viernes, 4 de mayo de 2012

... D la Dicha Suprema


Miguel Ángel Chinchilla Amaya




                       PROLOGO

La principal "fuente de inspiración" de un escritor son sus obsesiones, sus manías, sus fantasmas o duendes personales. Con frecuencia, esas obsesiones o duendes coinciden con los sentimientos y mitos de una buena parte de la sociedad. Es entonces cuando la obra literaria hace ¡clic! o hace ¡bom!. En virtud de lo anterior, y por ser lector asiduo de Miguel Ángel Chinchilla, y por ser su compañero y amigo, con mucho gusto comento aquí -para los lectores de esta novela- algunos de sus principales rasgos y valores.
Chinchilla está obsesionado con un duende muy simpático: el Cipitío, que es el "Príncipe de las flores y del amor" en esta tierra de preseas que es Cuscatlán. Una especie de Eros o Cupido guanaco. ¡Qué buena obsesión!
En primer lugar porque es la de un buen sector del "pueblo popular", como diría Miguel; en segundo lugar, porque de esa obsesión ha sacado poemas, cuentos, obras de teatro y, ahora esta jocunda novela para la paz: D la Dicha Suprema.Frente a la forma dominante de narración -la de un personaje que en primera persona cuenta lo suyo- se presenta como variante principal la del "cuento" que se inserta como una pequeña historia dentro de la historia general. Se dan como otras modalidades de la narración: el diálogo; el "testimonio oral"; la forma epistolar; los recortes de prensa; y algunos poemas.
Como otros rasgos de estilo encontramos: las expresiones coloquiales, fiel captación de nuestra habla popular; ciertas experimentaciones o juegos formales, tales como suprimir la "e" de la preposición "de" en todo el capítulo VII ("D La Dicha Suprema "); o la separación de segmentos mediante un ("BomtI”) en vez de la convencional división en párrafos, en el primer capítulo ("Chepe Cruz"); o el empleo caprichoso del paréntesis.
D la dicha suprema es una buena muestra de nuestra cultura mestiza con opción preferencial por los indios. Quiero decir: aquí se reencuentran, con más verdad que en las celebraciones del V Centenario, el mundo indígena (el Cipitío) y el mundo occidental cristiano (el de don Miguel Salazar). Esta fusión se manifiesta más claramente en la onomástica: por un lado tenemos los nombres nahuas o mayas: Cipitío, Ciguacoat, Tamoanchán, Quetzalcoat, Tenancín, Vucú, por otro los nombres cristianos: Jesús, María, Salvador, Sara, Marta, el padre Rutilio, Monseñor Romero, el obispo Medardo Gómez; y más en nuestra historia profana e inmediata, los nombres de Nidia Díaz, Mena Sandoval, el Presidente Cristiani, ARENA, COPAZ. FMLN, ERP, Joaquín Villalobos, Roque Dalton, el Pichón Cea.
Ahora bien, esa conjunción cultural o mestiza se plantea "desde abajo", desde los estratos inferiores, verdaderamente populares, de nuestra sociedad: no hay personajes ni ambientes de clase alta. Los tipos humanos que (re) saltan en estas páginas son los de la canalla: ladrones, putas, chivos, coyotes, soldados-asesinos; o son los guerrilleros y los curas o intelectuales identificados con la pobrería. El más alto status social sería el de don Miguel, un profesor de secundaria y escritor clasemediero. Por otro lado, entre las varias personalidades o encarnaciones del Cipitío, convertido aquí en voz y símbolo máximo de la cultura nacional popular, están las del guerrillero, indio sublevado, vendedor de minutas, escupidor de fuego (dragón-payaso) en las esquinas de San Salvador, chucho aguacatero...
Desde otro punto de vista, la novela es un panorama histórico de El Salvador, pues sobre todo en el capítulo final, al autorretratarse el Cipitío y contar sus andanzas y malandanzas, va reseñando apretadamente las grandes coyunturas del devenir nacional: La conquista española, la colonia, la "independencia", la rebelión de Aquino, la extinción de los ejidos, la masacre de 1932, la guerra recién finalizada, los acuerdos de paz ... En tal vistazo diacrónico, el militarismo ocupa un lugar preeminente, a través de los hechos y situaciones del relato, más acá de la retórica y de la consigna, en la vivencia de los personajes.
En el conjunto narrativo que es D la Dicha Suprema hay, pues, una visión de mundo predominantemente popular, es decir, a favor de las clases oprimidas y revolucionarias: los trabajadores, los indios, los curas y los intelectuales liberacionistas. Sin embargo, hay también un sentido crítico respecto a la izquierda, narrativamente desarrollado.
Al convertir el mito del Cipitío en el centro narrativo de mayor interés, Chinchilla logra (sin matarlos) tres pájaros de un tiro: da un toque mágico (mítico) al relato; obtiene un eje narrativo para 500 años de historia; reconstruye un héroe desde las raíces más profundas del "pueblo popular". Para mejor probar la pertinencia de su aventura pide auxilio a uno de nuestros más relevantes investigadores literarios, el antropólogo y escritor Rafael Lara Martínez, de quien transcribe enjundiosas observaciones sobre el mito en cuestión. Y evoca, muy justamente, el aporte de su tocayo Miguel Ángel Espino, el de la Mitología de Cuscatlán, principal rescatador de la leyenda del Cipitío en la primera mitad del siglo veinte. Concurren, entonces, en este condensado y ameno libro de Miguel Ángel Chinchilla, el realismo mágico y el realismo testimonial, en una eclosión de humanismo y deshumanización, de miserias y risotadas, de denuncias y esperanzas, que harán gozar y reflexionar, a la vez, al buen lector.

Luis Melgar Brizuela

Fuente: Chinchilla Amaya, M.A. (1993). ...D La Dicha Suprema. San Salvador, El Salvador: Arcoiris.

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