viernes, 24 de junio de 2011

Todo el Códice

                                                  José Roberto Cea

                   PRESENTACIÓN

Nacido en Izalco, la capital del antiguo señorío indígena que dio combate a los conquistadores españoles, José Roberto Cea (1939) alcanzó con este libro el más alto rango de mestizaje poético: hizo de la poesía española instaurada en Mesoamérica un ritual nahua- pipil, con brujos y todo el códice del ancestro nacional.
Tiene el lector en sus manos la segunda edición de la obra maestra de Cea: Todo el códice, un libro que representa, para el autor y para su grupo – la famosa "Generación Comprometida"- un salto de calidad a planos internacionales. El libro se publicó en Madrid, en 1968, por Ediciones Cultura Hispánica, Colección Premio "Leopoldo Panera", y fue saludado por la crítica española y latinoamericana como un triunfo de la poesía salvadoreña.

Era el momento de plenitud de la generación de Cea, bautizada por ellos mismos como "Comprometida", en 1956, el año de su asunción en la historia literaria salvadoreña. A estas alturas -1968- se había visto claro que entre ellos, dos eran las voces de máxima competencia en el género poesía: la de Roque Dalton García (1935-1975) Y la de José Roberto Cea. Ambos precoces, prolíficos, radicalmente originales. Más intelectual Dalton, más intuitivo Cea; más para mestizos-blancos el primero, más para mestizos-indios el segundo. Cea es un ejemplo de vitalidad, así en su hacer profesional -editor, conferencista, embajador de la literatura nacional- como en su producción literaria: más de 30 libros en todos los géneros literarios, varios de ellos editados numerosas veces, sin contar revistas, fascículos, antologías, recitales, ponencias en eventos internacionales, y su presencia en el medio escolar a través de textos didácticos y ediciones de precio accesible. Incansable, optimista, crítico, propositivo, ejerce amplia influencia cultural en El Salvador y en Centroamérica, sobre todo en los sectores populares o "de izquierda ", donde se le ve como a un gurú poético o "gran lengua" de la escritura revolucionaria.

Entre sus obras mejor logradas podemos mencionar, por géneros: En poesía: Los días enemigos (1965); Mester de picardía (1977); Misa mitin (1977); Los pies sobre la tierra de preseas (1984); La guerra nacional (1992); Cantar de los cantares y otros boleros (1993).
En narrativa: Ninel se fue a la guerra (novela, 1984); En este paisito nos tocó y no me corro (novela, 1989); Dime con quién andas y... (novela, 1989); De la Guanaxia irredenta (cuentos, 1989); Sihuapil Taquetzali (novela, 1997). En teatro: Las escenas cumbres (1968); Memoria en carne propia (1990). En ensayo: De la pintura en El Salvador (1986); Teatro en y de una comarca centroamericana (1993).

Intuición y equilibrio formal: un milagro.

David Escobar Galindo ha dicho con respecto a Cea que "se trata de un poeta que no cuida la forma pero mantiene el vigor del contenido"; y Manlio Argueta, que su lenguaje es "no siempre bien cuidado, pero lleno de efectos que provienen de las entrañas del habla popular". En general, el señalamiento de cierto descuido en la forma parece admisible en varias de sus obras, digamos que como una huella del ímpetu creador o de lo que él mismo llamaría "un borbollón" de palabras y versos. Pero en Todo el códice, por inspiración de quién sabe qué dioses ancestrales, la intuición del poeta es tan alta que logra una plenitud de equilibrio entre forma y fuerza temática, es decir entre la estructuración bien cuidadosa del libro, de sus partes, y la contundencia de los contenidos de identidad (personal y nacional). Un primer rasgo de unidad y perfección orgánica es la división en tres libros: 1) "Luz en las piedras", 15 poemas; 11) "Reposo de tinieblas ", 15 poemas; Ill) "La ciudad en la luz ", 17 poemas. Los títulos mismos indican la oposición luz/tinieblas, que se corresponde con otras oposiciones temáticas: día y noche, hombre y mujer, códice y libro. Los tres libros quedan claramente hilados entre sí mediante prólogos y epílogos. Por ejemplo, el final del segundo libro es un epílogo titulado "Apunto de nacer" que es efectivamente el cierre de esta parte, pero también es un preludio de la parte o libro siguiente: conexiones lúcidas que arman un todo impecable.

Entre las virtudes de forma poética sorprende el ritmo ritual, la "música" limpia de los versos, que se asienta en fórmulas métricas de comprobada eficacia en la poesía española tales como el heptasílabo y el endecasílabo. El poeta logra una sonoridad ceremonial, con la cual se articulan los juegos de personas gramaticales, los tonos exhortativos o coloquiales, las elipsis y las yuxtaposiciones:

Tomad, es mi cantar. Os lo dejo. Os lo consagro.
Tomad, es mi oración, manantial de belleza,
si es que sirve el espejo donde se halla el anhelo ...

La metáfora justa para el pensamiento mágico es otro de los valores de estilo de Todo el códice: podrían llamarse toques de sinestesia cuscatleca: "Los tambores del agua se derriten. /Amanecen los cantos y suben -primaveras- por los cerros ... " Y pueden agregarse varias otras figuras típicas de la poesía realista, conversacional, de José Roberto Cea y los de su generación: ironías, personajes, variación de tonos, giros del habla popular, puntadas de humor... Poder de la poesía: mito y compromiso. Este es un litro de fuerza telúrica: a través del poeta hablan los más abuelos, los príncipes náhuat, mensajeros de la Madre Tierra. Su poder de significación y de convocatoria radica en la magia de los códices indígenas y en la virtud del canto, gracias al tejido vérsico personalísimo de José Roberto Cea, sobre todo en los dos primeros libros, los más ancestrales, se plasma una visión mitológica de Izalco y de Cuscatlán (El Salvador). En sus versos desfilan los símbolos arcaicos de la fauna y la flora sagradas de los nahua-pipiles: el venado, el caracol y los pumas; el amate, el bálsamo, el cacao, el maíz; las chirimías, los atabales, la luna, la danza ... Y esa deliciosa galería de brujos de Izalco, entre ellos la abuela y un tío del poeta.
Color local: Izalco. Color nacional: El Salvador. El libro evoluciona de lo antiguo indígena, cuyo santuario es /zaleo, hacia lo presente nacional: "Crónica salvadoreña ", el poema final, es una convocatoria y una profecía de la guerra que vendrá.
Otro de los ejes semánticos de Todo el códice es el fortísimo yo del poeta que se sabe a sí mismo un elegido. De ahí un cierto tono bíblico cuando se dice a él mismo en "Ritual del que recibe", versos que recuerdan versículos del Eclesiastés:

Templo para el amor. Templo fragante.
Templo para nacer. Templo de barro.
Templo para vivir. Templo de cifra dura.
Templo para morir. Templo de siempre.

Esa autoconciencia lo hace erigirse en la voz de la tribu, de la sociedad: por eso dictamina, exhorta, ritualiza. Es más: sabe que su voz deviene canto y la pone de piedra fundacional para una nueva ciudad. Así armado, de la palabra y del canto, va de lo ancestral a lo actual: por ello el tercer libro es el de mayor denuncia social, el más salvadoreño, frente a los dos anteriores que son los más izalqueños.
Su fuerza es el mito. Su sentido, el compromiso: con una raíz histórica, con los pobres de El Salvador, con los chamanes de Izalco, con los espejos de la identidad nacional. El crítico español César Aller afirma que Todo el códice "tiene en su modo de expresarse un rico léxico de palabras de allá, con las que abarca lo telúrico y lo mágico"," y el poeta chileno Miguel Arteche ve en este libro un planteamiento del "conflicto de dos civilizaciones, de dos culturas, de dos modos de aprehender la existencia sobre el territorio americano".
También en El Salvador la crítica ha consagrado esta obra como la ópera magna de José Roberto Cea. Su compañero de generación y hermano de luchas, Roberto Armijo (1937-1997) dice: "La belleza de sus poemas reside en su forma rica en matices, en tonos, en sinestesias.
Su sensibilidad dirige su inspiración... Poesía mágica". Y Matilde Elena López:
(1923) afirma del libro que "es el intento de hundirse en el pozo común del nahua, del alma colectiva de la tribu y emerger con la vena abierta del río antiguo para recoger la sangre sufriente de todas las víctimas del conflicto de hoy".
El propio poeta Cea, cierto acerca del peso de su poemario, aclara: “... no sólo es que asimila perfectamente ese tono que aún podemos percibir en la poesía maya, sino que lo traspone a una realidad mucho más próxima, a una supervivencia increíble de aquel estilo de vida."

Un libro de clara estirpe visto después de la guerra.

Para el lector que por primera vez se adentra en este códice total, modelo de sincretismo poético, será bueno recordar que fue escrito justo antes de la guerra de los doce años (1979-1991), cuando los poetas comprometidos no sólo la veían venir sino que platicaban con ella, con la guerra, como augurándola desde la parte popular, la de raíz indígena. Hay que leer, entonces, esta obra como un preludio de un huracán que ya pasó y que fue por ella no sólo perfectamente preludiado sino, más aún, trascendido hacia el momento actual de postguerra (finales del siglo XX): la ciudad del canto, que tiene hoy aún más vigencia como telón de fondo de la construcción de una verdadera paz.
A mi juicio, la clave principal de lectura de Todo el códice es la dialéctica nacional del ser y el no-ser: el conflicto entre tradición y modernidad, historia y utopía, indio y español: el mestizaje cruel de la "Crónica salvadoreña" en que viene a desembocar esta obra maestra. En una palabra: la identidad, el ser del poeta en función del ser nacional, y viceversa: un compromiso total:

El Salvador me duele.
Tanto me duele que lo quiero tanto.
y deseo vivido más, darle vuelta,
transformarlo de veras, ¡porque sí!
Porque se debe transformar.
Como está
ya no Sirve ...

Paradigma de la poética del compromiso, punto de encuentro del drama histórico con la revolución literaria que protagonizó la generación de Cea, Todo el códice es de la estirpe de los cantos mayores a la Madre Tierra. Sus pares contemporáneos son: Homenaje a los indios americanos, de Ernesto Cardenal (Nicaragua, 1925); Los nietos del jaguar, de Pedro Geoffroy Rivas (El Salvador, 1908); El jaguar y la luna, de Pablo Antonio Cuadra (Nicaragua, 1912); Los testimonios, de Roque Dalton, (El salvador, 1935-1975); obras que conjugan la raíz más profunda de nuestra nacionalidad mesoamericana. Regocijémonos, pues, de esta nueva edición de un libro tan total y tan nuestro.

Luis Melgar Brizuela


LA VASIJA SAGRADA
Que la vasija llora.
Que la vasija ríe.
Que copal.
O que los ríos se detienen, entran, se pasean
para adquirir memoria.
Tomo agua y la canto.
Esta música entra en un silencio
de barro congregado en una forma
para hallar el lenguaje de la sed.
Que no entre en silencio esa mirada.
Bramando sale un puma.
Que la sed.
Que vasija.
Que memoria.
Que no hay agua sagrada sin vasija sagrada.
Que los dioses tienen el recipiente puro.
Que se mira la vida en esta vida.
Que la vasija está donde se espera.

Fuente: Cea, J. R. (1998). Todo el Códice. (5ª. Ed.). San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos.

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