miércoles, 6 de julio de 2011

El Cristo Negro

                                                           Salarrué



SAN URACO de la Selva no se encuentra en el martirologio pero podemos atrevernos a creer que debía hallarse allí aunque en el mismo Cielo de Nuestro Señor y aun en el infierno de los cornudos, se vieron en grueso aprieto para saber dónde debía quedar.

Nació en Santiago de los Caballeros allá por el año de 1567, hijo de Argo de la Selva y de la india Txinke, nieta de reyes, algo bruja, algo loca.

En la época a que vamos a referirnos (1583), gobernaba Guatemala el Licenciado García de Valverde; a ratos cruel como la mayoría de los Capitanes Generales, con una barba roja y cuadrada que untaba su coraza de reflejos sanguíneos y sus manos huesosas y largas, cubiertas de vello rojo, parecían ensangrentadas de una manera indeleble, detalles que por lo demás, bien podía respaldar simbólicamente una verdad moral.

Argo de la Selva, noble ruin de Badajoz, había sido lugarteniente de Valverde durante más de seis años, hasta el día en que, perdido el favor y acumulada sobre su persona una larga serie de crímenes, fué juzgado por el mismo Valverde y ahorcado en el patíbulo de cerro largo, que desde las ventanas del Ayuntamiento aparecía sobre el cielo lejano, siempre cargado como la rama pródiga de algún árbol macabro.

Fué entonces que la india Txinque, madre de Uraco, (mozo ya de dieciséis años) entró una noche -nadie sabe cómo-, en el palacio, armada su mano verde con un puñal envenenado, y en pleno baile, intentó dar muerte horrible al Licenciado; pero no logró su intento y fué destrozada por los guardias y enclavada más tarde su cabeza en una lanza, en medio de la plaza de la ciudad.

Uraco huyó de la venganza del Gobernador y fué a refugiarse al convento de San Francisco, hallando amparo a la sombra de Fray Francisco Salcedo su padrino de pila, quien se tomó el cargo de instruirle en la lengua de Castilla y en la sagrada vida de Cristo.

Esto apasionó a Uraco y empezó su amor a Jesús con un tesón que hacía cavilar a los frailes y mover la cabeza negando antes que asintiendo, por aquella locura y desenfreno. Algún monasta de rostro anudado le acusó de hipocresía, confirmada más tarde con la huída de Uraco y el robo de las joyas sagradas. ¿Qué pensaba el Hermano Francisco? Atenuaba, atribuyendo el robo a una locura amorosa que le hacía desear para sí solo, lo que estaba en tanto contacto con la Divinidad.

Uraco, que era ya entonces, Fray Uraco aunque no profesara aún en la orden, aparentaba veinticinco años, su barba rala y negra de mestizo, daba a su rostro un no se sabía que de malévolo. Delgado y gris, enfundado en el hábito, sugería la idea, mil veces exorcizada por los monjes, del Demonio metido a Fraile. No obstante, su voz clara y suave, que era como miel de alma, iba, al hablar, aclarándole en dulzura hasta modelar en él un agraciado del Cielo, tan esplendoroso, que hacía bajar la cabeza de los maledicentes.

Noches, de claro a claro, pasó este loco arrodillado en medio del pedrero, orando en el jardín, que a la mañana se llenaba de rosas blancas, acaso surgidas en la noche al auspicio de aquel suave susurro que inquietara el silencio nocturno preñado de brotes.

Diez veces desapareciera del convento durante muchas horas, sin que nadie pudiera decir a dónde iba. Cuando regresaba ponía por excusa a las paternales inquisiciones de Fr. Francisco, sus visitas a los esclavos del cruel encomendero, para aliviar penas injustas y aprontar consejos salvadores. Pero en realidad era otra cosa lo que lo alejaba del convento y no tardó en saberse.

Una tarde en que Fr. Uraco se paseaba recreándose junto al muro del jardín, situado detrás de la celdería del convento, por una brecha abierta en el adobado a causa de los sismos, vió a una mestiza enlutada, que le contemplaba con ojos sombríos y a la vez le sonreía con una sonrisa, tan blanca entre los cárdenos labios sensuales, y los lienzos negros, que parecía una rosa lánguida.

Como la mujer pareciera así llamarle, el fraile, con las manos en las mangas y la sonrisa en los labios, se acercó y preguntóle:

-¿Qué deseas buena mujer? ¿Puede el humilde Fr. Uraco serte de utilidad?
-Acaso sí, santo fraile. Mi buena suerte ha hecho que os vea al pasar y sólo ruego la clemencia del buen confesor y la clarividencia de vuestro santo consejo.

Invitóla el fraile a entrar, con un vago gesto que hizo desplegarse una manga del hábito y fueron a sentarse al brocal del derruído pozo techado con un sombril de teja. Ella quiso hincar la rodilla en la arena pero él no permitió.

La mestiza exhalaba un fijo olor a ungüento de canela y también de las frondas que ahora la noche ponía sombrías arrojándolas casi negras en masas de voluptuosa pesantez sobre la tierra amarilla, venían aromas de pantano que acariciaban de un modo sensual, inquietante. La mujer era joven y era bella, pero Uraco era incorruptible y su sangre sólo vibraba en la búsqueda del alma.

- ¡Mi pecado es grande, señor! --empezó la mestiza- o vivo en casa de mi señor el notario Herrera y Caravejo cuyo hijo me requiere de amores sin que yo pueda resistir ya más. Un constante desasosiego  macera mi cuerpo y sólo aspiro, -perdón señor-, a una pronta satisfacción de mis deseos. Voy a morir si no cedo y si cedo, tiemblo por el peligro. El señor mi amo se entera, y seré condenada, ¡Dios: sabe a qué!

La mujer escondió la cabeza entre las manos y sollozó.

-¡Gran pecado es la tentación!... ¡Pecado grande sería el de ese joven, casi niño, a quien pretendes hacer caer en el fango… ¿No puedes resistir con la idea de Cristo Nuestro Señor, muerto en la cruz por la virtud!

-¡Oh, Fr. Uraco, no puedo más! Lo he intentado en vano. Estoy poseída del Maligno y voy a morir si no lleno mi criminal deseo...

-¿Tú le amas?..

-¡No sé! ...¡Sólo sé que esta virginidad de mi barro y este vacío de mis entrañas me está devorando viva como un fuego del Infierno! ...

El fraile hace el signo de la cruz sobre el cielo claro e inclinado después sobre la hembra, susurra con lágrimas en los ojos.

Largo fué el silencio y después una sombra negra y furtiva huía por la brecha del adobado mientras en medio del pedrero, abiertos los brazos, el pecador elevaba su plegaria tan alto, que ya no sólo florecía el jardín sino que del cielo brotaban las constelaciones en un lento derroche.


Fuente: Salarrué. (1955). El Cristo Negro. San Salvador, Ministerio de Cultura, Departamento Editorial

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