martes, 5 de junio de 2012

En Un Pequeño Motel

Melitón Barba





En Un Pequeño Motel




Hacíamos cola para entrar a La Embajada, yo justo detrás de ella. Al llegar a la puerta, un guardia de seguridad exigía que se le mostrara el pasaporte, lo revisaba con cuidado y luego daba el visto bueno para entrar. Me había dado cuenta que la muchacha que me antecedía estaba muy nerviosa, la veía inquieta y hasta temblaba ante la presencia de la autoridad. Volvía su carita a todas partes como buscando ayuda o como si temiera algo o no sé qué. Cuando la pasaron por la puerta detectora de metales sonó como sirena de bomberos. Hubo alarma general. La chica se turbó más mientras unas mujeres agentes la pasaban a una habitación para revisarla, donde, según supe después, la desnudaron y esculcaron sus partes íntimas. No encontraron nada, pero cuando la volvieron a introducir, la puerta volvió a sonar con más intensidad. La muchacha tenía deseos de soltarse en llanto y sólo me miraba a mí, la única otra persona, aparte de los uniformados, que estaba atrás de la máquina infernal. Otra vez a desnudarla y examinarla con meticulosidad, le introdujeron los dedos, pero todo fue en vano, la joven no portaba armas. Le abrieron la boca, encontraron numerosos rellenos de oro y plata y concluyeron que esos metales eran los alarmistas. La dejaron pasar. La hembra sudaba. Yo pasé sin dificultad y comencé a caminar hacia las bancas de espera que estaban repletas, mientras la chica iba moviendo sus nalguitas a un ritmo fenomenal. Los asientos no eran individuales, sino que ocho personas cabían en una larga banqueta de las cuales cuatro estaban a la izquierda y cuatro a la derecha. Varios policías caminaban, como autómatas, alrededor de ellas. Portaban armas cortas pero de grueso calibre. Uno de ellos nos indicó, con un ademán de su mano, donde debíamos ubicarnos. La muchacha, temerosa, lanzó una mirada al vacío y se encogió de hombros como diciendo: hágase su voluntad.
Las ocho personas, que estaban sentadas en la primera fila a la derecha, fueron introducidas en ringlera a un recinto enorme en donde se miraban muchas sillas, casi todas llenas. Las personas que ocupaban la primera línea de asientos a la izquierda fueron pasadas a los sitios que acababan de desocuparse, quedando entonces disponibles esos taburetes.
Nadie hablaba, sólo se escuchaba como un rumor de viento ronco y por eso resonaban las pisadas de los guardias que caminaban sin cesar, como condenados. Las miradas de todos nosotros iban de un lado a otro siguiendo al defensa que estaba más cerca, observándole hasta el último movimiento; parecíamos embrujados moviendo la cabeza a un ritmo uniforme.
Como a la media hora pasaron a los ocho de la segunda línea izquierda a primera derecha, luego en orden correlativo tercera a segunda, cuarta a tercera. Era como un movimiento circular alrededor de las bancas dirigido al antojo de los vigilantes, todo sin hablar, a puros gestos y señas. Entonces la cuarta fila del lado izquierdo quedó libre. El custodio que estaba al lado derecho nuestro movió su brazo haciendo una circunferencia, indicándonos con ello que debíamos tomar los asientos vacíos. Daba la impresión que estábamos en misa, obedeciendo lo que nuestro sacerdote ordenaba. Ocho personas que esperaban de pie frente a un grifo de agua fueron acomodadas en la cuarta de la derecha. Los ocupantes de la primera fila derecha fueron introducidos al salón de las numerosas sillas.
Mientras tanto, yo, aburrido de ver caminar a los vigilantes como fantasmas en derredor nuestro, había comenzado a observar a la muchacha. Viéndola de perfil me di cuenta que su boca era como en punta, ya que sólo el labio superior era grueso, carnudo y sobresaliente, mientras el de abajo se había quedado delgado, fino, como metido en la boca, pero por original se miraba muy lindo y curioso. Daban ganas de morderlo, el de arriba y chuparlo, el de abajo. Frente a nosotros estaba un guardia subido en una tarima. Parecía desarmado, pero debajo de la peana tenía una ametralladora de guerra.
A su derecha estaba un recipiente con agua helada para refrescar y a su lado una chorrera de vasos desechables. Varias personas se habían levantado a beber y hacían una cola ordenada y silente. La chica de mi lado se alzó para ese mismo menester y entonces advertí que tenía pantorrillas de artista, torneadas, lucidoras, un sueño. Como estábamos en un patio entraba aire por todas partes, pero con mayor fuerza el chiflón se colaba por la parte de atrás y cuando ella caminaba hacia el bidón de vidrio, el viento le pegó el vestido al cuerpo y las nalguitas se le dibujaron enteras con todo y los calzoncitos bikini que se miraban adorables. Las nalguitas comestibles.
Ya no la perdí de vista, tenía que regresar y el viento cumpliría su misión pegadora. La vi tomar agua metiendo el vaso debajo del labio gordo y cuando venía de regreso el viento sopló más fuerte. ¡Fenomenal! La seda se le adhirió a la pancita y más abajo quedó como fundida a ella,· se le miraba todo, de verdad, hasta se le dibujaba el triangulito, se lo habría podido medir, era como dos pulgadas por arriba y tres por abajo, perfecta. Ella aceleró el paso como atribulada, azarosa digamos, porque los ciento veintiocho ojos que ocupaban las banquetas la estaban viendo. Los atalayadores no miraban nada. Por fin llegó a mi lado y cuando se agachó para sentarse le vi el nacimiento de las chichitas, tamaño regular, duras, templadas, blancas.
Me dieron deseos de ir a tomar agua pero me detuve a tiempo. Por la emoción del espectáculo me había excitado y el bulto estaba ahí, enorme. Busqué un servicio sanitario pero no lo encontré y me afligí porque me habían dado ganas de orinar que cada vez me apuraban más. La mole que tenía entre las piernas se fue aquietando y los deseos de orinar desaparecieron. A una mueca del guardia los de primera izquierda caminaron al gran salón y volvimos a rotar como las veces anteriores, pero al grupo nuestro que estaba en tercera derecha lo mandaron a cuarta izquierda, eso no podía ser, no me parecía justo que estando en tercera nos mandaran a cuarta cuando en verdad nos tocaba segunda. Me levanté para protestar, pero la cara y el arma del guardia me detuvieron, por lo que mejor volví a ver para otro lado y descubrí a un viejecito como de cien años que se apoyaba en un bastón y se sacaba mocos con la mano izquierda, mocos que se prendía en el pantalón.
Contiguo a él había una panzona que parecía su hija; ésta, cuando el viejo se metía el dedo en la nariz, le bajaba el brazo con cara de fastidio.
El viejo no le daba importancia porque de inmediato volvía a meterse el dedo y la gorda vuelta a bajarle el brazo, hasta que el viejo mostró su inteligencia, cogió el bastón con la mano izquierda, se retiró un tanto de la panzona y con la mano derecha comenzó a escarbarse y a sacarse mocos que seguía haciendo chibolitas pero que ahora pegaba en la pared. Pasó otra media hora lenta en que iniciamos otro movimiento rotatorio y en tanto meneo parece que golpeé el pie de alguien que estaba en la fila de adelante, porque se volvió molesto y me tiró una mirada fulminante. No le pedí disculpas, me vale verga, dije, lo cual era cierto.
En el siguiente cambio circular bajamos a primera izquierda. Ya sólo faltaban dos rondas circulares para que nos introdujeran al salón de las numerosas sillas. El hombre armado hizo un visaje y con la quijada nos indicó que debíamos pasar al salón. Según mis cálculos todavía no nos tocaba, pero a mí me valía verga y entramos. Era un salón enorme como el del Ministerio del Interior o el de la Guardia. Las sillas individuales hacían una ringlera de doce. La parte media del salón, la que se veía desde afuera, estaba llena de gente que esperaba alguna respuesta. Había viejos y jóvenes taciturnos y temerosos, con caras alargadas. Uno de los vigilantes de adentro, armado como guerrillero, hizo un garabato con su cara, lo que significaba que nos moviéramos.
El meneo de nalgas era continuo, saltábamos de uno en uno, porque las sillas se desocupaban con ligereza, pero guardaban el calor de las nalgas de nuestros antecesores. Yo saqué un diario que portaba y soplé sobre mi asiento, pero todos se me quedaron viendo de mal modo por lo que desistí. Los que venían de la ventanilla situada al extremo de la sala, pasaban a ocupar un sitio atrás de unos ladrillos rojos, frente a una vidriera donde estaba un hombre rubio, dientón, que hablaba una jerigonza.
Nosotros seguíamos avanzando, el movimiento era acelerado, toda la sala era un agitar constante. Por fin la chica de las lindas pantorrillas ocupó la primera silla y el hombre armado hizo una pantomima señalándole su destino. Yo la seguí con la mirada, sus nalgas me habían fascinado y pude ver cómo, después de esperar un rato, llegó al ventanuco desconocido. Mientras ella hablaba con la persona detrás del vidrio, me lanzaron a mí a la aventura. La pico de pájaro comenzó a llorar. Me acerqué a la vidriera y pude ver que frente a mí estaba una mujer como de cuarenta años, pelo rubio y con más cara de amargura que un candidato derrotado.
«Su solicitud», me dijo casi en español. Se la entregué y entonces me pidió veinte dólares o ciento setenta y cinco colones. Le dije que no los tenía y la rubia poniendo cara de extrañeza, me conminó a que me retirara. La pico de pájaro aún lloraba con gimoteos suspirosos. Sentí compasión por ella y violando los principios de El Mayor, cuando decía «no hay que tener compasión de nadie para no tener problemas en la vida», le pregunté qué le pasaba y me contestó que no tenía dinero para pagar en la caja. «Yo tampoco», respondí, «pero ése no es motivo para llorar, dentro de poco lo tendremos», dije con gran seguridad, «yo se lo voy a regalar.»
Uno de los armados se acercó a nosotros y con el brazo nos indicó la salida donde había una puerta giratoria que era la antesala de la calle. La tomé del brazo para bajar las gradas y ella abrió el piquito para decirme gracias. Ya casi no lloraba. Comenzamos a caminar por aquel gran bulevar y al llegar a una callecita lateral le dije que me esperara en la esquina. Metí la mano en la boca del albañal y saqué mi arma. Aceleré el paso para alcanzar a pico. Como a una cuadra de distancia vi al viejo de los mocos y a la hija que estaban esperando taxi. Le dije a pico que se adelantara y me acerqué a la pareja. Saqué la forifai y se la puse al viejo en la cabeza.
Deme la cartera, dije a la panzona que estaba pálida como muerta. Saqué los billetes y los amenacé que si volvían a ver les iba a pegar un tiro. Los viejos se fueron caminando en sentido contrario. Tomé a la chica del brazo y comenzamos a correr. En la gasolinería cogimos un taxi mientras pico me interrogaba como asombrada. En la Iglesia de Guadalupe abordamos un colectivo. Conté lo recuperado y eran ochenta pesos, ya la vieja de la ventanilla los había esquilmado antes. Nos bajamos por el bulevar de Los Héroes y como no habíamos almorzado la invité a un sopón de patas o a un gallo en chicha en el Caminito Real. Pedimos las primeras dos cerchas bien heladitas y la plática se hizo bonita. La cipota no me preguntó nada, pero estaba claro que había comprendido todo, puesto que como a la cuarta cervatana empezó a soltar su rollo. Me contó que la estaban procesando por haber herido a otra puta en la cara por cuestiones de celos y que casi no ganaba nada porque las putas de la calle tampoco la dejaban trabajar y por eso andaba sacando visa pero no sabía que cobraban tanto.
La siguiente fría la tomamos en un pequeño motel que queda allá por la Atlacatl y le relaté que mi trabajo había sido la crianza de perros, de ésos que cuidan las residencias de los platudos, pero que antes yo era uno de los hombres de confianza de El Mayor. Ella me preguntó qué cosas hacíamos con El Mayor, y yo le dije «cosas», y como insistiera, le repetí lo que decía El Mayor: «mientras menos cosas sepás estás más segura». Buscaba la visa porque me acababan de quitar el trabajo.
Decía el coronel que mi relación con El Mayor se había vuelto peligrosa y que yo estaba quedando como el único testigo y que mejor me fuera del país, que me daban un mes de plazo porque si no iban a proceder y esa palabrita yo ya me la puedo. Entonces el güevo es que en la policía no me dan el certificado de buena conducta, así que tengo que irme para los Estados aunque sea mojado porque trabajo sólo me ofrecen en La Sombra Negra.

Bueno, hablamos tantas cosas que salimos del motel con hambre, pero los ochenta pesos del viejo de los mocos se habían terminado, por lo que decidimos salir a conseguir. Quedamos de vernos más noche.


Fuente: Barba, M. (2000). En Un Pequeño Motel. San Salvador: Istmo Editores.


1 comentario:

Anónimo dijo...

muy bonito cuento