viernes, 29 de julio de 2011

Apreciación Sociológica de la Independencia Salvadoreña


                                                   Alejandro Dagoberto Marroquín

                             NOTA INTRODUCTORIA

A fines de 1811, San Salvador es un hervidero. La gente sale a las calles, los rumores circulan por todos lados y los funcionarios reciben amenazas. Todo eso ocurre durante la primera insurrección patriótica en el Reino de Guatemala. «Se han tejido una serie de leyendas y fábulas que, aureoladas con el prestigio de una pretendida tradición, tratan de presentarnos el movimiento del 5 de noviembre como la obra perfectamente planificada de los eximios patriotas Delgado, Arce, Lara, etc.», dice Alejandro Dagoberto Marroquín. Con ese antecedente, Marroquín busca una interpretación diferente de 1811 y de todo el proceso salvadoreño de independencia. Y la consigue. El enfoque sociológico de inspiración marxista sirve de marco para elaborar un panorama novedoso de la emancipación política.
Apreciación sociológica de la Independencia salvadoreña se publica en 1964. Entonces, como su autor señala, la historiografía en el país se encuentra dominada por versiones legendarias. Marroquín toma un camino inédito y presenta, como el título indica, un panorama sociológico de los movimientos patrióticos. Por esa vía llega a nuevas explicaciones que si bien aparecen con excesos de esquematismo, contribuyen a comprender aspectos fundamentales de la emancipación. Los hechos políticos salen del esquema cronológico para insertarse en un marco social que ayuda a aclararlos.
Dos declaraciones, una independencia. La independencia es «un proceso revolucionario que se inicia en 1811 y culmina en 1821 ». Con esa frase abre Marroquín la Apreciación. Cuando los habitantes de San Salvador asisten a los tribunales para declarar sobre 1811 y 1814 no vacilan en identificar los sucesos del 5 de noviembre como «la primera revolución». Ellos saben que el movimiento es un desafío a, un orden de 300 años. Cuando se produce el rompimiento del 15 de septiembre hay pocos cambios sociales, como Marroquín indica, pero se registra una mutación política de grandes proporciones.
¿Cómo llamar al derrumbe de un sistema de larga duración?
Si el proceso comienza en 1811, ¿cuándo termina? ¿En 1821 ó 1823? Para Marroquín, 1821 es el año final. El 15 de septiembre, los líderes reunidos en Guatemala toman acuerdos contradictorios. Un congreso futuro debe decidir sobre el nuevo Estado y, al mismo tiempo, el jefe político debe jurar la Independencia. Dos años después el panorama es diferente. En ese par de años se produce el frustrado intento de anexión al imperio mexicano. San Salvador resiste con las armas, la diplomacia y con maniobras de todo tipo. Al final, los bandos dé la Independencia se han decantado. Los representantes centroamericanos, reunidos en asamblea, acuerdan sin rodeos la independencia de España y de cualquier otro gobierno el 1 de julio de 1823. Entonces se cierra la etapa política abierta el 5 de noviembre de 1811.

El imperio de la crisis

En la Apreciación hay un resumen esclarecedor de la precariedad del gobierno colonial durante su último periodo. Los fondos escasean y no hay a dónde echar mano para hacer frente a las dificultades. Centroamérica vive bajo una crisis y su principal producto de exportación, el añil, está embodegado porque no puede salir al mercado exterior. A la par de la crisis económica se presenta la política, como consecuencia de la debacle de la familia real y de la ocupación de las tropas francesas en el territorio español.
La crisis golpea a la Intendencia de San Salvador. La provincia presenta más cohesión que otras por el predominio del mestizaje y la considerable presencia de los agricultores añileros.
La circunstancia -dice Marroquín- «de que en esta provincia fueran los criollos, en su mayoría, grandes propietarios añileros y de ser además, el añil el artículo fundamental de exportación hizo que fuera San Salvador el núcleo central del descontento de la lucha contra las metrópolis por ser allí, precisamente, donde con más agudeza se sentían los nocivos efectos de la equivocada política económica de España».
La Intendencia de San Salvador es una zona añilera. No sólo están los grandes productores que Marroquín menciona, sino también y, en mayor cantidad, los pequeños, llamados «poquiteros»  y los dos grupos se encuentran arruinados por la crisis y con los ánimos dispuestos al cambio.

Grupos sociales y corrientes políticas

El análisis de Marroquín sobre las agrupaciones en la sociedad centroamericana parte de un punto central: «las clases sociales durante la colonia se presentan ocultas bajo las formas de categorías étnicas». Cinco grandes estratos intervienen en la vida cotidiana y las luchas políticas: españoles, criollos, mestizos, mulatos e indios. Marroquín agrega subdivisiones en las cinco agrupaciones principales. Si pueden ser útiles para una apreciación sociológica, aportan poco al análisis de las luchas políticas de la época. Además, la atribución de una invariable modalidad de acción a cada estrato aparece como un exceso. En especial durante la segunda parte del libro, criollos y mestizos tienen adjetivos estáticos. Los primeros son «reformistas» y reclaman un régimen monárquico constitucional, mientras los segundos son «revolucionarios» y abogan por la independencia absoluta. Y bajo esa óptica aparecen las insurrecciones de 1811 y 1814.
Sin embargo, criollos y mestizos aparecen moviéndose bajo el influjo de diferentes corrientes políticas en las acciones que libran contra el sistema colonial. Estas se extienden a través de las redes coloniales de organización social y tienden a tomar fuerza conforme evolucionan los acontecimientos. En 1811, el proyecto de la monarquía constitucional tiene seguidores en San Salvador. Existen suficientes indicios para suponer que también existe otra corriente más radical, pero con un respaldo minoritario. Por otro lado, la lucha que se libra no tiene antecedentes, es una experiencia primeriza y oscilante. Sus protagonistas actúan con tanteos y vacilaciones, como en los sucesos de 1811. Esas condiciones aparecen en la proclama que se redacta para dar cuenta de la insurrección. El documento es un testimonio de los hechos, así como de las diferencias que hay entre las corrientes. Marroquín destaca las partes del acta que se refieren al rol apaciguador de los líderes criollos y sus declaraciones de fidelidad a la Corona. A partir de ese análisis postula que ellos son apaciguadores, mientras los mestizos quieren la independencia. Pero en otras ciudades de América, la rebelión también se desata invocando el nombre de Fernando VII.
El bando patriótico de San Salvador no es uniforme, una corriente quiere moderación y otra busca ampliar el desafío, pero así como hay criollos radicales, hay mestizos moderados.
Además, en San Salvador, cuando se redacta el documento todavía no se conoce la reacción del Capitán General en Guatemala ni de las otras ciudades de la Intendencia.
Durante los días de noviembre, los dos grupos participan en la insurrección. Después de destituir al jefe de gobierno, a lo largo de un mes, sostienen agudos debates sobre los pasos siguientes del movimiento. Al final, una corriente esperanzada con la monarquía constitucional obtiene un triunfo parcial, pero notable. Con la colaboración del ayuntamiento de Guatemala logra que el capitán general José Bustamante apruebe una nueva modalidad de gobierno para la ciudad, a la que llama «sistema de conciliación prudencial».
El 3 de diciembre entran a San Salvador los nuevos gobernantes: José Aycinena y José María Peinado. El primero es miembro de una familia principal de Guatemala, la única que posee un título de nobleza, y el segundo es un líder intelectual de los criollos. «Así terminó el hermoso movimiento popular de noviembre de 1811, frustrado por la intervención criolla», comenta Marroquín. La conclusión se ajusta a su esquema, pero se queda corta ante la compleja evolución política y el desenlace del movimiento. El desenlace de 1811 es excepcional y se inscribe dentro de las expectativas despertadas en Centroamérica por la asamblea constitucional reunida en Cádiz: De acuerdo con los testimonios presentados en los juicios que después se siguen contra los implicados, San Salvador es un hervidero político en noviembre. Durante un mes hay debates encendidos que libran, al menos, dos corrientes: una autónoma constitucionalista y otra más proclive a la independencia. Una y otra cambian sus posiciones de acuerdo a como se presentan los acontecimientos. La independencia absoluta todavía no es la bandera indiscutible de los criollos ni los mestizos. Menos cuando se conoce la actitud contraria de otras ciudades, como San Vicente y San Miguel. Entonces hay vacilación y gana terreno la primera corriente, inclinada por forjar un acuerdo con las autoridades de Guatemala. Logran el acuerdo que es una novedad en el Reino centroamericano.
A San Salvador llegan Aycinena y Peinado como gobernantes. El primero tiene intereses comerciales y agrícolas en la Intendencia que son conflictivos con los de los productores salvadoreños. Al mismo tiempo forma parte de la corriente constitucionalista. En cambio, el segundo es el autor de las Instrucciones elaboradas por el ayuntamiento de Guatemala para sus representantes en España. Esas Instrucciones constituyen un manifiesto fundacional de la corriente constitucionalista. Para Bustamante son odiosas, mientras que para buena parte de los primeros líderes de los movimientos patrióticos son una esperanza y un grito de denuncia contra el despotismo. Con Aycinena y Peinado, San Salvador se convierte en el lugar de un experimento político negociado.
Dos años después, en enero de 1814, colapsa el experimento político, a raíz de la segunda insurrección, y pierde fuerza el proyecto de la monarquía constitucional. Resulta significativo que el jefe de la Intendencia en el momento de la insurrección es, precisamente, Peinado. Las limitaciones de su proyecto quedan a la vista, mas no por la procedencia criolla de Peinado, sino por el proyecto mismo. A partir de entonces crecen los seguidores de la independencia absoluta.

Rompimiento sin independencia.

 Alejandro Dagoberto Marroquín destaca dos aspectos de la Intendencia de San Salvador. Uno es el mestizaje; al final de la colonia, dice: «la provincia de San Salvador se convierte en una unidad demográfica predominante mestiza». Otro es la cohesión alrededor de los intereses añileros; ésta es de tal fuerza «que las diferencias entre nobles, criollos y peninsulares quedaban amortiguadas». Por los juicios posteriores contra los patriotas es posible advertir un hecho más: la cohesión anterior permite una vinculación estrecha entre los sacerdotes y los jefes mestizos de las organizaciones en los barrios. Con esos factores, la ciudad se convierte en un baluarte de las ideas progresistas. Sin embargo, luego de 1814, viene el repliegue a partir de la reacción represiva, alentada por la derogatoria de la Constitución de Cádiz.
En 1820, se restituye la Constitución en España, y América Central vuelve a vivir bajo su mandato. En ese ambiente hay debates abiertos, expuestos en las páginas de El Editor Constitucional y El Amigo de la Patria. Con España en una nueva ola liberal y con la expansión insurgente en México, crece la corriente centroamericana de la independencia. Como Marroquin señala, el Plan de Iguala que se acuerda en México cambia el panorama regional. El Plan declara la independencia, otorga garantías al clero y a los españoles y postula un gobierno monárquico. Con las noticias del Plan, «los elementos monárquicos y absolutistas se entusiasmaron; consideraban el Plan como una muestra de genial habilidad política», dice Marroquín.
El autor resume la Declaración de Independencia con una frase contundente: «las colonias no eran más colonias, pero tampoco lograban emancipación política». Para Marroquín, el juramento de las autoridades es el sello que consuma la independencia. «Así se interpretó el Acta del 15 de septiembre en las provincias, en donde se le tomó como la solemne declaratoria de la emancipación del yugo español», dice. Sin embargo, a la luz de los acontecimientos que siguen la Declaración del 15 de septiembre rompe con España, pero no consuma la independencia. En San Salvador, el acuerdo del 15 se toma como la independencia, pero en otras ciudades no ocurre lo mismo. Al contrario, el dilema siguiente es anexión a México o independencia. Es hasta 1823 cuando se forja el capítulo definitivo. El 1 de julio se reúnen en Guatemala los representantes de las provincias centroamericanas y emiten una declaración que ya no tiene vuelta atrás. A continuación vienen los conflictos alrededor de la organización del nuevo Estado. El Congreso reunido en Guatemala proclama la constitución de Centro América. Nunca se consolida y, en su lugar, nacen los cinco Estados nacionales. En la parte final de la Apreciación aparece un balance de la colonia y una enumeración de causas de la ruptura del pacto federal. Ambos apartados contribuyen a la comprensión el conflictivo panorama político posterior a la independencia. Como Marroquín hace ver, el sistema colonial «fue crisol en donde se forjó Centro América como unidad política y en donde se cohesionaron las diversas provincias». Al mismo tiempo, aquel régimen no procuró la unidad nacional, sino que «fomenta los localismos». El localismo y el separatismo triunfan sobre el proyecto federal y determinan la formación de los Estados. La independencia es un largo proceso que comienza en 1811 y culmina en 1823. A la par crece la formación de los nuevos Estados, los cuales surgen del fracaso del nuevo Estado centroamericano. La Apreciación sociológica de la independencia salvadoreña no analiza los conflictos posteriores a la independencia, aplica con esquematismo su propuesta para interpretar las luchas políticas y reduce los bandos en conflicto a agrupaciones casi estáticas. Sin embargo tiene aportes que la convierten en una obra imprescindible. Es el resultado de un trabajo pionero de la investigación social y presenta un panorama que, sin lugar a dudas, contribuye a la comprensión del largo proceso de independencia. La Apreciación es un legado notable para el estudio de la organización social salvadoreña y del movimiento patriótico. Tiene además el mérito de ofrecer una de las primeras interpretaciones consistentes sobre los conflictos y contradicciones que sacuden a los actores de la independencia. El esfuerzo de Alejandro Dagoberto Marroquín representa un gran avance de las investigaciones salvadoreñas.
Alejandro Dagoberto Marroquín obtiene el doctorado en Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad de El Salvador. También realiza estudios universitarios en Uruguay. Al ser expulsado del país, luego de recibir su doctorado, se radica en México. Allá se desempeña como profesor en el Instituto Politécnico y en la Escuela Nacional de Antropología. Al regresar al país labora como catedrático en la Universidad de El Salvador e impulsa la investigación social. Entre sus obras destaca Panchimalco (1959).

ROBERTO TURCIOS
ABRIL,
2000


Fuente: Marroquín, A. D. (2000). Apreciación sociológica de la independencia Salvadoreña. (2ª. Ed.).  San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos

martes, 26 de julio de 2011

Llegaron las Ruedas

Jorgelina Cerritos


Las ruedas llegaron,
llegaron las ruedas,
armando están todo
detrás de la iglesia.

Los niños mirando,
los grandes conversan,
ya cantan los grillos
y nadie se acuesta.

Mañana alegría,
mañana sorpresas,
mañana las ruedas
detrás de la iglesia.

Los Versos de mi Niña

Pedro Geoffroy Rivas



Dos luceritos negros:
los ojos de mi niña.

Chumelito de rosa:
la boca de mi niña.

Mariposas traviesas:
las manos de mi niña.

Chiltotas en la tarde:
la risa de mi niña.

¡Ah niña entre las niñas
esta mi niña niña!

Mi oración más ferviente:
que siempre sea niña.

y estos últimos versos,
los versos de mi niña.

Soy Puta, ¿Estás Contenta?

                           (Cuento)
                           Claribel Alegría



Cuando Luisa tenía diez años se le ocurrió a su madre que tenía que aprender a jugar tenis. Tres veces por semana, a las cinco de la tarde, iba al parque Modelo, donde se encontraba la única cancha. La acompañaba Carlitos, hijo de los mejores amigos de sus padres y además vecino desde hacía muchos años.

Carlitos era bastante mayor que Luisa, comulgaba todos los domingos, era el mejor alumno de su clase y tenía la cara cubierta de granos. Invariablemente antes de salir, la madre de Luisa le decía: "Cuídala mucho, que no olvide la raqueta, acuérdate que es muy ateperatada, y no se entretengan en ninguna parte. A las seis en punto los quiero aquí".

Una tarde, después de haber jugado más de una hora, regresaban los dos sudorosos y en silencio, cuando, de pronto, Luisa se detuvo ante una puerta que estaba siempre abierta. Tenía una cortina de cuentas de colores que impedía ver el interior.

-¿Qué haces? -dijo Carlitos.

-Nada. Es la única puerta que he visto con una cortina así.

-Es una casa de putas.

-No digas malas palabras -lo retó Luisa y empezó a separar las hileras de cuentas.

-Si no vienes, te acusaré -dijo Carlitos, empezando a caminar.

Luisa titubeó. Puta era una mala palabra, eran mujeres malas. Un ligero temblor la sacudió y justo entonces la cortina se abrió.

-¿Qué querés? -dijo con voz agria una mujer vestida de rosa.

El corazón de Luisa cambió de ritmo.

-Si no te apuras, me voy -dijo Carlitos desde la esquina.

-Nada -dijo Luisa-, es que me gusta su cortina.

-Andate y dejá de molestar.

-¿Usted es mala? -dijo Luisa, sintiendo que las piernas le temblaban.

-Soy puta, ¿estás contenta?

-Te acusaré con tu padre -gritó Carlitos.

-¿Puedo ver cómo es su casa? -dijo Luisa.

-No hay nada que ver -dijo la mujer, abriendo más la cortina.

Luisa se introdujo despacito y repasó con los ojos la habitación. Un olor acre a desinfectante la invadía. Sobre el catre, un Cristo plateado miraba hacia el suelo. Colgadas de la pared había estampas de santos y sobre una repisa, el retrato de un niño con un vaso de flores artificiales.

-¿Satisfecha? -dijo la mujer, en el mismo tono agrio.

-Si fuera mala no tendría tantos santos en la pared -dijo la niña.

La mujer se echó a reír.

-¿Quién te ha dicho que las putas somos malas?
Luisa guardó silencio.

-¿Querés un caramelo?

Luisa afirmó con la cabeza.

La mujer se encaminó hacia el armario pintado de azul y sacó un bote de caramelos.

- Tomá -dijo.

 Luisa cogió uno.
-Cogé más.

-Quiero ser tu amiga -dijo la niña, mientras cogía tres caramelos más.

La mujer sonrió.

-Es mejor que te vayas -dijo, poniendo los caramelos sobre la mesa de noche, pintada también de azul. Su voz ya no era agria y miraba a Luisa con ternura.

-¿Cuántos años tenés? -preguntó.

-Diez.

-Aquel niño que ves allá -dijo, señalando la repisa-, tendría doce ahora. Se me murió de disentería.

Luisa sintió ganas de abrazarla, pero se contuvo.
-Andate ya -dijo la mujer, poniéndole una mano sobre el hombro-, mejor no le digás a tu mamá que has estado aquí.

Carlitos aún estaba en la esquina, esperándola.

-Qué tonta eres -dijo-, esa mujer es una puta y las putas son malas.

-El malo eres tú -dijo Luisa, y empezó a correr hacia su casa.


Fuente: Muñoz, W. O. (2004). Antología de cuentistas salvadoreños.  San Salvador: UCA Editores.

Tierra de Infancia

                                                                     Claudia Lars


Tierra de infancia es el lugar estético donde el pasado de la realidad, recuperado a través del recuerdo, alcanza actualidad por la prosa poética concretada en diversas formas estilísticas. No es, por tanto, un libro de cuentos; mucho menos una novela. Es, sencillamente, realidad del mundo y del hombre actualizada poéticamente en la dimensión de los hechos y en la dimensión de sus significados. Quizá por eso convenga mejor ir pensando en Tierra de infancia como en un libro de "memorias poéticas."

En Tierra de infancia, Claudia Lars, pasada buena  parte de la vida, se empeña volitivamente en actualizar el recuerdo de un lapso importante para ella, la infancia, con origen y finitud como toda experiencia de la vida. Tierra de infancia está impregnada de amor, de alegría y de ternura. Es el rostro del amor personal, el habido por cada hecho y el habido por cada recuerdo. Pero también en Tierra de infancia hay un denso amor histórico. La salvadoreñidad de Claudia pugna allí intensamente y se vierte en amor por el hombre y por el  paisaje de su tierra.

Hablando con mi madre

Al terminar de escribir este libro de recuerdos quiero decirte -¡amada madre muerta!- palabras que no me atreví a pronunciar cuando vivían en nuestro mundo, pero que vibraban en el fondo de mis secretos como burbujitas de amor. Me duele no haberlas dicho entonces, pues te pertenecían desde mis primeros esfuerzos por aprender el lenguaje humano. Sin embargo, sé muy bien que el silencio, guardián de sueños y de cantos, nunca fue motivo de incomprensión entre tú y yo. ¿Acaso no eras la silenciosa por excelencia?.. ¿No preferías una sonrisa a un verso y una incompleta lágrima a cualquier promesa o disculpa?..
En suave ordenamiento recogías mis arrebatos de criatura rebelde. Quizás porque sospechabas que yo sabía volar mejor que muchos pájaros, con algo misterioso ibas señalando huellas de tormentas. Pienso que en tu rostro y tu cuerpo se conservaba, siempre intacta, la tierra de mis primeros goces. Por eso aquí la tengo, regalándome yerbas de septiembre, flores del verano con todos sus adornos, caminos que me llevan a parajes seguros yagua de la tinaja y del arroyo cargado de luz. Tu montaña de paciencia me hacía recordar la de mis excursiones de niña, recogida en su misterio y palpitante en cada asilo y cada verde. Un milagroso fuego escondías en la humildad de tu persona: de él sacabas la fuerza para mantener erguida y llena de virtudes tu natural fragilidad. Pendiente del reloj, sabías emplear sin desperdicios lo mejor de tu tiempo, y gracias al deseo de servimos, en arte transformabas el oficio doméstico. Si a veces parecías más anciana que las abuelas de los retratos, en ciertas horas recobrabas, como por encanto, inexplicable juventud.
¡Vida que me alzó suavemente de sus raíces más hondas¡... ¡Sepulcro ya cubierto por vegetales mantos, donde un brote de lirios trata de no sufrir la extraña soledad!".
Vuelvo a mi amanecer porque amanezco envejeciendo, y el poema que te leí una tarde y tú escuchaste sin comentario, de nuevo adquiere, por amante, su dulce sencillez:
¿Cómo contar la infancia? ...
Mi voy jugando de jugar de juegos...
La falda de mi madre:
ese almidón sembrado de violetas.


Fuente: Lars, C. (2004). Tierra de Infancia. (13a. Ed.). San Salvador: UCA Editores.

Ensayos Literarios

                                                 Matilde Elena López


                        PRESENTACIÓN


Matilde Elena López: Un destino creador.

Cuando se menciona en El Salvador el nombre de Matilde Elena López, la primera imagen que surge es la de la maestra académica incansable, que ha formado en el campo de las letras sucesivas generaciones de universitarios. Hablar de Matilde Elena López: es referirse a una voluntad sin tregua, a una conducta sin mácula, a una permanente visión de avanzada, a una inspiración creadora sostenidamente fresca y servicial. Ensayista, poeta, cuentista, dramaturga, su obra desborda varios decenios, desde finales de los años treinta, cuando comenzó a publicar en diarios y revistas sus versos de adolescencia. Y en ese desbordamiento sin desmesura, el hilo de su espíritu cultivado en la literatura, la filosofía y la sociología ha ido formando una especie de collar de luces preciosas, en el centro del cual brilla una inteligencia superior, pulida en el amor a la cultura universal y en el fervor por la propia y esforzada cultura nacional.

Matilde Elena López pertenece a la segunda gran hornada de voces femeninas en el decurso del siglo presente. Entre 1895 y 1905, nacieron cinco grandes mujeres creadoras de literatura: Alice Lardé de Venturino, Claudia Lars, Lydia Valiente, Tula van Severén y Lillian Serpas. Entre 1918 y 1924, la segunda gran eclosión de la centuria nos dejó cuatro nombres muy significativos: Juanita Soriano, Lilliam Jiménez, Matilde Elena López; y Claribel Alegría. Todas ellas son poetas; pero sólo una es ensayista de magnitud excelente, a más de reconocida cultora del cuento y el teatro: Matilde Elena.

Desde la adolescencia, el intelecto de esta mujer inquieta y batalladora mostró destellos excepcionales. Comenzó publicando versos en los periódicos y revistas de la época, a finales de los años treinta. De inmediato, su energía se expandió hacia los ámbitos de la lucha social, en la marejada democrática que acompañó la caída de la dictadura del general Hernández Martínez: Su participación en aquellas jornadas fue relevante, pese a su juventud; y su nombre brilló en iniciativas como el Comité de Escritores Antifascistas, el Manifiesto de la Poesía Coral y el Grupo Seis. Todo ese movimiento se aglutinó en lo que podríamos llamar la Generación del 44, año vital para el destino político de El Salvador, de cara a la segunda mitad del siglo. Matilde Elena López; se hizo presente en todas aquellas jornadas con un espíritu de lucha cívica verdaderamente ejemplar, y eso le valió el exilio, que tuvo como primera estación la Guatemala revolucionaria que se había inaugurado en 1945.

En el hermano país trabajó y estudió, con gran ímpetu juvenil.

Inició sus estudios superiores en la Universidad de San Carlos de Guatemala, que alternaba con su incansable actividad política. Su primer libro fue publicado en Guatemala, en 1954: Masferrer, alto pensador de Centro América, cuya edición quedó atrapada en el asalto que lanzaron las fuerzas oscurantistas contra el gobierno de Jacobo Arbenz; aquel mismo año.

Matilde Elena salió hacia un nuevo exilio en el Ecuador, y allí se dedicó a concluir su formación académica en Filosofía y Letras. Se distinguió como una estudiante de notable brillantez. Y su tesis de grado sobre tres poetas ecuatorianos mereció las más altas distinciones, así como el favor de la crítica especializada. En 1957, a la luz de una política coyuntural de apertura del Gobierno salvadoreño de entonces, Matilde Elena regresó al país, para establecerse definitivamente. Provista de extraordinarios instrumentos académicos, fogueada en las adversidades de un largo extrañamiento de la propia tierra, ungida por su inteligencia excepcional e impulsada por una incomparable voluntad de trabajo, se incorporó a la Universidad Autónoma de El Salvador como Doctora en Letras, y de inmediato dedicó sus mejores energías a la tarea de formación docente.

A lo largo del tiempo, Matilde Elena fue articulando el trabajo magisterial en el campo de la Educación Superior con la labor creadora, especialmente en el ámbito de la investigación literaria. Su principal empeño dentro de la tarea investigadora ha sido la fundamentación filosófica y estética del realismo. Sus aportes al respecto son históricos en el marco de la cultura centroamericana, y pueden mensurarse por la calidad de su ensayo mayor titulado Interpretación social del arte, ganador de un premio centroamericano, y publicado dos veces: en 1965 y 1974, en versión ampliada. En este ensayo, Matilde Elena pone en evidencia sus mejores cualidades como ensayista consumada: su claridad de ideas, su sobriedad de conceptos, su habilidad de síntesis, su estilo fluido y eficaz. En permanente complemento de su trabajo ensayístico y docente, ha venido desarrollando Matilde Elena un ejercicio devoto en el campo de la poesía lírica. Conocida su raíz filosófica, que le permite el acercamiento a las profundidades del ser, es natural que la poesía sea, en nuestra autora, una constante interrogación existencial. Su poesía se yergue, en el convivio de las voces centroamericanas de nuestro tiempo, como una sabia lección de emotividad arraigada en los avatares del vivir. El momento perdido (1976), Los sollozos oscuros (1982), En los vastos espacios del olvido (en prensa), son etapas personalísimas de la aventura del alma en trance de comunicación. El amor -vital, incansable, asediado- es el protagonista de la poesía de Matilde Elena. Un amor que ella expresa con palabra sencilla y escueta, que deja fluir sin barreras la intensidad del sentimiento. Poesía intensa, porque el ser de nuestra autora es intenso. Basta leer el hermosísimo epistolario amoroso Cartas a groza (1962), para tener constancia de esta nunca desmentida intensidad vital y creadora.

En el cuento y en el teatro, Matilde Elena tiene incursiones esporádicas, pero muy fructuosas. Los cuentos autobiográficos de La niña del laberinto están entre lo más fino y perfecto que ha producido el género en el país. Y su drama histórico-simbólico La balada de Anastasio Aquino es una inmersión de gran valor exponencial en el campo del teatro con clara vocación popular. Esta obra, también premiada en certamen centroamericano, es material de estudio en las escuelas salvadoreñas, y constituye la primera parte de una trilogía histórica cuyas dos partes siguientes se refieren a los sucesos de 1932 y a la guerra interna reciente. A lo largo del tiempo, Matilde Elena López: ha mostrado una especial predilección para el análisis de la poesía, como fenómeno general y como experiencia personalizada. Su denso libro recopilatorio Estudios sobre poesía (1973), recoge mucho de tal aporte hasta aquella fecha. Los clásicos y los recientes, los nacionales y los extranjeros, múltiples autores han motivado el espíritu investigador de nuestra ensayista. Sin descanso ha venido analizando en el tiempo la poesía salvadoreña, señalando rumbos y tendencias, perspectivas y sesgos, luces y sombras. Nadie en El Salvador, como Matilde Elena, ha puesto tanta atención al desarrollo de nuestra cultura poética. Y ello ha tenido, además, la virtud paciente de ir descubriendo, entre los jóvenes, las voces verdaderamente prometedoras. Su delicada intuición -sustentada en el conocimiento cultivado- le permite una certeza impecable en el juicio vaticinador. Desde los años cincuenta, todas las promociones literarias del país se han acercado a Matilde Elena López -bien como grupos, bien como individualidades- en busca de orientación, consejo, apoyo y amistad. Y ella, en gesto que pone de relieve su talante de ciudadana volcada hacia los sueños, anhelos y aspiraciones de la colectividad, ha estado siempre ahí, en las duras y en las maduras, para todos. Su magisterio en la cátedra y en el libro se derrama constantemente sobre las avideces del entorno.

Los ensayos escogidos que se reúnen en este volumen representativo son una muestra del quehacer infatigable de Matilde Elena López. Su finura analítica, su poder sintético, su capacidad selectiva están ahí, desvelándonos personajes y obras. Matilde Elena -que es cultura de una perfecta fidelidad ética en la misión intelectual y en su función social- está en todo momento por encima de las cambiantes opiniones del ambiente. Ella dice su palabra y sienta su juicio con rigurosa independencia, dando cátedra de plenitud integral también en esto. Domina el análisis. Integra en él la filosofía y la ciencia. Y hace fluir por sus ensayos -verdaderos mosaicos de vida- la nitidez de su ideario, con exquisita entereza femenina. Todo lo anterior lo afirmo sin ambages porque conozco a Matilde Elena desde mi adolescencia, en la Universidad Autónoma de El Salvador, durante mis estudios de Filosofía y de Sociología; y, muy pronto, entonces, en la cálida atmósfera de las afinidades culturales, a la luz de los conocimientos de la gran maestra que enseña con suavidad y orienta sin vacilaciones.

Matilde Elena López: es nuestra primera ensayista nacional en el tiempo y en la excelencia y en el friso de la cultura patria, su nombre refulge con destellos de diamante.


DAVID ESCOBAR GALINDO
15 de mayo de 1998.


Fuente: Lars, C. (1998). Ensayos Literarios. San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos.

lunes, 25 de julio de 2011

Jodiendo en Serio: Cartas y Cartones de Paolo y Alecus

                                                           Arnd Luers y Ricardo Clement

Carta a Paolo
Prólogo de Horacio Castellanos Moya, escritor / Pittsburgh, 23 de diciembre de 2010

Paolo,
Cuando hace casi dos años el Choco me envió un email en el que me informaba que entonces vos habías empezado a escribir cartas dirigidas a funcionarios públicos en un periódico popular, mi primera reacción fue de desconcierto. ¿Qué le ha sucedido a Paolo?, me pregunté consternado, ¿de dónde le ha salido esa vocación de secretaria o mecanógrafa para estar escribiendo cartas? Pronto por supuesto me avoqué a tu sitio web a ver de qué se trataba. Para qué te voy a mentir: lo que leí no fue suficiente para sacarme del desconcierto. Eran, por supuesto, las primeras cartas y no me quedaba claro el propósito; desconocía yo, además, el formato epistolar adaptado como columna de opinión. Con el paso del tiempo, el sentido de tu aventura se me fue haciendo claro y luego vos mismo me explicaste que la columna periodística con formato epistolar ha sido muy popular en Alemania.
Ahora, luego de dos años de mantener un ritmo de tres cartas semanales en el periódico, te animás a compilar un libro con 120 cartas escogidas e ilustradas por las caricaturas de Alecus. Me alegra, pues aunque algunos sostengan que publicar recopilaciones de columnas periodísticas es fatuo dada su efimeridad, a mí me parece que el ordenamiento y empaquetado en forma de libro de una producción intelectual sistemática le ofrece una mayor perspectiva y visión de conjunto no sólo al lector, sino también al autor.
Digo yo que el éxito de tus cartas depende de factores sencillos, pero contundentes: su brevedad, la interpelación directa, el lenguaje coloquial que baja del pedestal a las figuras públicas y la audacia en el abordaje de los temas. Los que te conocemos podemos afirmar que escribís esas cartas tal como hablás, con ciertas sinuosidades sintácticas procedentes del alemán y con los énfasis y las expresiones del salvadoreño común. Tu reto consiste, supongo, en que el tono coloquial no se te convierta en chabacanería, en que la interpelación directa no se te convierta en insolencia.
Me atrevería a decir que tus cartas contribuyen a la construcción de una cultura política nacional, en la medida en que le recuerdan a los funcionarios que deben rendir cuentas y a los ciudadanos que deben exigir esa rendición de cuentas. Me gustan las cartas en que lográs meter al funcionario en el problema humano preciso, como cuando invitás al ministro Héctor Dada a que se vaya a tomar una gaseosa con vos a la tienda de doña Cande en Suchitoto, para que comprenda las consecuencias de su política de establecimiento de criterios para el subsidio del gas. No hay lector que no agradezca ese texto. Pero claro está que las cartas más sabrosas son aquellas en que ponés en evidencia la gañanería, inescrupulosidad y desvergüenza de los funcionarios públicos empeñados en verle la cara de baboso al ciudadano, cuando desnudás al funcionario marrullero enredado en sus triquiñuelas.
Jodienda en serio decís que se va a llamar el libro. Ya sabés que poco me gustan los gerundios, pero creo que con ese título le has agarrado cabalito el sentido a la idiosincrasia del salvadoreño. En el prólogo de su novela Pobrecito poeta que era yo, Roque Dalton menciona con regocijo la tesis con la que mi tío Jacinto Castellanos Rivas explicaba el acontecer nacional: "El concepto por joder como motor de la historia en El Salvador". Hacemos las cosas, pues, por joder. Los que gobiernan se cagan en el prójimo, por joder; se güevean el pisto, por joder; se escudan en las más increíbles mentiras, por joder. Por eso es válido, necesario y saludable que alguien esté chinga quedito, dale que dale, jodiéndolos en serio, desde el descampado.
Dicen algunos que tus cartas evidencian que te has hecho de derecha porque criticás al gobierno de izquierda. Ese lamento me suena viejo. Ya sabemos que definirse de derecha, de izquierda o ambidiestro no es garantía de honradez en el manejo de la cosa pública, ni de talento en la gestión. Y vos comprendés mejor que cualquiera que el peor error de un columnista es perder su independencia. Por eso, dale, seguilos puyando, a todos los que vivan de usufructuar los impuestos pagados por el pueblo, que no se te oxide tu "detector de mierda", como llamaba el viejo Hemingway al instrumento indispensable para todo escritor, un aparatico que también sirve a los periodistas. Y cuando salga publicado el libro, envíame un ejemplar.
Aquí me tomaré una copa a tu salud. iGesundheit!

Un abrazo,
Horacio.

¡Así es el MÁS!                  
Prólogo de Rafael Cerna, director del periódico MÀS.


Pienso, y disculpen si me equivoco, que en términos editoriales en un diario no hay mejor joda que una caricatura. Eso de ver dibujado a un personaje público en situaciones comprometedoras, difíciles, ásperas y a veces vergonzosas, para los lectores resulta chistoso.
¡Y chistoso también resulta para uno de editor! Ese nivel de crítica es un arte, y lo disfrutamos incluso los que no sabemos de arte. Por eso, sostengo que Alecus es un artista. Contemporáneo y de los mejores en su género y estilo. A las pruebas me remito, que esas no me dejan mentir.
Cuando hace poco más de dos años se decidió reabrir en Más! el espacio para las caricaturas, sonreí. Cuando este chavo, Ricardo Clement, aceptó ser el autor, entonces solté la carcajada. "Ya la hicimos", pensé. Y, de verdad y por fortuna, no me equivoqué. La hicimos, como diario popular, al incorporar a Alecus como colaborador. Y para rematar, el mismo día de la publicación del cartón se decidió incorporar un artículo de opinión, escrito como una carta personal, cuyo autor es un maestro de la irreverencia, Paolo. ¿Tanta jodarriajunta y en un diario?, ¡sí!, ¿y por qué no? Así es el Más! Desde aquel enero ya pasaron más de 300 cartones y 300 cartas. Y hoy, por ingenio de alguno de ellos, o de ambos, se compilan las 120 obras más irreverentes e ingeniosas que han pasado por las páginas del diario. Eso es jodarria pura. Estoy obligado a reconocer que cuando Alecus me pidió que escribiera algo a manera de prólogo para "Jodiendo en serio", el libro, me sentí halagado. Y de pronto, me embargó el temor. Razones hay de sobra. Pero, en fin, colaborar con la causa de la jada de estos dos señores bien vale la crítica y hasta las achicadas, así que aquí están las líneas que el artista me pidió.
No sé cuántos cartones más publicaremos, ni cuántas cartas más imprimiremos. Ojala que sean un montón. Los lectores nos merecemos disfrutar del arte de la caricatura y de los escritos.
¡Ah!, y vos, Paolo... ¡de plano que te pelás con las cartas!
Salud para ambos.
lo que sigue, señores, es puro arte del popular. Disfrútenlo.


Fuente: Luers, A.  y  Clement, R. (2011). Jodiendo en Serio: Cartas y Cartones de Paolo y Alecus. San Salvador: Editorial Cinco.