lunes, 23 de mayo de 2011

Muerte y Vida en Morazán: Testimonio de un Sacerdote


PRESENTACION

Había oído hablar en muchas ocasiones del padre Rogelio Ponseele, quien trabaja en Morazán, en el oriente de El Salvador, territorio bajo control del FMLN. Una cadena de circunstancias inesperadas me permitió encontrarme con él "en algún lugar" de estas tierras centroamericanas. Los eslabones de esa cadena prefiero reservármelos. Pero no sólo lo encontré. Pude hablar con él muchas horas seguidas. Fue un inmenso privilegio. Y lo que inicialmente iba a ser una entrevista larga se me convirtió en un pequeño libro.
El padre Rogelio me impresionó. Con cierta dificultad al comienzo -porque es tímido y porque nunca había hablado tanto tiempo, tan seguido, de sus vivencias de casi 6 años en el frente de guerra-, y con más seguridad a medida que nos íbamos conociendo a través de la palabra, me contó pedazos de su vida. La evolución de esa vida, en síntesis. El proceso, el camino, los pasos.
Rogelio tiene 46 años. Es alto, recio, rubio y rojo. "El padre Tomate," le decían a veces. Se emociona y se pone colora- do. Se apasiona y le sube casi toda la sangre a la cara. Conserva aún muchísimo del asombro, de la sencillez y de la limpieza que son patrimonio de los niños. Pero a la vez que me parecía en muchos momentos un niño pícaro, lo sentía un hombre sabio, con muchos caminos recorridos, de esos a los cuales la experiencia ya no permite retornar.
Tímido, cobarde, débil. Y a la vez, decidido, firme, impetuoso, hasta duro. Lo vi reír y lo vi llorar. Con frecuencia se le aguaban los ojos recordando y recordando también, se reía a grandes carcajadas. Me cayó bien. Nos caímos bien. Eso facilitó mucho esta larga conversación de un poco más de 10 horas. Con pocas interrupciones y un guión, que después fue ampliamente superado por nuestro común gusto por la anarquía de la palabra. Rogelio habla despacio, bajito, con un lenguaje preciso, cortado, con un español sobrio, bastante correcto, buscando siempre la palabra exacta para dar el matiz exacto.
Lo que me contó Rogelio en esas horas largas de plática, salpicadas de tacitas de café, expresa bastante la evolución experimentada por la Iglesia salvadoreña -en gran medida, por toda la Iglesia que está en América Latina- en estos últimos 20 años. La evolución de una pastoral que se va aclarando y radicalizando. Es decir, que vuelve a las raíces más jugosas del evangelio de Jesús.
A Rogelio, sacerdote belga, le tocó vivir un período clave de la historia salvadoreña. La crisis del sistema oligárquico-capitalista, que para sobrevivir no tuvo más salida que la represión brutal, en la cual a la Iglesia le tocaron altas cuotas de sangre y muerte y la emergencia de las organizaciones político-militares a las cuales no se les dejó más salida que la contra violencia revolucionaria para lograr el cambio, la justicia y la paz. Después, esta guerra prolongada, en la cual Rogelio eligió acompañar al pueblo y al ejército popular guerrillero en uno de los frentes de guerra. Allí está. Desde allí habla.
El padre Sardiñas en la Sierra Maestra de Cuba bautizaba y administraba los sacramentos a los campesinos de las montañas en donde estaban los guerrilleros. Pero cuando él bautizaba a los hijos de los guajiros cubanos, no habían ocurrido ni el acontecimiento del Concilio Vaticano II ni el acontecimiento de la Conferencia de Medellín, que fue el "concilio" de los obispos de la Iglesia latinoamericana. Esto quiere decir que la actividad pastoral del padre Sardinas hay que encuadrarla en un modelo sacerdotal muy específico, de aquella época marcada por el sacramentalismo. Fue un caso aislado, perdido en la memoria de la mayoría.
Después del concilio y de Medellín, el padre Camilo Torres en Colombia y el padre Gaspar García Laviana en Nicaragua incorporan a la Iglesia universal el modelo del cura guerrillero. Fueron casos polémicos para muchos y su memoria permanece en el pueblo de América Latina.
Tenía que ser en El Salvador en donde surgiera este nuevo modelo de sacerdote, que no es asimilable a ninguno de los dos anteriores. Porque la labor del padre Rogelio, a pesar de las misas y los bautizos, las procesiones y las prédicas, no puede calificarse de sacramentalista. El impulso que Medellín dio a la formación de comunidades eclesiales de base hizo ir surgiendo una Iglesia articulada en torno al grupo que reflexiona y ora, que se organiza y se compromete, que celebra la fe y mira con ojos bien abiertos la realidad. La pastoral con la que se modela una Iglesia así trasciende el sacramentalismo, va más allá del culto. Esa es la médula del trabajo de Rogelio en el frente de guerra. Esa es la novedad. La pastoral de las comunidades de base y de su acompañamiento, corazón de la Iglesia de los pobres en América Latina y fruto en el que se expresa la teología de la liberación, se hace presente en medio de una guerra popular, en medio de la guerrilla. Esa es la novedad.
Por otra parte, sin vestigios de mitificación de la opción no violenta, pero de una manera tampoco asimilable al modelo del cura guerrillero, el padre Rogelio acompaña al ejército popular sin que su tarea sea combatir. Sus tareas son otras, las tareas pastorales, en este sentido integral. N o es un cura guerrillero. Es el sacerdote que acompaña a la guerrilla, que está con la guerrilla y que en ella y desde ella es el compañero sacerdote, un compa más. Pero sobre todo, un sacerdote que acompaña al pueblo.
Tenía que ser en El Salvador. Porque en este país chiquito se ha ido gestando, amasada con sangre, una Iglesia grande, luz para muchos en el mundo. Tan grande esta Iglesia, tan recio ya el arbolito de mostaza, que nos dio a todos el fruto de un obispo corno Monseñor Romero.
Esta Iglesia nos está dando también, corno fruto sazonado, este modelo de sacerdote, que acompaña al pueblo y al ejército popular, haciendo presente en medio de una guerra de liberación la eucaristía, la comunidad de base, el grupo bíblico, el agua del bautismo, la palabra de esperanza. Haciendo presente al Dios de Jesús, al Jesús del evangelio.
Pero es importante señalar que Rogelio no es un caso aislado, que su opción no es la extravagancia de un hombre singular o un hecho errático. Son varios los sacerdotes y las religiosas que en Chalatenango, San Vicente y otros frentes de guerra acompañan la lucha del pueblo salvadoreño. De uno de ellos, Miguel Ventura, habla el mismo Rogelio, porque está también con él en Morazán. Se trata, pues, de la opción de la Iglesia, de una Iglesia que aprendió de Monseñor Romero lo que él llamó "la pastoral de acompañamiento." Ahora hablamos de Rogelio. Habrá que seguir hablando de los demás. Para que la luz salga del tatú y se coloque sobre el tejado de la Iglesia y alumbre a todos.
La casi totalidad de esos otros sacerdotes y religiosas, que como Rogelio son nuevos modelos de servidores de Dios en medio del pueblo, son salvadoreños. Rogelio es belga. Fue él el primero en tomar la decisión de irse al frente de guerra como sacerdote. Por otra parte, como viene de tan lejos, su transformación, su kenosis, como diría San Pablo, es aún más larga, más profunda. Dejó la patria, la lengua, la formación, los esquemas y se puso en camino. Por eso es un puente por el que conviene transitar para entender algunas de las claves de lo que ocurre en El Salvador. En ellas hay mensajes para el mundo europeo, cansado y escéptico.
Aun cuando Rogelio esté vivo -y ojalá viva muchísimos años más- había que contar ya su historia. Y digo esto porque la muerte, con su sello, es la que consuma y explica definitivamente la vida y sus opciones, las trayectorias. A pesar de eso, de que es una historia aún incompleta -la completará la muerte-, había que contarla. Yo sé que a Rogelio, un hombre profundamente vital, enamoradote de la vida, no le gustará esta consideración sobre "su" muerte...
Pero sí, había que contarla ya. Como hay que contar incansablemente, oportuna e inoportunamente, lo que sucede en El Salvador. Contar de esta guerra genocida, del diario heroísmo del pueblo, de sus sacrificios y esfuerzos por hacer una nación justa y ganar una paz digna.
Rogelio es parte de ese pueblo, de ese modo de ser y de luchar que tienen los salvadoreños.
Para ese pueblo querido, querible, admirable y para su Iglesia, la Iglesia de Monseñor Romero, son estas páginas. Con la esperanza de que otros pueblos y otras Iglesias reciban y acojan la buena noticia que hay en ellas.

 María López Vigil
Octubre de 1986


                                                                   Padre Rogelio Ponseele


Fuente: López Vigil, María. (2007). Muerte y Vida en Morazán: testimonio de un sacerdote. (6a. Reimpresión, 1a. Ed.). San Salvador: UCA Editores

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