martes, 11 de octubre de 2011

El Poder Eclesiástico en El Salvador 1871-1931

                                                                        Rodolfo Cardenal

                                 NOTA INTRODUCTORIA

Durante una de las reuniones que sostuvieron ocasionalmente para organizar el esfuerzo militar en contra de la Alemania nazi, Winston Churchill, primer ministro inglés, intentaba persuadir al dictador soviético, José Stalin, acerca de la importancia de consultar la opinión del Vaticano antes de tomar ciertas decisiones políticas y militares. Stalin supuestamente le preguntó entonces a Churchill: "¿y cuántas divisiones tiene el Papa?" Stalin, quien sabía perfectamente bien que el Vaticano no tenía ejércitos, solamente quería dejar en claro que para él no existía poder, al menos en ese momento, sin el respaldo de la fuerza militar y que, por lo tanto, no tenía caso involucrar a la Iglesia católica en los planes de guerra. Si bien es cierto que el Vaticano no ha tenido fuerza militar desde hace mucho tiempo, el poder de la institución eclesiástica no debe subestimarse. Los acontecimientos de los últimos veinte años del siglo XX en la Europa central y del Este apuntan a la extraordinaria fuerza política de las instituciones religiosas, tanto las que operan dentro del ámbito del catolicismo romano como de la ortodoxia oriental. Buena parte de esa fuerza proviene, por supuesto, de la ubicación institucional de las iglesias y de sus relaciones con los círculos de poder dentro y fuera de los gobiernos. Pero también nace de la religiosidad popular, de ese cúmulo de creencias y prácticas religiosas que se transmiten de generación en generación sin la participación directa de las instituciones religiosas.
Esta obra de Rodolfo Cardenal busca precisamente describir y explicar cómo en la República de El Salvador, durante un período de sesenta años (1871-1931), se movieron e interactuaron los gobiernos, la Iglesia católica y los creyentes. Éstos fueron los años cuando se impuso finalmente en el país la ideología liberal -o al menos su variante centroamericana- después de años de gobiernos de línea conservadora que mantuvieron una relación estrecha y orgánica con la Iglesia, tal como lo había sido en tiempos de la colonia. El liberalismo, de contenido anticlerical y racional, modificó algunos de los vínculos tradicionales entre Estado e Iglesia y obligó a ésta a ceder algunas de sus más importantes prerrogativas. Pero aparte de la ideología liberal, también fueron éstos los años del auge de la caficultura salvadoreña, cuando se constituyó la oligarquía cafetalera y se generaron abundantes recursos materiales que fueron aprovechados por un Estado que se fortalecía y centralizaba. La Iglesia católica también experimentó procesos centralizadores a partir de la gestión del papa Gregorio XVI, tal como lo indica Cardenal, pero, igual, tuvo que buscar acomodamientos con las autoridades terrenales porque el poder -económico, militar, cultural- de los Estados había crecido enormemente, tanto en las naciones que se industrializaban como en aquellas que se orientaron hacia la agroexportación. Como los gobiernos liberales en El Salvador se impusieron inicialmente por la fuerza de las armas y no contaban con bases de sustento político más allá de las élites cafetaleras emergentes, siempre fueron muy sensibles a las manifestaciones de oposición política que pudieran convertirse en movimientos insurreccionales. Por lo tanto, cualquier institución o agrupación que no dependiera directamente del gobierno sería observada con especial cuidado. La Iglesia cayó dentro de esta categoría, aunque no fue "perseguida" estrictamente hablando porque no se le impidió continuar con sus actividades normales.
Más bien, a la Iglesia se le reubico dentro del ámbito político-social al quitársele ciertos derechos que había disfrutado anteriormente, como la administración de cementerios y escuelas, y al introducirse ciertas prácticas en abierta contradicción a las enseñanzas católicas, como el matrimonio civil y el divorcio.
Por supuesto, la Iglesia no dejó pasar todo esto sin presentar oposición. Al comienzo del período en cuestión, la Iglesia fue muy categórica al expresar sus desacuerdos. Luchó, desde la misma Asamblea Constituyente, por que la Constitución de 1871 se redactara en nombre de Dios, porque se permitiera a los religiosos optar a cargos de elección popular, y por que la educación no estuviera sometida a la vigilancia del Estado, entre otros. Se opuso a la expulsión de los jesuitas en 1872, calificando los actos del gobierno como "injustos y pérfidos", Consideró que la secularización de Los cementerios en 1875 resultaba una violación a la ley de Dios.
El punto más álgido de las relaciones entre el Estado y la Iglesia se dio a raíz del "motín de San Miguel", un levantamiento popular en junio de 1875 que obligó al gobierno a movilizar al ejército para suprimirlo con todo y fusilamientos. El presidente González: acusó a la Iglesia de haber instigado la revuelta y ordenó la expulsión del obispo de San Salvador y su curia. Sin embargo, a partir de la administración del presidente Zaldívar (1875-1885), las relaciones con la Iglesia comenzaron a mejorar y el obispo expulsado volvió a hacerse cargo de la diócesis pero sobre bases distintas: la Iglesia se remitiría fundamentalmente a atender los asuntos espirituales de la población, dejando al Estado los asuntos políticos, económicos y sociales.
La subordinación de la Iglesia a los gobiernos de turno parece haber sido total. Pero quizás un problema mayor para el poder eclesiástico no era su relación con el Estado sino que con sus propias bases: las parroquias y las cofradías de los pueblos.
Cardenal ofrece un diagnóstico interesante del funcionamiento de las parroquias y las cofradías, las cuales parecen haber sido muy autónomas frente a las decisiones episcopales. Parte del problema tendría que ver con la disposición de los fondos que recababan durante las diversas festividades. Pero también había un problema de tipo teológico; como dice Cardenal, "la concepción popular intra-mundana estaba en abierta oposición a la concepción fundamentalmente trascendente preconizada por la religión oficial". Es decir, la religiosidad del pueblo se manifestaba a través de prácticas y creencias tradicionales que tendrían que ver más con lo local, con lo cotidiano, y no con cuestiones abstractas. La religión institucional, la de los obispos y de los párrocos, no pudo penetrar en este mundo de creencias locales y particulares.
En resumidas cuentas, la Iglesia institucional se encontró frente a un Estado liberal, anticlerical y secularizante, que rechazaba sus pretensiones jurisdiccionales, y a unas bases populares que no entendían de asuntos teológicos e institucionales universalistas. Para colmo, destaca Cardenal, la Iglesia salvadoreña no quiso enfrentar, sino hasta mucho más tarde, la situación social de opresión y pobreza del pueblo. Rerum Novarum fue publicada en 1891 pero no llegó a tomarse en cuenta sino hasta 1927 por la Iglesia salvadoreña. En consecuencia, la Iglesia gravitó naturalmente hacia un acercamiento con el Estado, el cual estaba dispuesto a concluir arreglos a cambio de apoyo y legitimación.
El análisis de Cardenal se centra en el poder de la Iglesia a partir de su relación con otras instancias pero nos dice poco de su fuerza interna. Por ejemplo, cuántos sacerdotes hubo durante el período en cuestión, adónde estaban destacados, y cuál era la calidad de su formación (el autor sí incluye una referencia escueta a "la deficiente formación filosófica y teológica del clero"). Tampoco explica la pobreza material de la Iglesia, la cual resulta poco comprensible, a primera vista, durante el período de auge cafetalero. Si bien es cierto que la Iglesia nunca tuvo importantes propiedades en El Salvador -como lo fue en el caso de la Iglesia guatemalteca- y que lo poco que tenía le fue mayormente incautado durante las guerras federales, bien pudo haber conseguido alguna parte significativa de la riqueza generada por el café.
Quizás la explicación a estas interrogantes radica en lo que Cardenal nos dice acerca del desarrollo ulterior de la Iglesia: se tornó en una institución irrelevante para buena parte del pueblo ("Poco a poco los templos se fueron quedando vacíos de hombres. Solamente asistían las mujeres y los niños... Lo esencial del ministerio parroquial estaba centrado alrededor de la parroquia. Los párrocos salían muy poco a visitar los caseríos de los alrededores... "), Por ende, también se tornó irrelevante para el Estado, que prefirió utilizar métodos más ideológicos (las escuelas públicas) y políticos (el servicio militar) para ejercer un adecuado control social.
La Iglesia siguió existiendo y funcionando, en competencia creciente con diversas sectas e iglesias protestantes, preocupada por adecuar su mensaje al pueblo, y esforzándose por comprender su papel en un mundo de grandes cambios y retos ante los cuales difícilmente podría mantenerse indiferente. Pero estos problemas no eran desconocidos para la Iglesia. Más bien, son parte central de su historia desde que el cristianismo se convirtió en la religión oficial del imperio romano y, me atrevo a pensar, lo seguirán siendo mientras exista como institución.

Knut Walter.
San Salvador, abril de 2000.

Fuente: Cardenal, R. (2001). El poder eclesiástico en El Salvador 1871-1931. (2ª. Ed.). San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos.

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