martes, 24 de mayo de 2011

El País de Donde Vengo


El País de Donde Vengo, ofrece un mural de crónicas y estampas salvadoreñas, que a cada quien recordará aquella niñez que una vez se vivía entre la inocencia y los fragores de un país cada vez más lejano.
Francisco Andrés Escobar, escritor y maestro, ha dado también a la literatura nacional:
La lira, la cruz y la sombra, biografía de Alfredo Espino; De la sal y la rosa, biografía escénica de Claudia Lars; Petición y ofrenda y Solamente una vez, antologías de su propia obra poética.

LA NIÑA CHOLE


"¡Decile a la Chus que digo yo que es una pendeja, remorada, malparida.
Y si quiere que. se lo diga en su cara, que venga!" Aquello fue lo mejor que le oí. Lo mejor de lo peor. Porque entre barbaridad y barbaridad había siempre un índice de superación.
Alta, huesudísima, acalaverada, pelilarga, dentifalta, aquella mujer era una artífice de la sandez. Se llamaba Soledad Soledad... y más; pero en todo el lugar la conocían como la niña Chole Era una psicópata del idioma y un monumento viviente a la leperada nacional. Psicópata, porque asesinaba las palabras, o con ellas asesinaba cualquier honra, cualquier nombre, cualquier fama. Monumento, porque nunca se volvería a encontrar, en cartilla única, otra galería completa del insulto. Un psicólogo habría aplicado un par de términos para explicar el vicio de aquella mujer: logomanía obsesiva y coprolalia. La gente cotidiana se contentaba con decir: "¡Jesús qué trompa la de esa vieja!"
Al parecer, el problema le venía desde niña. La madre, con el afán de que su hija tuviera roce, la había matriculado en un colegio de monjas. No la aguantaron. A la directora, una reverenda obesa y circunspecta, le dijo, en sus términos, que del trasero tan grande que la abadesa tenía no se derrumbaba nadie, aunque lo empujaran. A una religiosa beatísima y adolorida la llamó querendona asolapada. A otra le espetó que siempre estaba ojerosa, porque la carcomían las ganas de "aquello". De modo que, a las tres semanas y media, la expulsaron sin posibilidad de reconsideración. La mamá la llevó a una escuela pública; pero igual: la Soledad era irrecuperable.
La señora, frustrada en sus intentos por hacer de su hija una señorita decente -como pasó lamentándose hasta su muerte-, no tuvo más remedio que ponerla al oficio familiar: las tortillas. "¡Menos mal que no la puso a peperecha, que si no ...!  "¡Callate, mujer: si te oye, te va a bañar!" "Achís, ¿y no es cierto, pues? ¡Ante esa, hasta la Micoleona se queda pacha!" La Micoleona era una meretriz famosa también por sus desboques, pero cuya maledicencia palidecía ante la lengua triunfal de la Soledad: "¡¡Que me venga a decir a mí la muy puta de la Elena, si no la he visto con las patas para arriba, como gallina asada, con Alejandro, el Cuilio!!" "Las santitas se hacen esas, y allá por la estación las vieron bien ensartadas". y así, y así, ad infinitum.
La niña Chole tenía una hija que llevaba un nombre con vocación de carcajada. Se llamaba Eteljive "¡Eteljiveeee, veníiiiiii!" Y la casi quinceañera corría despavorida ante la mirada socarrona de la gente que se obligaba a acordonar la risa para no recibir una letanía de horrores de la mujer "¿Y vos que mirás, gran cabrón? ¿Que nunca has oído nombres?" Y el aludido mejor se apresuraba a guarecerse en la distancia y en el disimulo.
Más de una vez, la Eteljive agotó la cólera vocinglera de su madre. Un día en que la muchacha no acudió al llamado, por estar prodigándose un atracón erótico con un enamorado en la esquina subrepticia de un templo vecino, la niña Chole rabió. Cuando la muchacha llegó, le asignó una propina de atrocidades y le arrimó a la boca un trozo de carne asada, calientísima. Varios días anduvo la hija con la boca crecida. La gente se vengó:
"Ve, hoy la Eteljive, además de tener ese nombre tan feyo, parece pezote".
Y es que en el pecho de la Soledad hervía un fuego más abierto que el del comal donde cocía las tortillas.
Mi abuela decía leperadas pero las exclamaba con sentido de humor y de cariño. En cambio la Soledad las decía con vocación espinosa y desgarrante. "¡Es que nació cuando la luna estaba tierna!" "¡Chis, si hubiera nacido con la luna tierna, hubiera tenido chancomida la boca y, entonces, hubiera sido mejor" "Dicen que el tata era bolo y como del guaro no sale nada bueno ... esto es lo que dio".
La niña Chole, sin embargo, tenía una enorme virtud: se compadecía de la miseria ajena. Ella era pobre; pero, para los todavía más pobres, siempre tenía un gesto de misericordia. Por las proximidades de su venta de tortillas, pasaba siempre una media docena de mendigos: don Polo, que había perdido casa, mujer e hijos en un terremoto; el Cutiniyo que, como la gente decía. era tonto y enano "de nación"; la Carlota y la Rafaila, dos locas pícaras que cada año parían un hijo, sin que nadie supiera de qué padre; y la niña Andrea, una viejita dulce y platinada de quien se comentaba que tenía visiones de la Virgen, tanta era su mansedumbre. "¿No lia sobrado alguna tortillita, niña Chole?" "No, pero perate. Ya te la vuechar". U otro día: "Fíjese que solo mialcanzó para el conqué" "Tomá estas dos chengas, a lo mejor te caen bien". Era una de las pocas oportunidades en que no soltaba sandeces. Aunque la Carlota, por ejemplo, se fuera hablando maldiciones en su mundo personal -"¡Vieja seca, talle de culebra!"-, la niña Chole solo alcanzaba a decir "¡Pobre diablo. Cómo se le va a quitar el hambre, si se agila hablando babosadas todo el santo día?"
Había otra ocasión en que la niña Soledad medía un poco sus denuestos: cuando aparecía Noé, el papá de la Eteljive. "jMa, hartate esto. No vayan a decir que no te mantengo!" Y el hombre - medio tísico, medio asmático, medio bolo- devoraba la oferta y desaparecía para no volver, hasta varios días más adelante. "Este hijueputa solo viene a que lo maiceye. Después... ¡allá, con la pacotilla de chichipates!"
La niña Soledad quizás quería al hombre, porque cuando lo miraba ir se le entristecían los ojos. En más de una ocasión en que se le mojaron con lágrimas y alguna compradora se lo hizo notar, la mujer salió adelante: "¡Chis. No jodás. Es el humo.. Vaya llorar yo por semejante pécora!" "Cada camarón tiene su sacador -explicaba mi abuela- y Noé es la debilidad de la Chole".
Cuando le trajeron a Noé con el hígado aniquilado por el alcohol, la niña Chole lo enterró a grito tendido.
La clientela del vecindario la acompañó con velas, flores y rezos. Nunca volvió a probar varón. "¡A esta vieja lo que le falta es damo, por eso es tan chuca del hocico!" Y es que Noé no solo había sido su marido: también había encarnado a una especie de hijo desvalido al que ella había amado con lástima. "¡A la que le falta chivo es a esa vieja cabrona. Yo, si lo quisiera tener, lo tendría, porque ganas y huesos no me faltan!" Pero no. Aunque no le faltara nada, se quedó sola el resto de sus días, para hacerle quizás un poco de honor a su nombre.
La niña Chole vivió bastante y llegó a ver crecidos a los hijos de la Eteljive. Nunca dejó de echar tortillas. Ni puteadas. La Eteljive no quiso seguir la ruta monomarital de su madre, así que cargó encima con cuanto gañán pudo, hasta que salió embarazada de un mecánico al que le decían Cutuca. Cuatro Cutuquitos tuvieron y el segundo les salió lépero. Cuando el cipotillo empezó muy temprano a decir procacidades, mi abuela sentenció: "¡No lo hurta, lo hereda. Si yo digo mis cuantas atrocidades, esa mujer ya dice quitá diay!"

Fuente: Escobar, Francisco Andrés. (2006). El País de Donde Vengo. San Salvador: UCA  
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