sábado, 16 de julio de 2011

Perfil en el Aire

                                        Ricardo Trigueros de León

Este libro es una selección de las devociones literarias de Ricardo Trigueros de León (1917-1965). No están todas. Un hombre que leyó tanto, y que hizo de la literatura su vida, tuvo por fuerza que restringirse al emprender semejante tarea.
Dice en su Presentación Ricardo Lindo: "Encontraremos en estas páginas, mayoritariamente, a escritores que escribían, junto a pintores que pintaban en español. Eran a la par sus contemporáneos y sus mayores”.
Su arte de escritor se revela en la descripción de sus personajes, en su fino oído, en su don de observación bajo el cual se intuye el orgullo de ser partícipe de los misterios de las artes y de sentirse en la intimidad de sus pontífices máximos.
Pese a haber muerto joven, Ricardo Trigueros de León fue motor fundamental del más importante esfuerzo editorial que conoce nuestro país. En sus manos, la casa editorial del Ministerio de Educación alcanzó inusitada altura, constituyéndose en el más importante editor que haya tenido El Salvador.


TOÑO SALAZAR Y SUS FANTASMAS

Sobre la mesa de trabajo tengo varios Toño Salazar.
Toño Salazar, sentado a la manera de Hokusai, en actitud casi hierática, dibujando. (Asoma una cola de dragón en verde escama). Toño Salazar, dibujado por él mismo, grande el ojo solar, estilizada mano de largos y finos dedos. Toña Salazar, en fotografía realista, con un fondo de edificios y banderas. ¿Cuál de todos es él? Todos y cada uno de ellos.
Las diferentes fisonomías con las cuales podría trazarse un cuadro picassiano de múltiples ojos, nos revelan lo polifacético de esa personalidad. La nota permanente es la finura, la penetración psicológica, la alada gracia que encontramos en todos los dibujos de Toño, ya sea una ilustración de Alí Babá o de la Isla del tesoro, de Stevenson, o las caricaturas que aparecen en la Antología apócrifa, de Corado Nalé Roxlo, o los viejos cartones que hizo nuestro caricaturista, hace muchos años en París, en donde figuraba un Mauricio Maeterlinck de sorprendida mirada, o los más viejos dibujos, aquellos que expuso en San Salvador, cuando el artista era un adolescente. Y esto del artista adolescente me trae el recuerdo, por mera asociación de palabras, del libro de James Joyce, el caótico autor a quien Toña ha dibujado con electrizantes líneas y con un paño negro cubriéndole un ojo.
Entrar en el mundo del caricaturista salvadoreño es caminar en un universo de fantasmas. Estos dan vuelta en torno, piruetean, saltan en el aire sobre invisibles cuerdas, caen de pronto en gesto clownesco y derraman una lágrima o hacen brotar un clavel por arte de magia.
Lo caricaturesco tiene una raíz de verdad, de trasfondo insospechado, de descubrimiento, como sucede siempre con todo humor auténtico, sea a lo Bernard Shaw o a lo Charles Chaplin. Hay amargura, melancolía, fatiga, desaliento, y hay también fugaz alegría,  ensueño, ilusión pasajera, vale decir lo que es la vida misma, cambiante, eterna, fantasmagórica.
En arte no caben trucos y menos aún en la caricatura que es una radiografía de almas. Todo aparece allí descarnado, escueto, en esquema. Se quita lo postizo para dejar lo que en realidad es. Claro está que la indumentaria no siempre resulta superficial, ya que muchas veces se apega tanto al cuerpo que se funde con él y contribuye a delinear una personalidad. Dígalo si no el uniforme civil de Don Miguel de Unamuno, aquella chaqueta negra, mortuoria, sabedora de latines, y las gafas elípticas tras de las que asomaban unos ojos de mochuelo; o la indumentaria de pintor-jardinero de Santiago Rusiñol; o la chistera y los guantes de Charles Dickens, o el luctuoso corbatón de Baudelaire. Todo ello forma la atmósfera que alimenta a los personajes, que les sitúa dentro del tiempo y del espacio.
Cuando se hace retrato o caricatura, el artista tiene que adentrarse en su modelo, pasar por un período de gestación, ver con ojo nictálope en la sombra, traspasarla con aguda flecha. Agarrado el secreto, lo demás es desarrollo. De allí el porqué muchos son los que pretenden hacer caricatura a base de lo superficial, de lo externo y caen en mero juego de líneas sin intención. Como los seres son tan distintos, se requiere un conocimiento y una habilidad tales que permitan al artista buscar la forma propicia para realizar su proyecto, para situar a su víctima. Unas figuras son planas; otras, cargadas de volúmenes; estas, rígidas; aquellas, maleables; estotra, fría; esotra, cálida. Hay hombres esferas y hombres agujas; los hay medievales y renacentistas; geométricos, complicados, entes de laberinto; y simples, sencillos, llanos...
Captar todas esas posiciones, fijarlas en el papel, en unas cuantas líneas, es difícil labor de creación. Algunos autores han hecho caricaturas literarias, con aciertos y caídas según haya resultado fácil la presa o se haya escapado de la red de palabras. Juan Ramón Jiménez corre tal aventura en Españoles de tres mundos. Procura penetrar a través del estilo y logra su hazaña la mayor parte de las veces. Otros, como Conrado Nalé Roxlo, imitan sólo el estilo, olvidando quizá la sentencia de Buffón.
Alfonso Reyes, ese mexicano de fino espíritu universal, ha dicho a propósito de nuestro compatriota: "Cuando Toño Salazar nos pasa su espejo delante, inútil disimular, porque hemos sido descubiertos". Ese espejo puede ser cóncavo o convexo, según convenga a las partes, y puede hacerse también una combinación de ambos para integrar el todo. El artista tiene que ensayar muchas veces, probar sus filtros, ver a través de diversos cristales, buscar el foco. Cuando todo está listo, se dispara el lápiz y surgen las imágenes.
El lápiz de Toña Salazar no es tan sólo el instrumento de trabajo cotidiano para conjugar rectas, curvas, planos, nubes, sino también el medio eficaz para enlazar frases y decir en ágil estilo acrobático lo que el autor piensa en torno a las artes, los hombres, las letras. Las páginas suyas están llenas de sorpresas: metáforas que saltan como peces, imágenes que hieren como relámpagos.
En reciente carta para Alfonso Reyes, a propósito de las erratas, publicada en un diario de Montevideo, Toño hace sutiles consideraciones sobre el mal de la errata que califica de "viruela del libro y urticaria de la letra impresa". -(¿Qué dirá Ramón Gómez de la Serna, al pensar que esta pudo haber sido una de sus más felices greguerías?)-. Y el artista salvadoreño trae a cuento un discurso a los impresores, escrito por el poeta mexicano. Don Alfonso también, como siempre, resulta feliz en su discurso y dice: "A la errata se le busca a la lupa, se la caza a punta de pluma, se la aísla y se la sitia con cordón sanitario... y, a última hora, entre las formas ya compuestas, héla ahí que aparece, venida no se sabe de dónde, como si fuera una lepra connatural del plomo."
Pero Toño no para en sus hallazgos; suelta la imaginación y escribe: "Pero, errata humanum est. y, en las vacaciones del Hombre en el Paraíso, ya andaba la errata del cuello de la jirafa, la joroba del camello, la marcha atrás del cangrejo, y, en el río Lempa de El Salvador, el pez de cuatro ojos ... "
"La lagartija, siempre será la errata del dragón; como el ganso será la del cisne y, la armadura medioeval la del rinoceronte... también se abren las flores que son errata de pájaro, y, eso, sin pensar que habló la serpiente para gran errata del hombre!" ¿Qué tal? Menudo escritor tenemos! Y como si ello fuera poco, es un conferenciante agudo, gran conocedor de sus temas, y un hombre que anima la charla con tal vivacidad, esguince en el concepto, destreza de florete en la palabra, que el interlocutor termina por ver no más dos ojos grandes, solares, en el aire rodeado de voces que se entrechocan, cortan, brillan.
Toño Salazar ha vuelto a su tierra. Viejos y nuevos amigos le encuentran al paso. Ya no está Arturo Ambrogi, sentado en cuclillas en la puerta de su casa, leyendo un libro de Pierre Loti. Aun le aguarda Francisco Gavidia, con su pelo de tinta china cayéndole en los hombros. Pocas gentes quedan de las que antes animaron al joven artista, en aquel entonces. Caras nuevas le rodean. Pero Toña es el mismo, bajo el sol blanco de su tierra o bajo el cielo de París.

13 de octubre de 1953.

Fuente: Trigueros de León, R. (1997). Perfil en el aire. (2a. Ed.). San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos

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