domingo, 24 de julio de 2011

El Salvador en la Revolución Centroamericana: Imperialismo y Revolución en Centroámerica

                                                       Roque Dalton

                                                PORTICO EDITORIAL

El Salvador en la revolución centroamericana constituye el segundo volumen del estudio de Roque Dalton Imperialismo y revolución en Centroamérica que, aun inconcluso, contiene, como el anterior, miradas inéditas, elementos indispensables para la reflexión de hoy, volviendo la vista con pupila crítica a la historia reciente, al pasado revolucionario salvadoreño.
Cuando apunto «crítica», no lo hago solamente para caracterizar una cualidad genérica del ensayo, sino un componente central, preciso, puntual, que ni queda en lo abstracto ni se limita a ciertos detalles; al contrario: recorre con mucha coherencia -y sin medias tintas- problemas centrales del movimiento revoluciona- rio de 1930, y de la década de los sesenta. El lector informado lo podrá constatar enseguida. Este volumen está integrado por dos textos que no me atrevo a llamar «capítulos», a pesar de su evidente vinculación. El primero, más breve, escrito en 1969, lleva el título de «El Salvador, el istmo y la revolución». En él, con su estilo, siempre al grano sin rodeos, Roque nos coloca ante la insurrección dirigida por Farabundo Martí en 1932, identificada como «uno de los acontecimientos claves en la historia contemporánea de América Latina, que permanece aún sin ser aprovechada por los revolucionarios del continente». Escasamente conocida y casi nunca aludida hasta que el movimiento revolucionario de los setenta revivió su legado, atribuye Roque su derrota a «errores de tipo militar y organizativo», en medio de una carnicería implacable orquestada por la que considera «la primera dictadura oligárquico-imperialista». En efecto, las dictaduras precedentes, hasta la de Porfirio Díaz, en México, se asentaron sobre puntales oligárquicos, pero la presencia imperialista norteamericana aún no se hacía visible tras ellas como un componente orgánico en la medida en que lo sería, desde la: primera mitad del siglo xx, después de la usurpación de la independencia cubana, con el clan Somoza en Nicaragua, Papa Doc en Haití o Trujillo en República Dominicana. En el caso de El Salvador esta triste condición de pionero correspondía a Maximiliano Hernández Martínez. Roque nos recuerda que la represión del movimiento de 1932 cobró cerca de 30,000 vidas en menos de un mes, que «en El Salvador, en una estadística macabra, da la cifra de muerto y medio por kilómetro cuadrado». La insurrección derrotada, que fue también la primera frustración de un levantamiento orientado al socialismo en América Latina, había sido conducida por el recién creado Partido Comunista de El Salvador (PCS), que quedó propiamente desintegrado como estructura a partir del revés hasta su recomposición hacia mediados de los años cincuenta. Su introducción concluye polemizando con las observaciones críticas a un «foquismo- guerrillero, tan repetidas por los partidos comunistas a finales de los sesenta para descalificar la experiencia guerrillera del Che Guevara en Bolivia. Aduce Roque, frente a esta lectura simplista y reductiva, que «el foco es en la obra del Che un elemento importantísimo de una etapa en la guerra del pueblo y, en  todo caso, una instancia táctica en el seno de una estrategia de la lucha armada». Se detiene en el recuento crítico realizado por el dirigente comunista salvadoreño Alberto Gualán, en 1965, publicado entonces en la Revista Internacional, que editaban desde Praga los partidos comunistas con liderazgo soviético con motivo del trigésimo quinto aniversario del peso El artículo, que parece abrir una nueva perspectiva de valoración, sirve a Roque, que lo considera «el cuestionamiento más importante de la corriente conservadora que predomina en la dirección y en extensos sectores de las bases del partido», para dar paso a la suya propia. Este primer trabajo cobra, sin proponérselo, carácter introductorio. Le sigue el ensayo que constituye el grueso de su análisis histórico-crítico, titulado «Partido revolucionario y lucha armada en la formación social contemporánea de El Salvador». Es la alusión a la «contemporaneidad» la que nos advierte que estamos ante la parte inicial de un estudio pensado para ser completado con los saldos de la experiencia revolucionaria armada, en la cual el autor se incorporaba a la hora de interrumpirlo. El material se divide, a su vez, en tres epígrafes, de los cuales el primero constituye un esfuerzo coherente y documentado para la descripción de la estructura de explotación de la economía agraria salvadoreña.
El autor comienza por exponer el proceso a través del cual la gran burguesía local se posicionó como un núcleo monopólico sobre la tierra, la industria, la banca y el comercio exterior, subordinado, desde sus orígenes, a los intereses imperialistas, sin trazas de lo que tradicionalmente definimos como burguesía nacional. Tal aspecto esencial también estaba presente en sus análisis del volumen que antecede a este - ya que evidentemente se trata de una característica de toda la región centroamericana - pero aquí recibe un tratamiento propiamente probatorio a partir de la explicación sintética de la estructura de clases dominante en El Salvador, y de las potencialidades y las limitaciones de las mismas.
En el siguiente epígrafe, que cuenta con el recurso de los valiosos recuentos testimoniales y las valoraciones de Miguel Mármol, con quien Roque convivió años en La Habana antes de partir a la guerrilla, se adentra más en una crítica balanceada y rigurosa de las miradas lastradas del PCS en los mismos años sesenta. Se refiere a «consecuencias permanentes» del «corte de veinte años en la existencia del PC» en El Salvador, y a «resabios de su origen, [ ... ] de su historia fragmentada por el enemigo, y con su anticuado estilo de trabajo». Roque regresa al texto antes citado de Alberto Gualán, que afirma? que «para 1962-1964 aún subsistía el viejo mal: el Partido continuaba desligado del proceso de producción y no había podido reubicarse socialmente como un organismo congruente con la estructura de las masas trabajadoras». Igualmente afirma Roque, y lo destaca como la mayor debilidad de las organizaciones salvadoreñas, que el Partido «tampoco ha podido establecer [... ] lazos importantes con el proletariado agrícola hasta la fecha». La tercera parte comienza, significativamente, observando: Hay preguntas que tienen la virtud de ser desencadenantes de una especie de alud de respuestas que, a su vez, abren el camino para otras preguntas cada vez más complejas. La pregunta sobre por qué el actual Partido Comunista de El Salvador no se ha planteado nunca su historia y, dentro de ella, particular y principalmente, la de la etapa 1930-1932 y la de los hechos de ese último año que llevaron a la destrucción del Partido y a la muerte de 30,000 trabajadores salvadoreños, es una de esas preguntas. Roque se empeña a fondo en esta recapitulación crítica, para lo cual no vacila en rescatar experiencias de la tradición leniniana: «Cabe repensar y elaborar teóricamente el concepto leninista de "capacidad de la clase revolucionaria de llevar a cabo acciones de masas suficientemente fuertes para hacer caer al viejo Gobierno" y a la luz de ese concepto cabe pasar a analizar los factores propios de la estructura de la clase obrera salvadoreña en 1931-1932, que nos darían la medida de su capacidad». Con estas perspectivas se adentra en la valoración de aquella configuración para desembocar en la crítica fundamentada del plan militar mismo de la insurrección. Me detengo a continuación en aspectos que considero sustantivos, con el propósito de no dejar estas líneas de prólogo corno un simple enunciado genérico. Se trataba de un plan insuficiente, apenas esquemático, que no cubría todos los aspectos -corno lo exigía Lenin, frente a necesidades de este tipo - ni muchísimo menos, del problema planteado. Miguel Mármol mismo indica justamente que aquello no era un verdadero plan militar para una insurrección armada nacional. Y el «plan» mismo tenía un fallo fundamental: en caso de fracasar los asaltos a los cuarteles (como en realidad ocurrió) toda la insurrección se venía abajo, pues se volvía imposible armar al pueblo y dividir al Ejército. Todo lo demás dependía de aquellos éxitos iníciales, pero según los testigos y los estudiosos de uno y otro bando (Mármol, Schlesinger, general Calderón), ní siquiera las acciones aquellas, los asaltos a los cuarteles, obedecieron a un plan táctico preciso. Oportuno es señalar que el autor no regatea reconocimiento a la valentía y a la decisión de los revolucionarios de entonces: «no fue problema de falta de coraje. [ ... ] El problema, a nivel del PCS, estribaba en que corno estructura orgánica y corno fuerza directriz no tenía capacidad para resolver las tareas y los problemas de la etapa insurreccional que había decidido emprender». Es aquí, precisamente, donde distingue aquella experiencia salvadoreña de la insurrección bolchevique, de acuerdo con «el principal problema instrumental: el problema de la organización militar, de la fuerza militar organizada».
Si se quiere buscar comparaciones históricas para los sucesos salvadoreños no hay que buscarlas en la Rusia de 1917 sino, en todo caso, en el París de 1871, el París de la Comuna. Ni siquiera en la historia nacional nos encontramos un caso tan agudo de desarmamiento orgánico de las masas populares para enfrentar un combate revolucionario; por el contrario, las dos grandes epopeyas armadas de masas que resaltan en nuestra tradición (la lucha de nuestros antepasados indígenas frente al conquistador español y la gesta de Anastasio Aquino a mediados del siglo XIX) muestran incluso una gran riqueza en la inventiva de formas de lucha hasta entonces desconocidas corrientemente para enfrentar a un enemigo superior en técnica y medios de combate, y exponen una eficiente labor organizativa político-militar, hablando en términos modernos. He aquí un problema de nuestra historia nacional digno de ser meditado por nuestros especialistas, pues, por cierto, que no se trata simplemente de un «problema del pasado». Y todo esto sea comprendido sobre la base de un convencimiento muy arraigado en nosotros: creemos que para los revolucionarios salvadoreños no cabe, frente a los combatientes del año 1932 en El Salvador, otra actitud que la que tuvo Marx frente a los comuneros de París y Lenin con respecto a los revolucionarios rusos de 1905. Ni aquel ni este sacaron de tales derrotas objetivas la conclusión de que «no se debió empuñar las armas».
Dudo que ante el panorama que ofrece hoy el golpe usurpador contra el Gobierno legítimo de Zelaya en Honduras, Roque no hubiera vuelto a recordar estas críticas con la convicción de que tampoco ahora nos hallamos, simplemente, ante un «problema del pasado».


AURELIO ALONSO
La Habana, 2009





Roque Dalton (El Salvador, 1935-1975) es, sin duda, uno de los intelectuales y revolucionarios más interesantes y audaces del siglo XX en América Latina. Aunque ha sido más conocido por su poesía, sus títulos abarcan todos los géneros literarios, e incluyen: Taberna y otros lugares (poesía, 1969); ¿Revolución en la revolución? y la crítica de derecha (ensayo, 1970); Miguel Mármol. Los sucesos de 1932 en El Salvador (relato testimonial, 1972); Pobrecito poeta que era yo (novela, 1976), entre otros.

Fuente: Dalton, R. (2011). El Salvador en la revolución centroamericana: imperialismo y revolución en Centroamérica. México: Ocean Sur

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