
¿Por qué esta consagración? ¿Por qué esta calificación de "poeta nacional", "cantor de las cosas sencillas del terruño"? ¿Por qué esa devoción de la mayoría de los lectores hacia Alfredo Espino? La reflexión cabe ahora que la literatura salvadoreña se orienta por otros rumbos, alejados de lo bucólico, lo folklórico, lo meramente descriptivo, en un intento de superar el paisaje y recoger la voz del hombre que, hoy más que nunca, reclama, exige, un pedazo de tierra, un rancho, una vida propia producto del trabajo bien remunerado, y por qué no "un lucero, un te quiero y un cafetalito en flor"?
Los 96 poemas de Jícaras Tristes se salvan del fuego crítico por la emoción desnuda del joven poeta. Su lirismo se recrea en la "indiana musa" y el amor se traslada, en sencillos madrigales, romances, letrillas y sonetos, a las cosas rurales. Nada se escapa a su ojo de acuarelista: el río, la montaña, el bosque al amanecer, los ranchos a la orilla de los caminos, los pájaros, el olor de albahaca, los labriegos enfiestados con sus cotones de manta, "el ternerito que viene, se arrodilla al borde del estanque, y al doblar la testuz, por beber agua limpia, bebe agua y bebe luz ... " Ese apego  a  la tierruca, a los elementos terrestres, está envuelto en una neblina de melancolía, el mal del siglo. Así, su obra más lograda descansa en la observación y descripción del paisaje, incorporando a éste al hombre como un elemento que se confunde con lianas, bejucos, lluvias y sueños adolescentes. El candor, la inocencia, la placidez bucólica no corresponden a un agro en crisis, con un producto que fluctúa en el mercado internacional: el café, y del cual vive y por el cual sufre la peonada en los bohíos. Esta evasión tal vez ya fue explicada, justificada acaso en párrafos anteriores. El poeta Espino no ve las cosas sociológicamente, sino como rotos cristales de un arcoíris.
Debe advertirse que en la última parte del libro, la que lleva por título El Alma del Barrio, sin proponérselo Espino habla del arrabal, de la tristeza de las gentes, de los traficantes de vicios, de los mercaderes del amor, de los desheredados para quienes la vida nada guarda excepto "los lechos de hospitales y el frío de la tierra" (Suburbio) y de /aquella muchachita pálida que vivía pidiendo una limosna, de mesón en mesón, en un umbral la hallaron al despuntar el día, I con las manitas yertas y mudo el corazón/ (La muchachita Pálida).
La poesía de Espino está enraizada en el corazón del pueblo salvadoreño, forma parte de su cultura, de su modesto bagaje literario. Sus octosílabos v sus endecasílabos. Metros preferidos del escritor, han calado hondo en la sensibilidad nacional. ¿Por los temas? ¿Por la sonoridad y plasticidad de imágenes? ¿Por la emotividad rural, provinciana, local ?Por todo eso, y más. Lástima que no sean sus mejores versos los "popularizados", sino aquellos que caen en la sensiblería de ayer. Lo mismo ocurre con Darío.
Pero he aquí que nuestro "paisano inevitable", el Alfredo Espino de El Nido, Vientos de Octubre y Las Manos de mi Madre, sea reclamado en un intento de recrear lo nuestro, lo agrario y pueblerino aún no superado, lo que aún vivimos, en lo que somos y en lo que nos movemos. Para nuestro gusto citaríamos: Ascensión sin esos aires declarnatorios de velada escolar, Cantemos lo Nuestro como definitorio de su "ars poética", la primera parte de Esta era un Ala, Un Rancho y un Lucero en la misma línea de su expresividad lírica, La Tarde en el Pueblo, Aires Poblanos, Mañanita en los Cerros, La Estrella en el Río, Cañal en Flor, Con el Alma Descalza, Para Entonces, Después de la Lluvia, Los Pericos Pasan por la novedad métrica y la aproximación a la vanguardia post-rnodernista, La Muchachita Pálida por su sentido social, y el estupendo Idilio Bárbaro. La re-lectura de Espino nos ha dejado la reminiscencia de años idos en patios escolares, de voces que parecen salir de un bosque, de mangos verdes, jocotes de corona, nísperos y fiestas y gallardetes el "día de cruz", aguafuertes de Mejía Vides, casitas blancas al mediodía y vientos alegres, transparentes. También, en otro orden, una resonancia de José Martí, José Asunción Silva, Guillermo Valencia, Gustavo Adolfo Bécquer, José Santos Chocano. Amado Nervo, Rubén Darío y Julio Herrara Reising y Leopoldo Luqones, aunque en forma categórica Espino es él y su circunstancia, con una autenticidad que sólo la da el apegarse a una concepción vital, deI hombre, la sociedad y el mundo.

ITALO LOPEZ VALLECI LLOS

Fuente: Espino, A. (1992). Jícaras Tristes. (8a. Ed.). San Salvador: UCA Editores.



UN RANCHO Y UN LUCERO

Un día -¡primero Dios!-
has de quererme un poquito.
Yo levantaré el ranchito
en que vivamos los dos.
¿Qué más pedir? Con tu amor,
mi rancho, un árbol, un perro,
y enfrente el cielo y el cerro
y el cafetalito en flor...
y entre aroma de saúcos,
un zenzontle que cantara
y una poza que copiara
pajaritos y bejucos.
Lo que los pobres queremos,
lo que los pobres amamos,
eso que tanto adoramos
porque es lo que no tenemos...

Con sólo eso, vida mía;
con sólo eso:
con mi verso, con tu beso,
lo demás nos sobraría ...
Porque no hay nada mejor
que un monte, un rancho, un lucero,
cuando se tiene un "te quiero"
y huele a sendas en flor...

EL NIDO

Es porque un pajarito de la montaña ha hecho,
en el hueco de un árbol su nido matinal,
que el árbol amanece con música en el pecho,
como que si tuviera corazón musical. ..
Si el dulce pajarito por entre el hueco asoma,
para beber rocío, para beber aroma,
el árbol de la sierra me da la sensación
de que se le ha salido, cantando, el corazón ...


LAS MANOS DE MI MADRE

Manos las de mi madre, tan acariciadoras,
tan de seda, tan de ella, blancas y bienhechoras ...
¡Sólo ellas son las santas, sólo ellas son las que aman,
las que todo prodigan y nada me reclaman!
¡Las que por aliviarme de dudas y querellas,
me sacan las espinas y se las clavan ellas!
Para el ardor ingrato de recónditas penas,
no hay como la frescura de esas dos azucenas.
¡Ellas cuando la vida deja mis flores mustias
son dos milagros blancos apaciguando angustias!
y cuando del destino me acosan las maldades,
son dos alas de paz sobre mis tempestades ....
¡Ellas son las celestes; las milagrosas, ellas,
porque hacen que en mi sombra me florezcan estrellas!
Para el dolor, caricias; para el pesar, unción:
¡son las únicas manos que tienen corazón!
(Rosal de rosas blancas de tersuras eternas:
aprended de blancuras en las manos maternas).
Yo que llevo en el alma las dudas escondidas,
cuando tengo las alas de la ilusión caídas,
¡ las manos maternales aquí en mi pecho son
como dos alas quietas sobre mi corazón!
¡Las manos de mi madre saben borrar tristezas!
¡Las manos de mi madre perfuman con ternezas!

Fuente: Espino, A. (2003). Jícaras Tristes. (3a. Ed.). San Salvador: Clásicos Roxsil.